«Queríamos sentirnos superhéroes por un día»

Alberto Vallejo y Cristóbal Pastor, disfrazados de Goku y de Vegeta. /Marina Rivas
Alberto Vallejo y Cristóbal Pastor, disfrazados de Goku y de Vegeta. / Marina Rivas

Reina la alegría en un Zurich Maratón de Málaga con participantes de todos los rincones del mundo

MARINA RIVAS

A veces lo verdaderamente importante no es llegar el primero, sin llegar. Desde Dinamarca, Noruega, Bélgica, Francia, Italia, Argentina, Sudáfrica, Kenia, Etiopía, Singapur… Desde todos los rincones del mundo posibles hasta la capital de la Costa del Sol han venido este fin de semana más de 3.000 hombres y mujeres que buscaron su particular fuente de motivación para correr los 42 kilómetros del Zurich Maratón Málaga. Buscando dedicar su triunfo personal o tachar un deseo de su lista de imposibles, ataviados con banderas, gorras, gafas, peluches o calcetas personalizadas y cruzando la lista de meta con la misma sonrisa.

Una felicidad a veces incluso teñida de asombro, como la de José Antonio Urbanejo, el primer español en cruzar la meta, poco después de las 2 horas y 35 minutos y siendo profeta en su tierra. El coineño y residente en Cártama es profesor de Educación Física: «Así predico con el ejemplo en clase, ahora preparo más carreras ultra, pero este maratón ha sido un buen entrenamiento», comentó el malagueño, que todavía no se creía lo que había logrado.

También malagueños son Alberto Vallejo y Cristóbal Pastor, amigos y superhéroes durante un día, que corrieron disfrazados de Goku y de Vegeta su segundo maratón, la primera juntos. «Queríamos sentirnos superhéroes durante un día», bromeas. Y continúan: «La verdad es que estamos un poco colgados, nos apuntamos sin ser conscientes de lo duro que era y la hemos acabado en 3.30 comentó uno de ellos.

De la misma forma, además como debutante, el estudiante de Economía, Pablo Lobato se atrevía con su primer maratón y lo hacía movido por una causa personal. «Ingresaron a mi primo pequeño hace un año, cuando le diagnosticaron un cáncer, esto ha sido más duro de lo que parecía, pero lo he hecho por él», aseguró el malagueño, que vestía una camiseta sobre el cáncer infantil para animar a más gente a luchar por la causa.

Otro de los grandes grupos de participantes eran los de españoles, sobre todo de la zona cantábrica y también de Cataluña, como Chus y Jose Castaño, dos amigos de Barcelona, que entraban unidos a meta y que le dedicaban su triunfo a un amigo en común: «Nos ha dejado tirados por irse a Valencia, así que se lo dedicamos, ha sido una gozada correr aquí en Málaga, ha estado muy bien», se sincera.

Marina Rivas

Entre corredor y corredora, también seguía entrando en meta alguna que otra silla de ruedas. «La mia es de segunda mano y me costó unos 2.000 euros», asegura Juan Ignacio Echeverría, ya entrado en los 60 y todo un ejemplo de superación. «Soy de San Sebastián, pero tengo casa en Fuengirola, este es el segundo maratón que corro en mi vida, la primera también fue en Málaga», asegura el participante, orgulloso con su medalla al pecho. Asegura que ante la subida de peso, tuvo que buscar un nuevo modo de vida y lo encontró con su segunda silla de ruedas, la de competición. «Hay que guiarse por lo que uno puede hacer, no por lo que no puede hacer», sentenció.

Con el lema 'Where is the limit', de Josef Ajram, los costasoleños Ana Roja y Alejandro Ruiz volvían a repetir la experiencia que tanto disfrutaron en la pasada edición: correr en pareja. «Esste año hemos corrido por separado, pero la he esperado para entrar juntos a meta», explica Ruiz. A lo que su pareja añade: «Se lo recomiendo a todo el mundo, es increíble como experiencia personal y conoces a mucha gente defendiendo causas diferentes, de muchos países… Esto es una fiesta».

Ejemplos de vida, padres orgullosos corriendo por el paseo del Parque con sus hijos a cuestas durante los últimos metros, más altos, más bajos, con cualquier condición física, pero con mucha entrega y afán de superación. Miles de corredores a los que no les importaba que le temblaran las piernas y que cayeran al suelo, su meta estaba cumplida: atravesar el arco del crono sin mirar si quiera el tiempo, buscando dar un abrazo a su pareja o amigos y con una sonrisa por bandera que sólo denotaba que la edición de la carrera había sido un éxito.

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