Elecciones Generales 2019: el día que lo puede cambiar todo

Una persona muestra en las papeletas las diferentes opciones políticas que tendrán los electores hoy./EFE
Una persona muestra en las papeletas las diferentes opciones políticas que tendrán los electores hoy. / EFE

Los partidos llegan al 28-A con el pulso acelerado, haciendo cábalas sobre sorpresas de última hora. La única certeza es que tendrán que pactar

OLATZ BARRIUSO

Circula por el Whatsapp un test muy apañadito que permite detectar de qué partido está uno más cerca, un pasatiempo muy 'ad hoc' para la jornada de reflexión con más indecisos de los últimos años. Más de uno se ha llevado un sofocón al ver que coincidía mucho más de lo esperado con opciones que le producen urticaria. Y otros comprueban que en realidad podrían votar casi a cualquiera porque siempre hay algún gancho al que agarrarse.

Es solo un juego, pero habla de la extrema volatilidad del escenario que se dirime hoy en las urnas. La crisis territorial, la desesperanza de las generaciones más jóvenes, la tentación de demoler el sistema, el reinado de la posverdad una vez arrumbada para siempre la alternancia bipartidista... Todos esos factores influirán en la decisión de los 37 millones de españoles que están hoy llamados a las urnas, un voto que se adivina mucho más emocional que racional, más guiado por intuiciones y animadversiones que por el análisis en frío.

¿Un giro a la derecha? ¿Un golpe en la mesa del populismo ultra que fuerce a los partidos constitucionales a un acuerdo en clave de emergencia nacional? ¿Un gobierno progresista abierto a posibles reformas territoriales? ¿Inestabilidad máxima que obligue incluso a repetir las elecciones? A estas alturas, nadie se atreve a dar nada por sentado porque hoy, 28 de abril de 2019, es el día que lo puede cambiar todo... O no.

Tras un arranque plano, que hacía suponer un paseo de Pedro Sánchez hacia una cómoda mayoría que le dejase las manos libres para valorar diversas opciones, la campaña se puso de patas como un caballo desbocado. En concreto, el famoso equino de Santiago Abascal, que, según los pálpitos de última hora de analistas y partidos, galopa con más brío de lo previsto. Los llenazos de Vox en Sevilla y Valencia han puesto nerviosos a sus adversarios y todos, por una razón o por otra, afrontan la hora de la verdad con el pulso acelerado. En la ultraderecha se palpa euforia contenida (por algo parten de cero), pero en el resto todo son conjeturas e incertidumbres. En el PSOE y Podemos hay miedo a la desmovilización de la izquierda -las redes se llenaron ayer de pancartas virtuales que decían 'vota', o incluso #votacoño (sic)-; en el PP, pavor a que el avance de Abascal vacíe de contenido el proyecto de Pablo Casado. En Ciudadanos, ansiedad por aprovechar la supuesta ventaja que habría ganado Albert Rivera en campaña. En los nacionalistas vascos, preocupación ante la posibilidad de que sus escaños no sean determinantes en Madrid si, por ejemplo, suma la derecha. En los catalanes, vértigo ante la eterna disyuntiva entre hacer política o mantenerse en el victimismo impostado.

Por eso, la recta final de la campaña se ha parecido al monólogo final del replicante de 'Blade Runner' y hemos visto cosas que no creeríamos: guerras absurdas para arrebatarse candidatos, la arriesgada excentricidad casadista de abrirse a un gobierno con Vox en el programa de Jiménez Losantos. Hasta Sánchez se ha visto obligado a renegar de los independentistas y hacer guiños a Ciudadanos. Los contendientes saben que en un panorama tan fragmentado resulta casi suicida gobernar en minoría y que no solo se verán obligados a pactar, sino, probablemente, también a acabar con la anomalía de no haber conocido nunca en España un gobierno de coalición. Pero prepárense a esperar porque la inminente campaña 'bis' del 26-M demorará las decisiones difíciles. Será a partir del 27 de mayo, ya con el mapa electoral completo, cuando las 'líneas rojas' puedan empezar a desaparecer. Como lágrimas en la lluvia.

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