Silicon o el Valle

LORENZO SILVA

En una de las más difundidas de las consignas que el líder del PP dio a los suyos, al término de la reciente convención del partido, vino a decir el presidente popular que había que dejar en paz el Valle de los Caídos y esforzarse más por competir con Silicon Valley. Nunca sabremos si se trata de una ocurrencia de su propia cosecha o la sugerencia de uno de esos asesores que los líderes tienen para que les suministren frases ingeniosas y destinadas a ser seguro pasto de titular. La identificación del oponente político con el pasado no superado, del propio empeño con el futuro más rutilante, y la cruda dicotomía entre ambos, aseguran, o eso es lo que debió de creer el autor de la sentencia, el descrédito del contrario y la reivindicación del orador.

La pregunta en este punto es si esa dicotomía existe, esto es, si son empeños tan contradictorios aspirar a tener en España una fábrica de conocimiento y riqueza como la que representa Silicon Valley -con todos sus claroscuros, que no son pocos- y desactivar cuanto antes el homenaje al pasado totalitario que el Valle de los Caídos representa en su estado actual y, más en particular, en la distinción funeraria otorgada al dictador que tomó personalmente la decisión de erigirlo para dejar testimonio imperecedero y aparatoso de su para él gloriosa Cruzada.

No es ocioso señalar aquí que una de las diversas medidas que aquel hombre llevó a cabo, para darle al país la forma deseada tras su victoria, fue la purga masiva de la universidad española, una verdadera masacre de la inteligencia que el antiguo falangista Laín Entralgo calificaría tiempo después como 'El atroz desmoche', y que Jaume Claret detalla, con cifras y casos pavorosos, en su libro del mismo título. Se calcula que esa purga -que incluyó exilios, destituciones y fusilamientos- alcanzó nada menos que al 40% del profesorado universitario, amén de aislar a la universidad española de las grandes corrientes científicas del mundo, por no ser gratas al régimen, y provocar la desaparición de bibliotecas enteras, cuyos títulos tampoco eran del agrado de los activos censores del general vencedor.

Así que resulta que los dos valles de marras no están tan desconectados, y que una de las razones por las que en España no hemos tenido un Silicon Valley es la aniquilación del conocimiento científico que llevó a cabo el inquilino de Cuelgamuros, expulsando, por cierto, a esa misma California donde hoy tiene su epicentro el desarrollo tecnológico a algunos de los mejores cerebros españoles de su tiempo. Una California a la que hoy sigue fugándose multitud de cerebros españoles, dadas las míseras condiciones que para la investigación, el desarrollo y la innovación les han ofrecido, entre otros, gobiernos varios del PP.