La Fat Manzana: más del 32% de los habitantes de Nueva York son obesos

La Fat Manzana: más del 32% de los habitantes de Nueva York son obesos
SUR

Los latinos muestran índices de sobrepeso superiores a la media y los datos de obesidad infantil son verdaderamente alarmantes

JAVIER MORALLÓNProfesor de biología y experto en tecnología alimentaria

Tener la posibilidad de visitar por segunda vez una de las capitales del mundo como Nueva York te permite observar con otra mirada no tan predecible. No quiero decir que seas capaz de escapar del «main street» y tomar el pulso de la ciudad cómo un Woody Allen de los 80, pero si apreciar la urbe bajo cierta pátina de memoria sentimental que te faculta para no dejarte las cervicales mirando los edificios en el Midtown o al menos no tanto como la primera vez. Si he podido centrar más mi atención en lo que mi vetusto profesor de geografía llamaba paisanaje, es decir, los parroquianos que pululan por esas interminables calles, todo un aluvión de razas y nacionalidades que te permite apreciar la profunda armonía del mestizaje y un bilingüismo innegable, aunque al inquilino de la Casa Blanca no le haga ninguna gracia.

Los neoyorkinos están gordos

En un terreno mucho más prosaico pero no de menor interés ha sido el de fijarme en el perímetro abdominal que maneja el neoyorkino medio. La impresión es que el mundo se hubiera convertido en una pasarela de excesos, hay momentos donde estás rodeado no ya de personas con sobrepeso sino de obesos compitiendo por el primer premio de la desproporción mantecosa y costara encontrar a alguien metido en cintura. De esta percepción no se escapan ni los famosos «cuerpos» de bomberos o policía, una buena proporción de ellos no parece que estén para correr demasiado tras los carteristas o subir más de una tercera planta a pie si el fuego acecha.

No solo percepción

Los últimos datos indican que más del 32% de los habitantes de Nueva York son obesos con un índice de masa corporal superior a 30. Si tenemos en cuenta que se considera sobrepeso a partir de 25 un índice por encima de 30 nos habla de una persona muy enferma, si extrapolamos las estadísticas a la población los números son pavorosos.

El último estudio de la Organización de ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indica que obesidad y hambre no paran de crecer en el mundo, de hecho, están prácticamente equilibrados en cuanto a número de personas afectadas con más de 800 millones respectivamente, números que tienen más relación de la que parece. Del hambre no es difícil pasar al sobrepeso ya que muchas personas que salen de la precariedad no tienen acceso a alimentos de calidad y desconocen las pautas correctas de alimentación. Esto se traduce, en ciudades como Nueva York, en minorías étnicas con mayores problemas nutricionales. Los latinos de NYC muestran índices de sobrepeso superiores a la media y los datos de obesidad infantil son verdaderamente alarmantes.

Todo es mucho más difícil

Puesto que he estado unos 15 días por Manhattan mi propósito era realizar una modesta investigación para ver las opciones que el transeúnte de a pie dispone para satisfacer sus necesidades calóricas. El panorama resultó bastante desolador, las veces que el ciudadano medio come fuera de su casa se sitúan en 3,8. Dato que no para de crecer y que si lo unimos a las oleadas de turistas que acoge, este rincón de la costa este americana, lo convierte en un paraíso del alimento procesado y de las opciones fast-food más prescindibles.

El paisaje urbano está atiborrado de puestos de perritos, calóricas pizzerías y grasientas hamburguesas. Pero lo más destacable es que entrar a un supermercado tampoco mejora demasiado las cosas.

El envasado lo inunda todo. Encontrar alimentos en un estado más o menos virginal se convierte en un reto. Casi todo está listo para comer, las secciones de alimentos elaborados son particularmente destacadas donde abundan las salsas azucaradas hipercalóricas. La fruta es de las pocas opciones saludables pero hasta este oasis de sentido común se suele encontrar troceado y envuelto en plástico.

Claro hablamos de Nueva York y existen las opciones que queramos. Seguro que los restaurantes del Upper East Side tienen alternativas sanísimas pero en un restaurante medio cuesta encontrarlas. Existe un intento deliberado de camuflar la perversión del menú ofertado con términos que distraigan la atención de la bomba de relojería que te acaban de servir, uno de los más utilizados es el de «orgánico». Desconozco si la legislación americana es igual de exigente que la europea en la utilización de ciertas nomenclaturas pero no es raro encontrar hamburguesas «gourmet» de más de 1300 kcal donde lo que destaca la carta es que el panecillo utilizado es «orgánico».

Los programas de televisión que hablan de esta problemática tampoco es que luzcan especialmente. Pude ver como en un canal latino se recomendaba el consumo de pizza y hamburguesas, eso sí, secando el exceso de grasa con un papel en una y añadiendo cebolla y tomate en la otra. Un elegante médico realizaba este tipo de recomendaciones ataviado de una impoluta bata blanca en un programa que versaba sobre el hígado graso en niños menores de 10 años, a Berlanga le habría encantado este esperpéntico guión.

Tenemos un tesoro

Nuestro patrimonio no es solo físico. El legado que atesoramos es también intangible y es como mínimo igual de valioso. Uno de los tesoros que más deberíamos preservar sería nuestra dieta mediterránea, que es la verdadera piedra angular sobre la que pivota nuestra extraordinaria esperanza de vida. Estados Unidos es un país que anticipa modas y comportamientos que posteriormente se permeabilizaran al resto de occidente. En este caso lo que anticipa es un escenario de epidemia que esclaviza a enormes sectores de la población a una situación de enfermedad permanente. Imagino que las grandes corporaciones farmacéuticas lo verán con otros ojos, lo de regar a la ciudadanía con estatinas seguro que va genial para su cuenta de resultados, pero si de lo que se trata es de cuidar mínimamente la felicidad del personal gran parte de su sostén se fundamenta en lo que nos entra por la boca.

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