¿Por qué a los niños no les gusta la verdura?

Un niño preparando la comida con su hermana/
Un niño preparando la comida con su hermana

El consumo de verduras va a ser, en gran medida, la clave para que el niño tenga un desarrollo sano y llegue a la edad adulta evitándose muchos problemas

Javier Morallón
JAVIER MORALLÓN

Podríamos pensar que se trata de un simple condicionamiento social, pero lo cierto es que el rechazo de los más pequeños a la verdura se produce en edades demasiado tempranas como para poder ser sugestionado por modas o comportamientos próximos. Lo extraño es que el consumo de verduras va a ser, en gran medida, la clave para que el niño tenga un desarrollo sano y llegue a la edad adulta evitándose muchos problemas. Las verduras aportan fibra, vitaminas y minerales. Contienen mucho potasio y poco sodio. Las verduras de hoja verde son ricas en calcio, magnesio y vitamina K. Las verduras de otros colores, como los tomates, zanahorias y pimientos, son excelente fuente de antioxidantes y vitamina A, importantes para la salud de los tejidos, piel y mucosas. Aportan hidratos de carbono de absorción lenta y fibra dietética previniendo el estreñimiento y enfermedades intestinales. Van a ser el mejor remedio contra la obesidad infantil y los futuribles síndromes metabólicos, cáncer de colon y diabetes tipo II. También mejoran el funcionamiento del sistema inmunitario y de la flora intestinal. La pregunta parece clara: ¿cómo es posible que el instinto de un bebé rechace una variedad de alimentos tan sana para su correcto desarrollo?

¿Se equivoca Darwin?

Podríamos pensar que el hecho, científicamente demostrado, de la evolución no se cumpliría en este caso. Que los bebes humanos, fruto de millones de años de modificaciones del ADN, se encuentran desprotegidos frente a la acción implacable de la selección natural. Pero esto no tendría sentido, puesto que el hecho de estar vivos nos informa que somos los herederos de toda una saga de ganadores en la lucha por la vida. De forma que este comportamiento innato de los bebes debe tener algún fundamento.

Sensibilidad a flor de piel

Sabemos que los más pequeños tienen una especial sensibilidad en la percepción gustativa y olfativa. Este es el motivo por el que cuesta tanto introducir nuevos alimentos tras el destete, ya que sus sentidos permanecen prestos para identificar nuevos olores y sabores alertando al chiquitín de cualquier alteración en su dieta.

Parece una medida lógica en un cuerpo en pleno desarrollo donde una sustancia tóxica podría tener un efecto devastador. La principal ayuda será el sabor amargo, sabor desagradable que predispone al rechazo del alimento antes de que este pueda causar ningún daño, pero, ¿por qué los sabores amargos saben amargos?

Los alimentos amargos no son amargos

Los ojos no ven. Los ojos son solo un órgano que transforma la radiación electromagnética del espectro visible de la luz en una señal eléctrica entendible por nuestro cerebro, es decir, son una cámara de fotos más o menos compleja, pero el que realmente ve e interpreta lo que ve es el cerebro. Igual pasa con el resto de los sentidos incluidos el gusto y el olfato. Que una sustancia nos sepa amargo es tan solo la interpretación de nuestro cerebro. El hecho de que muchas sustancias tóxicas o venenosas sepan amargo es únicamente una adaptación que nos ha protegido de forma muy efectiva durante milenios. Parece lógico pensar que los individuos que de forma natural relacionaran este tipo de sustancias con sabores desagradables tuvieran más probabilidades de sobrevivir que el resto, razón por la cual hemos heredado dicha peculiaridad.

¿Por qué las plantas?

Si nos vamos a la sierra e intentamos alimentarnos de lo que haya en 100 metros a la redonda, nuestras opciones más seguras, a no ser que seamos unos expertos botánicos, procederán del reino animal. El dicho «ave que vuela a la cazuela» tiene más ciencia de lo que parece. Las plantas no pueden huir de sus depredadores y muchas han desarrollado sustancias tóxicas para defenderse. Algunas de esas sustancias tóxicas serán alcaloides de sabor amargo algo que, como ya hemos visto, no es casualidad.

¿Cómo lo solucionamos?

Hemos visto que estamos instintivamente dotados para rechazar, en parte, una de las variedades de alimentos que más necesitamos. Esto puede ser un verdadero quebradero de cabeza para muchos padres y una batalla asegurada a la hora de la comida, aunque existen métodos para mejorar este proceso adaptativo. El ser humano es el animal con mayor capacidad de aprendizaje, esto convierte la confianza en sus progenitores, durante las primeras etapas del desarrollo, en un aspecto básico de su comportamiento; no en vano, es uno de los mamíferos que nace menos desarrollado y la dependencia respecto a sus padres será total. En consecuencia, el aprendizaje por imitación es fundamental, es decir, si el bebé ve a sus padres comer verduras su grado de confianza y adherencia aumentará con respecto a estos nuevos alimentos. También habrá que tener en cuenta que el rechazo no será igual en verduras de hoja verde (acelgas, espinacas…) más amargas que en otras con otra gama de colores (zanahorias, remolacha, batata…). Educar con el ejemplo y trabajar combinaciones ricas de verduras donde se respeten sus diferentes tiempos de cocción pueden ser de los mejores consejos para que la pareja niños-verdura firmen una paz duradera.

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