Manuel, de Málaga

Manolo Alcántara es un género en sí mismo y un psiquiatra de su tiempo, capaz de darle la vuelta a cualquier argumento coherente con una coherencia superior, que es la suya

Manuel, de Málaga
JOSÉ LUIS GARCI

(PRÓLOGO AL LIBRO DE MANUEL ALCÁNTARA 'VUELTA DE HOJA', EDITADO POR TALLER DE EDITORES)

Me piden que escriba un folio de introducción a este libro extraordinario. Ya prologar a Manolo Alcántara es un suicidio, pero si además hay que hacerlo en la corta distancia, lo aconsejable es abandonar. Porque Manolo es desde hace casi medio siglo el campeón del mundo a treinta asaltos (líneas en la jerga del gimnasio), y ningún aspirante ha podido arrebatarle el título, y menos los puntos, que él coloca todavía mejor que las comas. Así que tiro la toalla y paso a teclear cuatro páginas, que es un trecho más cómodo para los fajadores, pues ahí podemos trabarnos, manotear y golpear bajo a la máquina.

Manolo Alcántara es más que un estilista tan bueno como Gene Tunney, del que ha escrito párrafos asombrosos; Manolo es un genio, como 'Sugar' Robinson. Y también un ladrón de vida, un atracado de emociones, un contrabandista de sentimientos. No sé qué tipo de interés, si compuesto o simple, si renovable o a plazo fijo, le ha cobrado a Manuel la calle, la ciudad, la noche, el mar, la literatura, el deporte, los amaneceres, el arte, los gin tonics de Larios o esa anestesia llamada amor. Pero el resultado, por goleada, está a la vista: nos ha vuelto mejores a quienes le hemos tratado y leído.

En serio, si yo pudiera enamorar las palabras sólo un tercio de bien como lo hace mi hermano electo –estoy hablando de alguien que teclea en su Olivetti encarnada una hoja imperecedera todos los días desde que España cantaba 'Dos gardenias para ti'–; si yo supiera, insisto, redactar la cuarta parte de bien que este poeta que transforma a diario la melancolía en luz y el drama en ironía, quizá podría contarles dos o tres o cien cosas suyas que estremecen cada vez que le veo o le leo o le siento: su tolerancia, en primer lugar, su bondad, su humor, su inteligencia, su autenticidad, su alegría, su sencillez, su anchura. Si yo hubiera sido Colé Porter, noche y día, le habría pedido a Ethel Merman que añadiera el nombre de Manolo a su canción 'You 're the Top' (Tú eres lo más, traducido al castellano neto.) Porque tú, Manolo, amigo, hermano, eres the Top. El Nilo y el Louvre, el Moma y el Ganges, un soneto de Shakespeare y un sueño de Quevedo.

Tú, Manuel, eres el mejor whisky, la izquierda de Muhammad Ali en Congo y el fulgor vainilla de Vermeer; la sonrisa lenta de Bogart, la voz de Sinatra y los pies de Fred Astaire. Tú, Manolo Alcántara, eres el caviar de Maxim's a la temperatura exacta (es decir, rodeado por las nieves de antaño de Villon), los cuentos de Borges y el Mediterráneo que juega con los hombres al olvido entre sus olas de Homero y disciplina; eres the Top, Manolo, como Di Stéfano corriendo sin balón, como cualquier vals de cualquier Strauss, como la Cumparsita, como los personajes de John Ford, que tienen ojos de horizonte, al igual que los marineros; tú, Manolo, eres los valles tranquilos de Pisarro, la soledad de Hammershoi, los veranos nunca enterrados, el internet en la Edad Media. Manolo, you're the Top. Lo siento. Pero no sé explicarlo de otra manera. No doy con el modo de transmitir la grandeza de este hombre tan humilde como los estanques de lilas de Monet, como aquel Sargento York de hombre, perro y Biblia. Pero os certifico que Manolo es de las pocas –muy pocas– personas que he conocido que piensa por su cuenta, que no tiene miedo a la muerte y que jamás recurre a ese bla bla bla cultural por el que correteamos todos. Manolo Alcántara es un género en sí mismo y un psiquiatra de su tiempo, capaz de darle la vuelta a cualquier argumento coherente con una coherencia superior, que es la suya. Sin cegueras fraternas, os asegura que no creo que Oscar Wilde o Ernst Lubitsch fueran más brillantes en una tertulia que Manolo. Leyendo su prosa –que ya nace atravesada por una flecha de poesía, una prosa que siempre brota al natural, como las faenas de los buenos toreros–, leyendo sus renglones de oro, digo, adviertes que el arte no es un oficio, sino la forma en que se ejerce ese oficio. Manolo es un principio de las palabras.

De niño, en ese Málaga azul picasso que le vio nacer, pelotas de trapo entre los escombros, abrigos mordidos en la solapa por la raya negra del luto, estudiando ya segundo de jazmines, se tragó todo el mundo una noche sin pena de vuelta a casa. Se zampó el mundo, decía, y ha ido vomitando desde entonces algo que podríamos llamar el espíritu de su tiempo mezclado con el de otros tiempos, ese dry martini que se toman a solas los hombres hechos y deshechos.

Manolo es tanto Oriente como Occidente, el Sur y el Sur. Su poesía mitad mar, mitad misterio, es la de un filósofo, la de uno de aquellos tipos que veían ponerse el cielo escarlata desde la Alhambra o, antes aún, en la Acrópolis, y se decían sin el más pequeño asomo de tristeza que el futuro ya no es lo que era; aquellos magos de las mil y una España que daban explicaciones naturales a los conflictos que se les planteaba.

Uno de esos sabios es Manolo, modelo del 28, chiquillo del 40, que ha versificado como nadie el sentimiento lógico de la vida: la parsimonia, y que ha logrado, con su prosa de guardia cambiada, agrupar en unas cuantas docenas de signos llamados letras, hondura, reflexión, humor y complejidad de la buena.

Y, además, tiene a Paula. Y a Lola. Y una afición creciente.

Manolo, amigo, hermano, te quiero y te copio, no necesariamente en este orden.

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