Adiós al último maestro

Alcántara en una imagen de 2018./Fernando Torres
Alcántara en una imagen de 2018. / Fernando Torres

Manuel Alcántara, articulista de SUR y decano de los columnistas españoles, fallece a pie de ring a los 91 años

María Eugenia Merelo
MARÍA EUGENIA MERELO

A escasos metros de la orilla del Mediterráneo, ese rebalaje nativo al que quiso volver para contarnos el mundo y para contar gaviotas. En su casa de Rincón de la Victoria ha fallecido este miércoles, el día menos pensado, Manuel Alcántara, poeta, escritor y el decano de los columnistas españoles. Articulista de SUR desde hace tres décadas, el maestro del periodismo murió a los 91 años de mayor y de sabio, pocos meses después de enviar a la redacción del periódico su última columna. Su último combate. Plusmarquista de los columnistas españoles, murió a pie de ring.

Cumplió con generosidad el compromiso que adquirió en su primer artículo en SUR con sus lectores (1 de junio de 1989), en una ceremonia que se repitió siete días a la semana durante treinta años. El artículo diario era el pulmón y el corazón de un hombre que mantuvo durante más de sesenta años el pulso en la prensa y la admiración de una legión de lectores. Fue el único articulista español que consiguió ese récord. «Soy un cantor de lo cotidiano que aspira a salvar instantes», sostuvo a lo largo de su vida el poeta y periodista evocando a Gerardo Diego.

La muerte de Manuel Alcántara pone punto y final a una estirpe de periodistas, unos templarios de la palabra a quienes él admiró y se encargó con empeño de mantener vivos en sus artículos, en sus recuerdos, en sus anécdotas y en sus elogios. La longeva vida del maestro le dio para conocer y beber con mucha gente. Su memoria prodigiosa recorría del tirón la historia y la obra de una brillante generación de poetas, periodistas, escritores y autores teatrales. Su admirado César González-Ruano, Julio Camba, Pemán, Agustín de Foxá, Sánchez Mazas y Rafael García Serrano, pero también García Lorca, Pablo Neruda, José Luis Borges, Larra, Umbral... Él, Alcánta, era el último maestro, el paradigma del columnismo, como Muhammad Ali lo fue del boxeo.

Pensaba, como Henrik Ibsen, que el mundo está a punto de hundirse. Por eso construyó con extraordinaria lucidez y memoria su propio mundo, un mundo en lecturas, en amigos, en experiencias, en tertulias, en conocimientos y en una profunda experiencia del oficio del periodismo al que contribuyó con casi treinta mil artículos. «Soy muy buen lector de prensa y de libros. Ocupo más tiempo en leer que en dormir, y me gusta dormir ampliamente, porque ese es el secreto de la buena memoria. Hasta mi extrema vejez, que es lo que tengo yo, siempre he dormido como un niño».

Fue poeta y columnista por vocación y por destino y deja una biografía para la que se necesitarían varias vidas. En todas, Rilke fue su faro. El poema '¿Quién habló de victoria? Sobreponerse es todo' del escritor austro-germano, su bandera. «Hay que prohibirse el pesimismo –defendía–. Hay que prohibirse la desolación. La vida sigue. Lo más importante que puede hacer el ser humanos es sobreponerse. Todo lo demás se da por hecho».

Manuel Alcántara alcanzó la cumbre del columnismo –«los cien metros»–y dedicó buena parte de su vida al artículo diario, una ceremonia que se repetía de lunes a domingo, excepto el día de Navidad, el de Año Nuevo y el Viernes Santo. Una columna para la que necesitaba solamente un título, su tabaco negro y su máquina Olivetti. Porque la tecnología nunca fue una aliada del maestro, que se resistió a traicionar a las teclas de las leales máquinas de escribir con las de un revolucionario ordenador, «un artilugio con todas las potencias que se le atribuyen tradicionalmente al Espíritu Santo, pero con más memoria». Era de costumbres espartanas y el fax fue la única revolución que consintió en su oficio. Atesoró siempre la reliquia y testigo de su época dorada –«años de vino y prosa»– como cronista de boxeo. Temporalmente, su vida en los periódicos se enmarcó entre los viejos gacetilleros con cuadernillo y el periodismo inmediato en medios digitales. «He vivido tantas épocas que ya no sé a cuál pertenezo», ironizaba.

Más

Alcántara presumía de llevar una vida desordenada, a excepción de la escritura. «Mis únicos privilegios han sido no tener jefes ni hora de levantarme». «Trabajar cansa y además, como descubrió Balzac, no embellece. Siempre me he definido como un trabajador fatigable». Pero día a día, en horario taurino, sobre las cinco de la tarde, después de haberse leído a fondo cuatro periódicos, del rito del largo sorbo al dry-martini en el aperitivo y del culto a la amistad en un almuerzo artístico, se enfrentaba a un folio en blanco en el que le tomaba la tensión al mundo, con la marca imborrable del humanismo, la ironía, la inteligencia, la prosa y su envidiable condición de poeta.

Ahí estaba cada día la columna que se publicaba en el última página de SUR y en los periódicos del Grupo Vocento. El articulista más leído en España. «El andalucismo, la luz y la retranca», comentaba sin dudar cuando le preguntaban por su aportación al género. Una aportación que le valió los grandes premios del periodismo español: el Premio Luca de Tena (1965, por su artículo 'Pablo VI en Harlem'), el Premio Mariano de Cavia (19785, por su artículo 'Federico Muelas') y el Premio González-Ruano (1978, por su artículo 'Tono'). «Mi primer mandamiento como escritor es no aburrir a Dios sobre todas las cosas».

Entre Madrid y Málaga

Manuel Porras Alcántara (firmaba con el apellido materno) nació en Málaga el 10 de enero de 1928. Vecino del barrio de La Victoria, el destino puso intencionadamente junto a su casa familiar de la calle Agua una vieja fábrica de ladrillos en la que se entrenaban boxeadores, «los últimos gladiadores», a los que veía desde niño. Aprendices de púgiles que marcaron la vida personal y periodística del niño malagueño. La Guerra Civil Española será otro de los recuerdos convertidos en huella desde su infancia. «La Guerra Civil fue una catástrofe. Yo tenía derecho a haber conocido a Antonio Machado y a otros tantos, a los que no vi porque se fueron al exilio o ingresaron en la muerte antes de tiempo», recordaba en el discurso 'Una vida entre periódicos', con el que recibió el Doctor Honoris Causa otorgado por la Universidad de Málaga.

La familia se trasladó a Madrid cuando Alcántara era un adolescente. Su padre trabajaba en Renfe y la compañía lo destinó a la capital. Allí, con 18 años, empezó a estudiar Derecho, carrera que pronto abandonó cuando descubrió que el mundo bohemio de la poesía y el periodismo era más divertido que el formalismo del Derecho. A finales de los 40 ya era un asiduo del café Varela y de otros enclaves literarios donde empezó a forjarse y fajarse.

La muerte de Alcántara pone fin a una estirpe de periodistas, templarios de la palabra que él admiró

Fue poeta y columnista por vocación y por destino y deja una biografía para la que se necesitarían varias vidas

Al futuro le pedía que le dejase jugar la prórroga del partido, «porque siempre quedan muchos cabos sueltos»

De ese semillero se nutrió para empezar a llenar folios y en 1951 –a la edad de 23 años– se estrenó como poeta en el sexto recital de la III Serie de lecturas poéticas denominadas 'Versos a medianoche'. En 1953 presentó 'Alforjas para la poesía' en el teatro Chapí, obteniendo algunos premios en los Juegos Florales de Lorca y Gijón. Con su primer libro 'Manera de Silencio' (1955), obtuvo el Premio de Poesía Antonio Machado y, posteriormente, el Premio Nacional de Literatura por 'Ciudad de entonces' (1961).

Primero fue el poeta y luego el periodista. Los ecos de sus éxitos literarios fueron la llave que abrió las redacciones. Con treinta años ya cumplidos debutó en 'La Hora. Semanario de los Estudiantes Españoles'. El salto a la prensa nacional se produjo poco tiempo después, en el diario 'Arriba'. A partir de ese momento sus colaboraciones en diversas publicaciones fueron ininterrumpidas y muy celebradas, firmando en las cabeceras más importantes de la prensa española. Revolucionó el género en publicaciones como 'Pueblo', 'Ya' o 'La Hoja del Lunes': «Siempre de abajo a arriba, que es como se aprenden los oficios, creo haber hecho de todo en periodismo. No todo bien, ni siquiera medio bien, pero sí de todo. Desde pies de fotografías en el hueco grabado de 'Arriba' que Ramón Gómez de la Serna llamó excelsograbado, y durante muchos años en 'Ya', hasta esos 15 o 16.000 artículos de opinión que yacen en el otoño encuadernado de las hemerotecas».

El boxeo

Y también en 'Marca'. En ese periódico firmó entre 1967 y 1978 sus celebradas crónicas de boxeo, que llegaron a muchos rincones del mundo y con las que llegaron la fama. «El boxeo es una herencia gladiadora y el único deporte donde los protagonistas se abrazan antes y después de usarse», escribió en un artículo. Reconocía que la del boxeo fue su época más feliz, profesionalmente hablando, por su gran afición por este deporte. Cubrió campeonatos del mundo de boxeo en Tokio, en Los Ángeles, en Roma, en Dublín o en Washington. Y conoció a Cassius Clay y era amigo de Pepe Legrá –al que Alcántara bautizó como 'El puma de Baracoa– y José Durán. «Lo he pasado muy mal con algunos combates y me retiré de la crítica en 'Marca' cuando muere en el ring un modesto boxeador de Almería llamado Rubio Melero». Una época de oro en la que fue apasionado notario de combates en los grandes santuarios del boxeo del mundo y cronista de momentos deportivos estelares.

En Madrid encontró el rumbo para su profesión y también el rumbo para su vida. Allí conoció a Paula Sacristán y allí se casó con ella. Un día volvieron a Málaga, a Rincón de la Victoria, para poder ver cara a cara al Mediterráneo desde el gran ventanal de su casa. «También a mí me desterraron del mar, lo que pasa es que volví, unas veces navegando y otras a nado, desde el océano de cuero de Castilla hasta el rebalaje nativo». «Y aquí estoy: a flote. En el sur y en el SUR», escribió en su primer artículo en la última página de este periódico. El matrimonio tuvo una única hija: Lola. Paula se fue, pero la familia Alcántara siguió creciendo y llegaron las nietas, Marina y Clara, y los bisnietos Pablo y Alba. Tras la muerte de Paula, en el primer artículo que escribió confesaba: «A mí también me han pasado cosas estos días. La más importante que podía ocurrirme. Podría decir que ya están solos mi corazón y el mar, pero ya lo dijo alguien que expresaba mucho mejor que yo sus sentimientos. Además no sería verdad. Yo soy solo, pero no estoy solo. Vuelven rápidos fotogramas. Quizá el tiempo sea plano. Estoy algo aturdido, con esto de mi memoria histórica personal. 'La vida sigue', me dicen mis amigos. La verdad es que no estoy muy seguro. Según a lo que llamemos vida».

El último maestro también tuvo sus tratos con el cine. Su admirado Ignacio Aldecoa le dedicó el cuento 'Young Sánchez', la historia de un joven humilde que desea abrirse paso en el mundo del boxeo y que llevó al cine Mario Camus. La columna de deportes que publicó en 'La hoja del lunes' se titulaba 'Luz de domingo'. José Luis Garci –amigo inquebrantable de Alcántara, «hermano electo» desde que se encontraron un día en el restaurante La Tortuga y hablaron de literatura, periodismo, fútbol y, por supuesto, boxeo– bautizó así una de sus películas. El director que conquistó el primer Oscar para el cine en español acaba de terminar de rodar su nuevo filme, la tercera parte de su clásica cinta negra, 'El Crack', en la que hay un hueco para rendirle homenaje al maestro. Manuel Jiménez dirigió 'El pésimo actor mexicano', el primer documental que recoge el lado más personal e íntimo del poeta y columnista malagueño.

La vida. Los periódicos. «Te has dejado la vida en los periódicos, me dice alguien que bien me quiere. En alguna parte hay que dejársela, le respondo. Ya me hubiese gustado a mí, como a César Vallejo, 'guardar un día para cuando ya no haya': Lo he mirado todo con una cierta ironía y una piedad cierta. Ya sé que 'la ironía sirve para todo y no basta para nada', pero la piedad sí sirve siempre, sobretodo cuando nos abarca a nosotros mismos. Hace casi medio siglo que soy testigo y debo agradecer, en versos memorables de Alfonso Canales, que 'asomado a este palco un día me fue posible abrir los ojos al espectáculo divino, y pude gozar el cambiante argumento de sentirme siempre eterno espectador'», proclamó tras recibir el Honoris Causa.

La prórroga y el tiempo

Eterno espectador. Testigo. Cantor. Salvador de instantes. Poeta. Sabio. Amigo... Muchos renglones. Mucha vida. Muchos versos. Todo a buen recaudo en la Fundación Manuel Alcántara, que desde hace doce años cuida, promociona y fomenta la lectura y el periodismo, como Alcántara lo hacía cada día en sus columnas y en sus tertulias, al calor de un buen brebaje y un cigarro siempre encendido. «La gente lee los periódicos porque quiere entenderse para ver si acaba de comprenderse».

La vida. Los periódicos. «Mi balance no sólo no es desfavorable, sino largamente superior a mis pobres merecimientos. Me he ganado con modestia y con esfuerzo esa vida que no me gusta haciendo lo que gusta hacer. He visto a Cassius Clay y las cataratas de Iguazú, he cenado con Pablo Nerua y he almorzado con Borges, mi nieta pequeña ya sabe prepararme un gintonic con áurea proporción. He estado muchas horas con mis libros y mis amigos. Me gustaría pedirle tiempo al tiempo y que él me hiciera caso. Más que nada para poder daros las gracias, uno a uno, a todos los que estáis aquí esta noche», declaraba en el mismo texto memorable que leyó ante la comunidad académica de Málaga.

No creía en la inmortalidad ni le temía a la muerte. Pensaba en ella, por eso le brindó algún verso con ternura y belleza:

«No pensar nunca en la muerte

y dejar irse las tardes

mirando como atardece.

Ver la mar enfrente

y no estar triste por nada

mientras el sol se arrepiente.

Y morirme de repente

el día menos pensado.

Ese en el que pienso siempre».

Al futuro le pedía que le dejase jugar la prórroga del partido, «porque siempre quedan cabos sueltos». Este miércoles, el día menos pensado, el maestro de maestros ató todos sus cabos. Infinitos. Junto al rebalaje malagueño que eligió para contarnos el mundo y para contar gaviotas.

Principales premios

1963:
Premio Nacional de Literatura, por 'Ciudad de entonces'.
1965:
Premio de Periodismo Luca de Tena, por 'Pablo VI, en Harlem'.
1975:
Premio de Periodismo Mariano de Cavia, por 'Federico Muelas'.
1978:
Premio de Periodismo González-Ruano, por 'Tono'.
1995:
Premio Mariano José de Larra.
1999:
Premio José María Pemán, por Aniversario.
2005:
Premio El Torreón de la Fundación Wellington.
2009:
Premio Joaquín Romero Murube, por Cansinos vuelve a Sevilla.
2010:
Premio de las Letras Andaluzas Elio Antonio de Nebrija.
2016:
Orden Civil de Alfonso X el Sabio, con la categoría de Encomienda, otorgada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.
2017:
Premio 'First Amendment Award 2017′ en reconocimiento a toda su carrera profesional (concedido por la Asociación Española de los Eisenhower Fellowships)