El declive de la noche alternativa en Málaga

Calle Comedias, jueves noche. La vía, que hace unos años era el eje vertebrador de la noche alternativa en Málaga, ahora está desierta. /FRANCIS SILVA
Calle Comedias, jueves noche. La vía, que hace unos años era el eje vertebrador de la noche alternativa en Málaga, ahora está desierta. / FRANCIS SILVA

Gestores culturales y propietarios de bares musicales reflexionan sobre la desaparición de la oferta de ocio independiente en la ciudad a raíz de los recientes cierres del Onda Pasadena y de Velvet, la única sala de conciertos que quedaba en el Centro Histórico

ISABEL BELLIDO

Están aburridos. Se llaman Virginia Domínguez, Sixto Martín, Álvaro Fernández, Alberto Jiménez, Claire Mélody Cascail (Mel), Gonzalo de Lara y Carlos Salado. Algunos de ellos son músicos, otros se dedican a la gestión cultural o simplemente disfrutan de su tiempo libre haciendo algo relacionado con la cultura. La ciudad cada vez les es más ajena y extrañan ocuparla, acaso sentarse a charlar en alguna ansiada zona verde. La mayoría son muy jóvenes (no rebasan los 25), pero Alberto y Álvaro llevan ya años en esto. Diario SUR los reúne porque algo que les afecta de lleno está pasando en Málaga: la cultura y el ocio alternativo se encuentran en pleno debacle. El cierre del Onda Pasadena esta misma semana y de la sala Velvet hace unos meses -la única sala de conciertos centro y, para más inri, la única de la ciudad que ofrecía el aforo adecuado para acoger a bandas independientes nacionales e internacionales- ha sido el último mazazo que ha golpeado a los amantes de la cultura menos 'mainstream' de Málaga; el jaque mate que ha confirmado su decadencia en la capital de los museos. Pero le han precedido otros movimientos: los bares de identidad musical, centros neurálgicos y refugios de este tipo de público, han ido cayendo o transformándose uno tras otro.

Sin remontarnos a los tiempos del Village Green, recientemente han desaparecido el Trifásico, Modernícolas, Vive le Rock y Ática; Rooster se ha mudado a Santa Paula; un hotel echó a Dani Drunk'o'rama de su sitio en calle Comedias y ahora sirve tras la barra de calle Ramón Franquelo; Francisco Riofrío (o Río, como amigos y parroquianos le conocen) resiste «con mucha presión» en El Muro. El resultado: el eje Comedias-Nosquera se ha convertido, según suscriben todos, en «un cementerio». Sentencian de muerte al centro («Esto de aquí a un año está más muerto de lo que está ya», dice Dani 'Drunko'), pero están de acuerdo en unirse para buscar salidas a una situación que no dudan en relacionar con la gentrificación y con la falta de una renovación en el público, es decir, con la escasez de una demanda suficiente que atañen a la «atomización de los gustos» propia de estos tiempos y a «la falta de una base cultural en Málaga», la inexistencia «de curiosidad» y de «asociación». El problema que supuso el botellón hace años se traduce hoy a nuevos baches.

Gestores culturales y propietarios de bares musicales reflexionan sobre la desaparición de la oferta de ocio independiente en la ciudad a raíz de los cierres del Onda Pasadena y de Velvet

Con el nuevo decreto que acaba de aprobar la Junta de Andalucía (que incorpora la modalidad de concierto de pequeño formato en establecimientos de hostelería -donde ahora no están permitidos- en horario de 15.00 a 24.00 horas) se abriría un horizonte esperanzador para ellos; no obstante, la última palabra la tienen los ayuntamientos, que han de legislar dentro del marco establecido, y el de Málaga ya se ha pronunciado: no lo aplicará hasta que no haya «consenso» entre vecinos y hosteleros. Pero, ¿y los músicos, gestores culturales y público? ¿Hay, por cierto, público suficiente? Desde luego, tal y como asegura Juan Diego Altamirano, uno de los responsables de Velvet, la sala ha cerrado por problemas económicos. Admite que siempre ha sido «un negocio de alto riesgo». Lo sabía cuando decidió dar el paso del Velvet pequeño (situado en calle Juan de Padilla y sin licencia de café teatro) al grande, cuya vida se ha alargado hasta los cuatro años y medio (con unos 600 conciertos): «Para pagar el alquiler había que hacer cajas muy altas y ese es el principal problema por el cual Velvet no puede sobrevivir»; entre otras cosas, «porque la música en directo no da beneficios, generalmente es lo comido por lo servido o son pérdidas (los grupos van a taquilla, se tiene que pagar al técnico, al personal de sala...)».

Ahí no queda el problema, sino que además está atravesado por otros: «los alquileres», por ejemplo, son «

una batalla perdida: son muy altos, difícilmente peleables por negocios que se salgan de lo común». Antiguamente, dice Altamirano, «no era así». «Los propietarios buscaban un negocio que fuera fiel, que tuviera perspectivas. Ahora hacen un estudio de mercado sin importarles el tipo de negocio». Otro problema: lo «particular» que es Málaga. «En cualquier ciudad como Jaén o Almería -no hace falta irse a Madrid o a Barcelona- hay más escena alternativa, o al menos es más visible: hay varios festivales de cultura alternativa, muchos bares y mucho ambiente. Málaga, al ser tan turística y ecléctica, sobre todo con esta ola de los últimos años de turismo masivo -que es bueno para muchas cosas-, hace que se diluyan mucho las culturas alternativas. Se marginan».

«Urge un cambio de mentalidad para que entiendan que la música es cultura»

«En Francia y Alemania las salas de conciertos reciben ayudas públicas»

Juan Diego, aunque infatigable (ha abierto una pequeña Velvet en el local que ocupaba Ática), se muestra tajante: cree que no hay «esperanza de que haya una sala como Velvet en el centro hasta dentro de muchísimos años», a no ser que el Ayuntamiento «tome cartas en el asunto». ¿Cómo? Concediendo nuevas licencias de salas de fiestas. Para esto es necesario «un cambio de mentalidad» -del que el Ayuntamiento se encuentra «muy lejos», en su opinión- para que entiendan «que la música es cultura: no son cuatro greñudos haciendo ruido».

Aparte está otra posibilidad, aunque en este caso, juzga Altamirano, tendría que intervenir la Junta: las subvenciones a las salas de conciertos. «La pionera de todo esto es Cataluña, que ayuda incluso a las bandas que se van fuera a tocar para que se den a conocer». Sobre la colaboración público-privada se pronuncia«En Francia y Alemania las salas de conciertos reciben ayudas y los patrocinadores están mucho más implicados también Alberto Jiménez: . Tienen cuatro fuentes de financiación: ayudas institucionales, patrocinios, la barra y la taquilla. Así se reduce la presión sobre el grupo para que pague la sala».

Arriba, parte de las fuetnes consultadas para ete reportaje. Abajo, concierto en Velvet y el alma máter de Onda Pasadena, Daniel Jiménez.

Si Larra rubricó que escribir en Madrid es llorar, montar bolos en Málaga es sufrir. Álvaro, del Culoactivo Canela, dice padecerlo. «De acuerdo con que cambian los gustos y la manera de relacionarse, pero de esa forma estarían todas las ciudades con el mismo problema, y no es así. Málaga sigue siendo un cortijito para muchas cosas. Eso te lo llevas al tema de las licencias y lo que hay es un oligopolio brutal: casi todas las licencias de música en directo las tiene la misma peña. Cuando se aglutina un poder en muy pocas manos, los demás tienen poco que hacer». Igual ocurre con el alquiler: «Si solamente hay un local asfixiado por un monopolio, está luchando a unos precios muy complicados por algo cuya demanda obviamente es menor a la que existe en otros tipos de locales». Este tipo de licencias, según comentan los empresarios consultados, no se conceden desde el año 1997, según el Plan General de Ordenación Urbana de ese mismo año y aunque algunas discotecas de la ciudad cuentan con este permiso ninguna hace uso de él como tal.

Vayamos, de nuevo, más cerca. No es casualidad que Los Planetas, Lagartija Nick, Lori Meyers, Niños Mutantes o 091 sean de Granada y sean, también, sus mejores embajadores. Tampoco lo es que en Murcia, ahora mismo, como apunta Álvaro Fernández, haya «mogollón de bandas», entre otras cosas, «porque ha habido una apuesta desde el Ayuntamiento, tanto que aparte de salas hay festivales como el SOS o el WAM». Todo eso revierte, en realidad, en un problema orgánico: «No hay una base cultural en la población de Málaga». Lo dice Dani Drunk'o'rama, pero lo suscriben todos sus colegas aquí entrevistados. «Por eso los bares de identidad musical no se han mantenido», concluye.

En doce años, Dani ha trasladado el Drunk'o'rama cinco veces de sitio. La última mudanza es la más reseñable para el asunto que nos ocupa: un hotel compró el edificio que ocupaba en calle Comedias y le «echó». «Nos compensó económicamente por los años que nos quedaban de contrato, pero maldita la gracia, ¡las ganas que yo tenía de hacer una quinta mudanza!». Con este último traslado, Dani también ha dado un giro a su bar: ahora está enfocado a la restauración, aunque con 'rock and roll' de fondo. Al que para Dani es el principal problema -la falta de una «base cultural»- se suman otras trabas: la inexistencia de un relevo generacional, la ley antitabaco y el alquiler turístico, que, dice, les ha «jodido vivos». «Ha perjudicado a todos los negocios del centro. La gente que hacía vida entre semana en estos bares ya no vive aquí. Primero echaron a los estudiantes, que no dejaban muchas pelas, pero daban mucha vida», relata Dani, que ha sido durante años el responsable de los Vermut'o'ramas, un formato de conciertos diurnos que concluyó con el fin de la Velvet y que agotaba entradas.

Los estudiantes, por cierto, son claves a la hora de contar la historia del ya desaparecido Modernícolas. Iñaki Serrano lo regentó durante seis años. Hace unos meses abandonó el centro para trasladar el Rooster -el bar que ahora comanda- a Santa Paula. «El Centro está muerto, está acabado. Solo hace falta darse una vuelta», comenta. En otro tiempo, en cambio, el Modernícolas era tomado por los estudiantes desde el jueves hasta el domingo. De hecho, los pisos que hay encima del local «eran todos de alquiler, de estudiantes. Ese público ha desaparecido, ya no hay nadie en el centro estudiando». Y a los turistas, matiza, el Modernícolas no les importa «porque tienen 900 bares ofreciendo lo mismo». Bares que, según Serrano, tienen como potencial cliente a alguien que no «busca la música, la diversión de calidad, la conversación». «Le da igual dónde meterse: si le pones un relaciones públicas que le invita a cuatro cervezas y un chupito, va a ese sitio y no le importa lo que le pongas, la personalidad del local, que le traten bien o mal en la barra...». Iñaki, como sus compañeros, no ha visto una renovación en el público. Pero hay quien resiste.

Francisco Riofrío vive cerca de su bar, El Muro, cuyo nombre ha adquirido una connotación inesperada: se ha convertido en la gran resistencia, el fortín para los que aprecian los géneros musicales que van más allá del pop comercial y del 'reggaeton'. «Cuando montamos este bar, nuestra idea era algo más orientado a las primeras horas. Pensábamos que se iban a ir a otro sitio a bailar o a escuchar música, pero es que no lo hay», cuenta. Río recuerda una época en la que podía visitar tres o cuatro bares con personalidad durante toda la noche, sabiendo que aún tenía cuatro o cinco alternativas más. «Ahora lo que tenemos -dice- es otra tapería más ofreciendo una terraza». Río también tiene una: «Con mis cinco mesitas tengo un control policial que yo lo quiero para muchas otras cosas que suceden en esta ciudad y en este país, a diferencia de otros negocios a los que se les permite ocupar con mesas zonas en las que incluso dificultan el paso».

«Es evidente», según Río, que existe una persecución. «El modelo que ha tomado esta zona es el de un hotel al aire libre, y los bajos son las cafeterías del hotel». Aclara que los turistas «siempre han sido bienvenidos», pero matiza: «nuestra visión de negocio era más para la gente de aquí». El problema es que esa gente ha abandonado el centro («He conocido casos personales de clientes que contaban que no les habían renovado el contrato porque el piso que estaban habitando iba a ser apartamento turístico», afirma). Sabiéndose de los últimos supervivientes, Río vive el momento con «mucha presión». Con el cambio de propietarios del edificio, el dueño le hizo saber que aspira «a tener una clientela más selecta, gente que a lo mejor venga de este tipo de turismo». Con todo, es el más optimista de sus compañeros. Aboga por la unión y por una nueva concesión de licencias para crear un renovado caldo de cultivo: «Yo creo que cuanto más bares hubiera con más puntos de conexión entre sí mejor nos iría a todos». En eso todos parecen estar de acuerdo, pues es lo único que puede construir una escena, pero ¿dónde? Mientras abundan los titulares que bautizan a Málaga como «la nueva Barcelona», muchos amantes de la cultura se han ido quedado sin sitio. «La nueva Barcelona... -rumia Río- en lugar de preocuparse en buscar qué me hace diferente, qué soy como Málaga». Por qué la capital museística no pone facilidades a la música. La pregunta flota en el aire estos días. Queda resolverla.

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