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La carretera hasta Almería estaba llena de niños, como los seis hermanos Macías. En la imagen, Remedios y Francisca, que cuentan su relato en este reportaje. / Cedida

La voz de la desbandá: los supervivientes de la Carretera Málaga-Almería

  • Eran entonces niños o adolescentes. Hace diez años dejaron su testimonio vital en el documental 'Febrero 1937. Memoria de una Huida' producido por SUR. Hoy, en el 80 aniversario de aquel éxodo ocurrido durante la Guerra Civil, recuperamos sus vivencias

Consuelo Torres: "Venían los aviones y nos ametrallaban. Éramos niños, mujeres y viejos"

Edad en la huida: 10 años

El recorrido: La familia de Consuelo –su padre Juan Torres, su madre Consuelo Fernández y su hermano Juan (11 años)- sale la madrugada del 7 al 8 de febrero hacia Almería. De allí partirá en tren para Barcelona. La madre seguirá con sus hijos hacia Marsella y Casablanca. El padre no puede acompañarles porque está herido y acabará en un campo de concentración en Francia para fallecer finalmente a su llegada a Málaga. Consuelo Torres no regresa a Málaga hasta la muerte del general Franco. Nunca volverá a ver a su padre.

Su historia:

documental
  • Febrero 1937. Memoria de una huida

Los continuos bombardeos sobre la capital durante los siete meses de asedio no hacen más que reafirmar a la madre de Consuelo de que hay que huir. Pero Juan, su padre, se niega una y otra vez, convencido de que no va a ocurrir nada malo. La mañana del domingo 7 de febrero, nueve aviones sobrevuelan la ciudad, pero esta vez no bombardean. Consuelo los observa desde la zona de El Ejido en la capital.  “Los aviones lanzaron programas en los que se podía leer: ‘Nosotros no somos lo que dicen los rojos; no os vamos a hacer nada; quedaros tranquilos; no salgáis de Málaga. Nosotros nos quedamos en mi casa”. Pero por la tarde el pánico se apodera de la ciudad. Los nacionales están a punto de entrar y el terror a las tropas moras que los acompañan es imposible de contener.

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“Llegó la noche, eran las 10.30 o las 11. Estábamos acostados y mi madre escuchó muchos llantos, muchos gritos. Salió para preguntar que qué pasaba. ‘Que vienen los moros. Que ahí vienen, que vienen’, decían”. La madre de Consuelo le reprocha al marido no haber marchado antes y empieza a hacer el equipaje para salir. “Mi padre quedó en casa. Por la mañana iba a ir a cerrar una pensión que teníamos cerca de la cárcel de Málaga. Mi madre le dijo que ella iba a bajar al Centro con mi hermano Juan y conmigo y que ellos dos ya se reencontrarían en un sitio que habían previsto”. La madre de Consuelo baja por la calle de la Victoria convencida de que a esas horas de la noche podrán encontrar un taxi, pero la escena que contemplan cuando llegan a la altura de la Aduana y de la calle Larios les sobrecoge. “Eso fue terrible, venía la gente de todos los pueblos de Málaga y venían corriendo.. Mi madre dijo: ‘¿Pero esto qué es? Si aquí no hay taxi ni nada’. Y entonces nosotros seguimos por donde marchaban todos sin saber adónde íbamos”.  Mientras avanzan por el Parque, la madre se encuentra con un vecino que va en carro hacia El Ejido para recoger a su familia y le pide que avise a su marido para que lo deje todo y les siga.  Pocas horas después se reencuentran en el camino.

“Al principio íbamos andando porque no bombardeaban, pero, al amanecer, ya se veían los aviones. Ya no íbamos andando, ya íbamos corriendo”. Cualquier equipaje pasa a ser accesorio y empiezan a tirar los bultos en el camino. “La carretera era como una serpiente. Mucha gente se caía. Eran gritos, eran llantos, eran lamentos. El que quedaba herido, ése se desangraba. Ahí no había nadie que pudiera acudir. Yo, que tenía 10 años, vi a un matrimonio con un niño de pecho que se estaba muriendo. Hicieron un hoyo en la carretera y lo enterraron. Eso lo vi yo”.ç

Los cañoneros Cervera, Canarias y Baleares son implacables y siguen a la caravana desde la costa. “De noche nos deslumbraban. A veces tiraban contra la montaña; las rocas se desplomaban y había gente que quedaba allí”. La desbandada durante cada bombardeo provoca continuos extravíos entre la multitud. “Entonces mi madre y mi padre se pusieron de acuerdo. Mi madre le dijo que se iba a ocupar de mí y que él estuviera pendiente del niño. Pero mi padre fue a las cañas de azúcar y mi hermano le dijo que se venía con nosotras. En ese momento, llegaron los aviones y ahí es donde mi hermano se pierde”.

Abatida, la madre de Consuelo no quiere seguir andando. Cada vez que llega a un pueblo empieza a buscar al pequeño Juan con desesperación. “Había muchos niños perdidos y, cuando la gente los encontraba, los cogía y, por la noche, los metía en casas vacías. Mi madre iba allí preguntando por mi hermano y tocando a los niños que estaban dormidos o muertos. Se encontraba a niños llorando y llegó a recoger a cuatro, que vinieron con nosotros hasta Almería”.

Las cañas de azúcar, que les producen ampollas en los labios, se convierten en el único sustento. “En  un monte vimos un chotillo. Un hombre salió corriendo y lo mataron a pedradas. Mi madre, que era muy dispuesta, fue a coger algo. Le dieron una pata y la limpió con un trapo. Se puso a buscar algo para hacer fuego, pero no encontró nada. Como teníamos hambre, chupábamos la carne cruda”.

El río Guadalfeo, de noche, resulta inabordable. Aun así, la gente se lanza sin temor a ser arrastrada por la corriente. “Vino un camión y dijeron que no cruzáramos; que esperáramos a que pasara y que siguiéramos justo por donde fuera el camión”.

Al día siguiente, una combate entre dos aviones sorprende a los que avanzan. Uno de los aeroplanos es abatido y cae en la playa junto a la carretera. “Sacaron a dos hombres rubios. La gente se fue a coger trapos porque estaban heridos. Ahí, como fuimos a ver eso, ahí encontramos a mi hermano. Un miliciano lo recogió en la carretera”.

El agotamiento es general. Consuelo avanza con los pies liados en trozos de tela porque se le han deshecho las suelas de los zapatos. “La planta del pie daba a la gravilla. Esa carretera era toda de gravilla”.

Desesperada por el cansancio de sus hijos, la madre le pide a dos milicianos que marchan a caballo que se los lleve y que los dejen en el siguiente pueblo. “Pero el caballo no llevaba montura y a mí me sangraban las piernecitas. Nos dejaron en un pueblo, pero se vino la noche. Mis padres no venían y empezamos a llorar. La gente nos preguntaba si queríamos irnos con ellos, pero les decíamos que no, que nos habían dicho que esperáramos allí. Al final, de madrugada, los vimos”.

Nada más entrar en Almería, a los ochos días de la partida, la madre entrega a los niños que había encontrado en la carretera a unos milicianos por si los busca su familia. Unos conocidos les aconsejan que no se queden en la ciudad; que vayan directamente a la estación porque está a punto de salir un tren. “¡Madre mía lo que había en la estación!. Todos los refugiados de Málaga estaban allí. Nos metieron en una tartana. No sabíamos hacia dónde iba. Mi madre preguntó cuál era el destino y le dijeron que Barcelona”. El estadio de Montjuic de la Ciudad Condal se llena de refugiados. Hombres y mujeres duermen en plantas diferentes, sobre el suelo. En la oscuridad de la noche, el padre cae por las escaleras y tiene que ser hospitalizado. La madre decide marchar con los hijos para Marsella y después para Casablanca. Consuelo no volverá a España hasta 50 años después. Su padre partirá para el exilio, donde le espera un campo de concentración y fallecerá en Málaga. Nunca volverá a verlo.  

Ana María Jiménez Palomino: "Se le cayó a una mujer el niño al río. Quería cogerlo, pero el agua se lo llevó"

Edad en la huida: 16 años

El recorrido: Marcha con su madre, Pepa, y sus hermanas María, Candelaria y Antonia. También les acompañan Eduardo, el esposo de María, y Alfonso, el novio de Candelaria y dos amigas del barrio de Capuchinos. Todos consiguen llegar a Almería, de donde parten en tren hacia al pueblo tarraconense de Torre del Español, de donde regresan terminada la Guerra Civil. Durante todo este tiempo su hermano Eduardo, de 10 años, permanece acogido en casa de una tía en Málaga.

Su historia:

Entre las pretensiones de Ana María ese 7 de febrero de 1937 no estaban precisamente huir hacia ningún sitio. Recuerda que aquella mañana estaba aseándose y que su hermana Antonia, dos años mayor que ella, entró aterrorizada. “Mi familia estaba en la puerta de mi tía, desde donde se veían los Montes de Málaga. Yo estaba en mi casa muy tranquila lavándome los pies. En eso llegó mi hermana: ’Ana María, venga, sécate los pies, vámonos’, me dijo mi hermana. ‘¿Adónde nos vamos?, le pregunté. ‘Que están tirando bombas, que ya vienen los moros por ahí. De la puerta de la tita se ven los cañonazos y las luces. Y Alfonso ha dicho que nos vayamos y mamá no quiere, pero él le ha dicho: ‘Pepa, que tiene usted cuatro hijas, que vienen los moros!’”.

Pero su madre se resiste. Su hijo Eduardo está recuperándose en un sanatorio en Torremolinos de un pequeño accidente jugando a la pelota y no quiere marcharse sin él. Sus yernos deciden buscar una cabina para llamar al hospital y allí le dan una fatal noticia. “Nos dijeron que el niño se lo habían llevado a Rusia”.

Desolada, la madre consiente en abandonar la ciudad y, ya por la tarde, marchan todos en una pequeña camioneta que se queda sin gasolina a la altura de Rincón de la Victoria. “Mi cuñado entonces paró a uno que llevaba otro camión y le dijo que mi madre era una persona mayor y si se la podía llevar y dijo que sí”.

El resto del grupo prosigue caminando. “Con lo dormilona que era yo, yo creo que iba andando e iba dormida, porque yo iba que ya no podía”. La necesidad de comida se hace acuciante, pero Ana María recuerda especialmente la falta de agua. “Hubiera dado la vida por el agua; me dicen que con esa agua me voy a morir y me tomo el agua, porque es lo me faltaba, la comida es lo de menos. Encontramos queso de bola, seco, pero ni ganas de queso teníamos”.  

En el paso del río Guadalfeo, Ana María contempla impactada cómo la corriente se lleva ante sus ojos a un niño de poca edad. “Se le cayó a una mujer el niño y la mujer quería cogerlo, pero el agua se lo llevó al angelito, tenía dos o tres años; y uno le dijo: ‘Señora, se va usted a ahogar también, deje usted a su hijo, déjelo, Dios ha querido que se lo lleve’. La mujer siguió adelante llorando”.

Los momentos más dramáticos de la huida los vive ya cerca de Almería. Los cañonazos hacen que el grupo se disperse y ella se adentra en el campo, donde le sorprende la noche. “Yo iba sola y empecé a andar. No se veía nada y yo andaba, pero no sabía por dónde andaba y me preguntaba que cuándo se iba a hacer de día. Estuve toda la noche andando y casi al amanecer me encontraron unos muchachos de la Cruz Roja que me echaron la linterna porque escucharon pasos y me dijeron: ‘Pero niña, ¿qué haces por aquí? ¡Si vas de vuelta para Málaga!”. Yo  llevaba todas las piernas heridas de pinchos y me las curaron”. Los voluntarios de la Cruz Roja la acompañan a la carretera y se hacen cargo de ella hasta que llegan a Almería. Allí, justo en la entrada de la ciudad, se encuentra con Eduardo y Alfonso, sus dos cuñados.

“Yo llegué un día después que ellos a Almería, sin comer, sin beber, sin  nada. Mi madre cuando me vio se desmayó. ¡Natural, si iba toda vendada! Y fue llegar a Almería y tirar bombas. No vi más que los escalones del Teatro Cervantes, que era donde estaba mi familia”. Allí, descubren que su hermano Eduardo no está en Rusia, sino en casa de una tía en Málaga. No volverán a verlo hasta después de la  Guerra Civil.

Tarragona es la próxima parada en el camino de la familia, adonde llega apiñada en un tren de mercancías. En un pueblo de esta provincia, en Torre del Español,  residirán hasta 1939, cuando deciden regresar a Málaga. “Llegamos sin un céntimo, pero nada de nada y sin casa, porque la habían ocupado otras personas”.

Carmen Ruiz: "Yo lloraba y decía: ¡Mamá, mamá, mamá! Mi hermana no sabía cómo consolarme"

Edad en la huida: 5 años

El recorrido:  La madre de Carmen, Concepción García, decide subir a sus hijos en un autobús escolar hacia Almería. A Carmen le acompañan sus hermanos Teresa (14 años); Juan (12); Conchi (4 años) y Rafael (18 meses). Su otro hermano, Pepe, (16 años) permanece en Málaga con su madre. Su padre, José Ruiz Jurado, tras conocer la decisión de la madre, decide marchar también hacia Almería para buscarlos. Se reencontrará con ellos en Valencia.

Su historia:

Carmen no ha olvidado su nombre. Se llamaba Leopoldo, era el director de un colegio de huérfanos por la zona de Pedregalejo y le gustaba que le llamaran camarada. Él fue el que convenció a su madre para que embarcara a sus hijos en un autobús hacia Almería. “Mi madre estaba colocada allí, donde planchaba y cosía. El director le dijo: ‘Concha, va a pasar una cosa muy grave porque los moros vienen matando a los niños y a las mujeres. Nosotros nos vamos a llevar a todos los niños que tenemos aquí”. Concepción no se lo piensa; sin consultárselo a su marido, recoge a sus hijos más pequeños en casa y acude al colegio, donde les espera un autobús amarillo. Teresa, de 14 años, será desde entonces la responsable de cuidar de sus hermanos Juan (12), Carmen (5), Conchi (4) y Rafael, de tan sólo 18 meses.

Cuando el padre y el hijo mayor, Pepe, vuelven de trabajar les sorprende la noticia. “A mi padre le dio un desfallecimiento. Mi hermano Pepe empezó a llorar y decía: ‘Mamá, ¿qué has hecho con los niños?’ Y ella le decía que lo que quería es que no nos mataran”. El padre, pescador de profesión y de ideología socialista, decide coger su bote y, pegado a la orilla, comenzar la búsqueda de sus hijos. José Ruiz llegará así hasta Almuñécar, donde debe abandonar el barco y continuar andando. No encontrará a sus hijos hasta 10 meses después.

Carmen y sus hermanos hacen la mitad del camino en autobús. “La carretera iba llena de personas, de burros. La gente llevaba máquinas, muebles, muchos bultos de ropa. Se querían subir en el autobús y allí no cabíamos ni los que íbamos dentro”. Para aquel grupo niños, la peor parte del trayecto comienza en Motril. Al intentar cruzar el río Guadalfeo, que va muy crecido, el autobús queda encallado. “Por allí iban caballos, personas, bultos... El profesor nos quitó de allí porque aquello era horroroso de ver y nos llevó para el monte”. Hace frío y ha llovido, pero los niños permanecen tumbados bocabajo en una loma, mientras los barcos insisten en su cañoneo. Algunos, incluso, se quedan dormidos. “El maestro, de vez en cuando, hacía recuento y se ponía con mucha pena: ‘Hoy faltan tres; hoy faltan dos’. No podía asistir a tantos, porque había tanta gente... Y los niños, si se asustaban, corrían y se metían entre las cañas de azúcar y, si no salían a tiempo, nos íbamos y allí se quedaban”.

Teresa, la hermana mayor, quiere evitar por todos los medios que alguno de sus hermanos se extravíe. “Se le ocurrió una idea muy buena. De tanto trapo como había por el suelo, hizo tiras una sábana; nos amarró a todos por la cintura y ella se quedó con los cabos en la mano”. También se encarga de tranquilizar a sus hermanos. “Yo lloraba y decía: ¡Mamá, mamá, mamá!. La pobrecita de mi hermana ya no sabía cómo me iba a consolar. El hermanito de 18 meses también preguntaba por ella e inclusive pedía pecho porque todavía mamaba. Andábamos un tramo y le decía mi hermana: ‘Detrás de aquel monte, allí está mamá’. Y llegábamos y mamá no estaba. Y llorar y llorar y de hambre, porque el angelito tenía mucha hambre; era muy chiquitito y lo que hacía mi hermana era que le machacaba cañadú y se lo ponía como si fuera un chupe para que chupara el caldito”.

Los niños avanzan sin zapatos y con la ropa hecha jirones de tirarse al suelo para resguardarse de las bombas. “Hacía mucho frío. Siempre íbamos mojados porque llovía y estábamos metidos en las cañas o tirados en el monte. Mi hermana me lió los pies porque los llevaba llenos de cortes de ir descalza sin zapatillas”.

Ya cerca de Almería, un grupo de milicianos les recogen con una furgoneta y los dejan en una plaza en la capital. “Nos dijeron que no nos moviéramos, y allí nos quedamos porque estábamos todos lacios; no nos podíamos mover aunque quisiéramos”.

El destino de los cinco hermanos es Macastre, en Valencia, adonde llegan tras un viaje de dos días en autobús. Allí residen en un internado con otros niños, sin noticias de sus padres. Pero un anuncio colocado en un periódico local por su hermana Teresa en el que cuenta que los cinco están vivos recibe una insospechada respuesta. “Una noche, a las 12, llegó un hombre preguntando por sus hijos. Cuando le dijo nuestros nombres, la muchacha que lo recibió se quedó de piedra. Mi padre no tenía manos para coger a tantos niños”.

Terminada la Guerra Civil, regresan a Málaga. El padre consigue entrar con un salvoconducto que le ofrecen unos conocidos en el que se asegura que es falangista desde el año 23. “Mi madre se quedó sin conocimiento cuando nos vio. Tuvieron que llamar a la casa de socorro”.

José Ginés: "Eso fue un crimen. No tiene otro nombre. La guerra no tiene nada que ver con la población civil”.

Edad en la huida: 23 años

El recorrido: José lucha en el frente que está defendiendo Málaga el mismo día 7 de febrero. A la mañana del día siguiente, cuando ya las tropas nacionales están en la capital, consigue salir de la ciudad. Tras su llegada a Almería, luchará en el frente de Motril hasta el final de la guerra.

Su historia:

José Ginés nace en Cuevas de San Marcos en 1913, en una familia con un arraigada ideología de izquierdas. De padre agricultor, en su casa siempre se lee el diario ‘El Socialista’. Por eso, cuando estalla la Guerra Civil, José no duda en ir a defender la causa republicana en el frente de Ardales. En febrero de 1937, está sirviendo en el cuartel de Capuchinos de la capital. El 7, cuando apenas queda un día para que las tropas nacionales ocupen la ciudad, salen a combatir al Monte Coronado . “Estuvimos allí todo el día pegando tiros, pero cuando llegó la noche, el teniente Pérez nos dijo que nos  fuéramos, que por la mañana estábamos copados”.

José decide hacer noche en una posada en la capital. Ya en la mañana del día 8, sale a la calle vestido de miliciano ante el estupor de un conocido. “Me dijo: ‘Pero tú que haces aquí, pero coño, si están entrando los fascistas por la calle Cuarteles”. El joven cabo se une a otros dos militares procedentes de Marbella y los tres deciden marchar de la ciudad. “Salimos con mucha dificultad de Málaga, ya huía muy poca gente. Desde las ventanas salían muchos tiros e íbamos pegados a las paredes”.

Una hora después, comienzan los cañoneos de los barcos desde la costa. Un tajo en una cantera les sirve para resguardarse. “Optamos por salir de la carretera durante el día, porque allí no se defendía uno ni de la aviación ni de los barcos”.  El pequeño grupo avanza raudo y va adelantando a las familias que encuentra por el camino. Al día siguiente, José y sus compañeros de viaje ya están en Nerja.  “Aquello era una lástima. Había niños, había viejos y enfermos, embarazadas, había de todo... en esa situación, corriendo, pero corriendo sin tranquilidad por el miedo a los aviones y a los barcos”.

A la altura de una fábrica de papel en los acantilados de Maro, José no soporta la sed y baja al río de la Miel a beber agua. En ese momento, aparece la aviación. “El arroyo estaba muy profundo.  Se presentaron bombardeando, uno, otro... hasta cinco aviones. Cuando salí al puentecito a lo alto de la carretera... no hay palabras para describirlo. Eso no se puede describir más que viéndolo... de muertos... de heridos”. No volverá a ver a sus compañeros de viaje, ni siquiera en el cuartel cuando llega a Almería.

José continúa, solo, hasta Salobreña. Algunos refugiados empiezan a gritar que las tropas nacionales están justo detrás y cunde el nerviosismo.  En ese momento, escuchan una gran explosión. “Habían volado el puente que pasa por el río Guadalfeo para impedir el paso momentáneo de los franquistas”. La lluvia de los últimos días o la apertura de una pequeña presa hace que el caudal vaya muy subido. José no se atreve a tirarse al agua. “Allí quedaron muchas personas y lo último que uno hace es suicidarse”. Más arriba encuentra un camino para pasar a la otra margen.

La sola visión de los camiones de las Brigadas Internacionales en la recta de Adra le llena de tranquilidad. “Me dije, ya estamos salvados, éstos vienen a retenerlos”. José entra en Almería desarmado, como todos los milicianos que van llegando. Es una ciudad caótica, que ha duplicado su población en apenas unos días. “No se podía andar por la calle. Había camiones repartiendo pan. Recuerdo que esa noche en el cuartel me pusieron lentejas. Por más que comía, quería más, no me hartaba”.

Él es uno de los milicianos que relevan a las Brigadas Internacionales en el frente de Lújar, en Motril, donde lucha hasta el final de la guerra civil. “Cuando acabó todo, yo ya era suboficial; escondí la pistola en el monte y me quité los galones”. Una orden de un requeté amigo suyo, Paco Gutiérrez, consigue sacarlo de un campo de concentración en Caparacena (Granada), bajo la condición de que se presente en el cuartel de Capuchinos para que comprueben su ficha y decidan si han de encarcelarlo. José prefiere marchar para el cuartel de su pueblo, donde le obligan a presentarse a diario. Él consigue eludir la prisión, pero no su madre. “A ella  la pelaron y la encarcelaron un año tras un enfrentamiento con un familiar. La culparon de leer ‘El Socialista’”.

Benito García Blanco: “A veces no nos dejaban ni dormir; teníamos que salir corriendo"

Edad en la huida: 21 años

El recorrido: Huyó con otros compañeros del batallón del Ejército de la Malagueta hasta llegar a Almería. Allí recibió instrucción en el campamento de Viator y luchó en el frente de Madrid hasta el final de la guerra. Toda su familia huye también a Almería y de allí a Alicante. Al terminar la guerra, regresan a Málaga.

Su historia:

El domingo 7 de febrero Benito lo pasa todo el día en el cuartel. Está en un batallón del Ejército en La Malagueta, donde recibe instrucción. Al anochecer, con las tropas naciones e italianas cercando la ciudad, reciben nueva orden de sus superiores. “Formaron el batallón y tiramos para El Palo. No había consigna ninguna, sólo que había que huir. Pasamos El Palo, tiramos para Torre del Mar y allí ya se deshizo el batallón y cada uno tiró para un lado”.

Benito recorre todo el camino vestido de miliciano y armado; al igual que otros seis compañeros que le acompañan. Cuando llegan a Vélez Málaga, se encuentran el pueblo desolado. “La mayoría  de las casas ya estaban abandonadas. Las familias se iban y las dejaban abiertas”. Los refugiados entran en ellas para buscar algo de comida. “Conseguir alimento estaba muy difícil. A veces encontrabas cosas por el camino. Un día encontramos en un cortijo una tinaja llena de aceite; era tan alta como una habitación. Cuando yo llegué, ya estaba casi por la mitad. La gente cogía el aceite para hacer tortillas con harina. Pero el aceite estaba tan bajo que no se podía coger con cubos porque no teníamos soga. Entonces, nos turnamos para que cada 20 minutos uno se dejara coger por los pies con la cabeza para abajo y subiera el aceite”.

Optan  por avanzar de noche por la carretera, mientras que, de día, prefieren hacerlo campo a través para evitar los cañonazos de los barcos y las bombas de los aviones. “A veces no nos dejaban ni dormir un poco porque las tropas nacionales venían atrás zumbando y teníamos que salir corriendo”. El grupo de hombres jóvenes adelanta con facilidad al resto del grupo, la mayoría, familias con niños. “Las mujeres se liaban las piernas con sábanas porque, de tanto andar, las llevaban hinchadas. Algunos hombres tampoco podían andar. Yo, como era joven, seguía”.

En ocasiones, se producen enfrentamientos entre los mismos refugiados. “Había grupos que discutían por cualquier tontería”. Los animales de carga se convierten en un bien codiciado, hasta el punto de que son el origen de peleas o objeto de robo. “Un día vimos un caballo que llevaba a dos hombres y a una mujer encima. Era un caballo que habían cogido por la carretera. Salieron unos cuantos de un grupo que iba junto al nuestro y querían que se bajaran para que descansaran otros que iban andando. Los que estaban subidos se negaron y se liaron a tiros. Nosotros llevábamos armas porque éramos militares, pero había gente que no  lo era, y que también llevaba. Al final, los que iban en el caballo resultaron heridos y se subieron otras personas”.

En aquella ocasión, Benito no llega a desenfundar su arma, pero sí lo hace más adelante, a la altura de Salobreña. Allí, les sorprenden los nacionales. “Se formó un tiroteo, pero se aguantó. Después se retuvieron ellos y nosotros salimos corriendo”.

A la entrada de Almería, después de siete días de camino, les obligan a despojarse de todo el armamento. Durante tres meses, Benito recibe instrucción en el almeriense campamento de Viator, de donde parte para defender el frente de Madrid. “Cuando cae Madrid, a mí me pilla en un hospital porque resulté herido en una pierna durante un bombardeo”. Los nacionales le cogen prisionero y permanece un corto periodo de tiempo recluido en un edificio hasta que le dejan en libertad bajo la orden de que vuelva a Málaga. Él, sin embargo, marcha hacia Alicante, donde le espera su familia, que también había huido por la carretera de Almería. “Allí estuve mes y medio. Al final, regresamos a Málaga. En la estación, me detuvieron y me metieron en un campo de concentración en los callejones del Perchel”. Después de tres meses, pasa a un campamento de refugiados militares en Torremolinos, de donde sale por buena conducta. Benito asegura que no se tomó ninguna otra represalia contra él, es más, llegó a hacer el servicio militar una vez terminada la guerra.

Joaquín Fernández: “Jamás creí que con tan poca edad vería tanta injusticia”.

Edad en la huida: 10 años

El recorrido: Salieron hacia Almería su padre Joaquín y su madre Encarnación, sus hermanos Eugenio (4) y Carmela (6 años), así como toda la familia por parte del padre, incluida una abuela de 70 años. Su hermano Salvador, de 16 años, salió días antes hacia Almería y luchará en un frente hasta el final de la guerra.

Su historia:

“Nos fuimos con lo puesto. Había mucho miedo. La gente pasaba y decía que iba para la carretera de Almería; no huía por su ideología política, sino amedrentada por lo que pudiera venir a la hora de la toma de la ciudad.  Salimos el día 7 a las 7.30 de la tarde. Era ya de noche”.

Joaquín camina con unos zapatos negros de charol. “Acabé andando con los pies. De los zapatos, sólo quedó la envoltura. En lo único que pensábamos eran en andar y en quitarnos de en medio”.  Al día siguiente, a la altura de Torre del Mar, comienzan los bombardeos. Su hermano Salvador, de 16 años, ha salido días antes hacia Almería. De él ha aprendido que, cuando lanzan bombas, es mejor no meterse en ningún agujero o alcantarilla.  “Me tenía dicho que me quedara al aire libre; que me tumbara en las zanjas que hay en las huertas para sembrar, porque así, si la metralla arrasa, te pasa por encima”. Es lo que hace cada vez que aparecen los cañoneros Canarias y Cervera en la costa o cuando sobrevuelan los aviones. “En uno de los tramos de la carretera apareció la aviación. Cada uno salió  para un lado para esconderse y yo me tiré en una hondonada del terreno. Llevaba una taleguilla con un poco de ropa. A pocos metros había un carabinero que fue lanzado por una de las bombas. El pobre murió en el acto. A mí vino un trozo de metralla que dio en la taleguilla y que he tenido guardado hasta hace poco”.

La muerte se hace presente en cada tramo del camino, pero Joaquín no se amedrenta. “Había niños asustados, otros eran más fuertes. Yo era un niño fuerte, no conocía el miedo”. Por eso, cuando la gente comienza a gritar que una bomba ha volado un autobús lleno de personas, se asoma para comprobar que no hay dentro ningún familiar. “Aquello era para cerrar los ojos”.

En el trayecto, Joaquín pierde a su hermana Carmela, de su cuyo cuidado está a cargo. Entre el tumulto la pequeña, de seis años, se extravía. La familia se inquieta y empieza a buscarla entre los cientos de personas que huyen. “Íbamos despavoridos, chillando. ¡Carmela! Menos mal que pudimos recuperarla y seguir todos juntos”.

La carretera está atestada. Los refugiados avanzan pegados y la desesperación se desata cada vez que pasa un vehículo. “Iban las camionetas cargadas de criaturas, apiñadas... Yo he visto cómo una madre lanzaba a su hijo, de unos tres años,  a una camioneta para que se lo llevaran”.

En el camino, comienza a ocurrir algo extraño y Joaquín se percata de ello. “A la altura de Nerja, empecé a ver a hombres motorizados con cazadoras de cuero. Avanzaban por la carretera, parecía que exploraran el camino. Eran militares”. Son los soldados de las tropas italianas, que cortan el paso a los refugiados que van en la cola del grupo. Cunde la decepción. “Para nosotros fue un jarro de agua fría. Después de tanta lucha, de tantas angustias... Todo el mundo se quedó pasmado”.

Aquella noche será la primera de los cuatro días de trayecto que pueden dormir.  Pero al día siguiente, hay que volver a andar, esta vez, de vuelta, de regreso a Málaga. Allí les espera su casa, en el número 6 de la calle Miraflores, que sigue intacta, porque la familia que no salió hacia Almería se ha encargado de protegerla.

José Martos: "Era para que hubieran sacado un Guernica. Lo sacas en un lienzo e impresiona al mundo”

Edad en la huida: 6 años

El recorrido: La familia de José llega hasta Salobreña, donde deciden regresar. Huyeron su padre Antonio Martos, su madre, Ana Rodríguez y sus hermanos Antonio (9 años) y Francisco (6 meses). Otro hermano, Diego, se queda con una tía de la madre en la barriada de La Araña.

Su historia:

“Yo tenía seis años, pero era consciente de que huíamos de los fascistas”. Aquella tarde del 7 de febrero, el barrio de pescadores de La Malagueta se echó a la calle. “Todo el mundo tiró para delante”. Un petate con una sábana es lo único que llevan, pero la comida empieza a escasear pronto. “Ya a la altura de Rincón empezamos a comer cañadú. A mi madre, del susto, se le había perdido el pecho. Para dar de comer a mi hermano pequeñito, cogía, masticaba cañadú y mi hermano, como un pajarito, chupaba de la boca de mi madre. Así lo alimentaba”.

La familia avanza unida, sin separarse. Los niños van cogidos a la ropa de los adultos y el bebé, a horcajadas sobre el cuello del padre. “Eso era una marea, de banda a banda de la carretera. La gente se llamaba: ‘¡Juan!, ¡Pedro!, ¡Antonio!... ¡¡No te pierdas!!!, ¿Dónde estás?’. Así por toda la carretera, todo el mundo. Niños, niñas, mayores... y, aún así, se perdían”.

A medida que recorren el camino, van encontrando más muertos a su paso. En Maro, un cuerpo bocabajo les llama la atención. “No sé si fue por la ropa o por las hechuras, pero mi padre le dice a mi madre: ‘¡Ana!. Parece Joaquín. Mi padre le dio la vuelta y era mi tío. No sé si fue la metralla”.

Aún les queda por delante la etapa más dura del trayecto. Los bombardeos de los barcos Cervera, Canarias y Baleares se vuelven encarnizados a la altura de La Herradura. “Cuando llegamos a esa cuesta, vimos allí el panorama más grande encima de la Tierra. Estaba todo lleno de muertos. En el centro de la carretera encontramos muchos bultos y, encima había una niña de no más de tres años llorando.  Alrededor estaba su familia, a la que habían matado. Como mi madre no había tenido niñas, que ha tenido siete hijos, quería cogerla, pero mi padre dijo que no. ¿Dónde metemos a la niña? Cuando llegamos a Almuñécar comentamos lo ocurrido a otras personas y uno de ellos la enseñó; ellos la habían recogido”.

Es precisamente en este pueblo donde interrumpen momentáneamente su avance para pasar unos días con la familia de la madre. Esas jornadas perdidas les impedirán llegar a Almería. Cuando deciden retomar el camino y una vez pasado el río Guadalfeo, los adultos deciden regresar. “Llegaron los italianos y uno de los jefes, uno de los mandos, que tenía la voz cantante nos dijo que no temiéramos, que la guerra no existía, que había terminado: ‘No teman ustedes que no va a haber represalias, ni nada de nada. Ustedes van a ir en unos camiones para Málaga”.

De vuelta a La Malagueta, la familia Martos pudo retomar su vida normal, aunque nunca olvidó aquellos días huyendo hacia Almería.

Francisca y Remedios Macías: "Nos juzgaron sin tener por qué juzgarnos y nos juzgaron a muerte"

Edad en la huida: 14 y 13 años

El recorrido: La familia, integrada por los padres, seis hermanos, cuatro sobrinos y la abuela, parte de Marbella hacia Churriana y, de allí, hacia Almería. Pasarán tres años entre Castellón y Murcia, de donde regresan al terminar la guerra para rehacer una vida nueva en Málaga capital.

Su historia:

El 17 de enero cae Marbella en manos de las tropas nacionales, que avanzan por la costa. Días antes, la familia Macías comienza su peregrinar hacia Málaga. El grupo está compuesto por la madre, Manuela León, el padre, Francisco Macías, y cinco de sus hijos menores (María –17-, Francisca –15-, Remedios –14-, Ana María –12- y Francisco –9-); así como por cuatro sobrinos, la hermana mayor, Manuela, a la que acompaña su marido, Francisco. También va con ellos una de las abuelas, de 81 años y el novio de María.

Al llegar al río Fuengirola, deciden tirar hacia el norte, pero se encuentran con el frente nacional y han de bajar de nuevo. Finalmente, se instalan en Churriana. “Venía gente de todos sitios, de los pueblos, de Cádiz, de la Línea...”, recuerda Remedios. A medida que pasan los días, la situación se hace insostenible y ya parece inevitable la caída de la capital. “Llegamos a Málaga por la noche, buscábamos a una familia de mi madre, pero ya se había ido. Málaga estaba desierta, no había luces, no había nada. Mi madre dijo, buenos nenas, ¿qué hacemos aquí? Pues vámonos y que sea lo que Dios quiera”.

La familia no duerme la primera noche y consigue cubrir el trayecto hasta Vélez-Málaga, donde les sorprenden, al amanecer, los primeros bombardeos de los cañoneros Cervera, Canarias y Baleares. Se esconden en los cañizales o en las alcantarillas.

“Llegamos a un sitio que eran unos olivos –relata Francisca. Entonces allí ya no eran los barcos; allí llegó la aviación. Llegaron cuatro o cinco aviones. Mi madre dijo de descansar sentaditas debajo de un olivo y empezaron a bombardear. Tiraban las bombas a los olivos porque sabían que estaban las criaturas allí. No quiero ni acordarme. Sentí los chillidos y los lamentos. Lo que había allí, aquella sangre, yo no lo vi porque no quería verlo”.

Francisca no puede contener los nervios. No quiere sentarse para descansar ni quiere probar bocado. “No pude comer por todo el camino. La gente comía caña de azúcar, pero yo no. Yo sólo quería seguir adelante. Recuerdo que llevaba una cafetera roja en la mano y que la gente decía: ‘¡Esa niña! ¡Que esconda la cafetera que nos van a ver!”. Tampoco hay demasiado tiempo para tomar la escasa comida que encuentran en el trayecto. “La gente, si nos veía sentarnos para tomar, a lo mejor, un poco de arroz que habíamos encontrado nos decía: ‘Qué hacéis, para delante, para delante, que allí vienen’”.

A veces, avanzan de noche, casi sin ver el suelo que pisan. En una de las ocasiones que están en el campo, deciden bajar a la carretera. “Entonces, el marido de mi hermana Manuela nos tiró por un barranco. Primero tiró a mi hermana Remedios. Y mi madre chillando: ‘Ay mi niña, que ha caído al mar’. Porque el mar estaba tan cerca que, de noche, no se distinguía de la carretera. Luego me tiró a mí y me desolló la espalda. Aquello estaba muy alto y tenía picos. Nosotros no le decíamos nada a mi madre para que no sufriera: ‘No mamá, no nos hemos hecho nada, que estamos bien’”.

En la Herradura, la abuela les pide que la abandonen porque no puede seguir. “Decía: ‘Ay, dejadme aquí, dejadme aquí, que ya no puedo más, no puedo más...’ Entonces la dejamos en una casita. Allí había una mujer que nos dijo que la dejáramos allí, que ella no se iba a ir y que no le iba a pasar nada”.

En el trayecto se les suma una vecina de Marbella, que acaba de dar a luz y que marcha agotada. Todos juntos llegan al río Guadalfeo. Un hombre a caballo les aconseja que no crucen, y que le sigan, que hay un puente más arriba por el que pueden atravesar. “En esos momentos no pensábamos en nada, sólo en Almería, creíamos que Almería era la salvación”.

A la salida de Adra, Remedios se encuentra un niño de unos dos años en la cuneta, liado en una toquilla. “Era rubio, muy blanco. Estaba allí como dormidillo y lo cogí. Se lo conté a mi cuñado y él empezó a preguntar entre la gente que de quién era el niño y nadie decía nada. Nos lo llevamos, y una señora por la carretera nos dijo que era de una mujer que iba delante. La alcanzamos y, me acordaré toda la vida, iba con los pies muy liados de tenerlos destrozados y estaba en estado. Llevaba un niño chico en brazos y otro tirándole del vestido. Mi cuñado le preguntó si el pequeño era de ella y le dijo que sí. ‘Mire usted es que no puedo más, mire usted cómo llevo las piernas es que no puedo más’. Mi cuñado entonces le dijo que se instalara por allí, que ya no había peligro y que la iba a esperar a la entrada de Almería y, que si llegaba sin el niño, la iba a denunciar”.

El día 16 de febrero llegan a su destino.  Todos los lugares para alojarse están llenos y los vecinos no les abren las puertas. “Llegamos a aquel almacén donde había muchísimas personas. Los piojos nos los quitábamos por millares. No teníamos ni donde lavarnos ni donde ponernos más ropa”.

A la semana son evacuados hacia Castellón en un tren de mercancías. “Pasamos por Valencia. El personal se volcó allí. Salían las muchachas de las fábricas a comerse el bocadillo y nos lo echaban por las ventanillas del tren e igual las naranjas, sacos de naranjas...”

Su periplo durante los dos próximos años les llevará también a un pueblo de Murcia y, al final de la guerra, de vuelta a Málaga, donde deciden no regresar a Marbella e iniciar una nueva vida. Ya en la estación de Málaga, separan del grupo a Francisco, novio de María, que está embarazada. Posteriormente, será juzgado y fusilado. “Cuando llegamos, no teníamos nada para vivir y mi madre empezó a trabajar y nos metió a nosotras internas para poder comer”, concluye Remedios.

Miguel Escalona: "Vi una mujer muerta en un terraplencito y un niño de pecho mamándole. Eso lo vi yo"

Edad en la huida: 10 años

El recorrido: Miguel hace el camino con otros 10 niños de un internado hasta Almería. Posteriormente terminará en Barcelona y finalmente en el exilio. Regresa a Málaga en el 39, terminada la guerra.

Su historia:

El comienzo de la guerra sorprende a Miguel en un internado en Torremolinos. La muerte de su padre en un accidente en 1931 deja en una situación muy precaria a su madre, que debe sacar adelante a siete hijos.

Dos semanas antes de la ocupación de la capital por los nacionales, los responsables del internado deciden evacuar a los niños hasta una casa en Nerja. Sin embargo, la caída de los frentes republicanos convence a los superiores del centro de que ha llegado la hora de marchar. “Eran las 10 o las 11 de la mañana y cada uno con su bultito con su ropa hecho un paquetito. Estábamos todos allí esperando a los autobuses para llevarnos, cuando se presentaron los aviones. Todo el mundo salió corriendo. Cuando se volvió al sitio, estaban incendiados los paquetes porque habían tirado bombas incendiarias”. Del grupo de 80 niños, Miguel sólo consigue reencontrarse con otros nueve. Juntos deciden seguir a la multitud que avanza hasta Almería. “¿Los nombres de los niños? Pues, sí, algunos recuerdo. Uno era Antonio Rodríguez Cantarero, su hermano Manolo Rodríguez Cantarero, Antonio Barbas Campos, Antonio Solamo García. El que más tenía 12 o 13 años, yo era el más pequeño que tenía 10”.

«Yo lloraba y gritaba: ¡Mamá, mamá! Mi hermana no sabía cómo consolarme»

Los niños avanzan asustados, pegados unos a otro. La caravana prosigue su huida y nadie repara en ellos. “Andábamos sobre todo de día. De noche nos tumbábamos en las cunetas y cuando venían los aviones nos tirábamos al suelo. Íbamos descalzos, sin alpargatas y nos atábamos trapos en los pies”. Para subsistir, los pequeños se adentran en los cultivos o no dudan en comer los restos que dejan los demás. “Íbamos andando y comiendo caña de azúcar y lo que cogíamos por el camino. Inclusive yo recuerdo haber comido cáscara de haba pisoteada”.

Miguel tiene grabada una imagen que refieren otros supervivientes de la huida. “Yo vi, yo vi a una mujer al lado de la carretera, en un terraplencito, una mujer muerta y un niño de pecho mamándole, eso lo vi yo”.

Los niños no se atreven a cruzar el río Guadalfeo, que va muy crecido y en el que pierden la vida centenares de personas. “El río llevaba mucha agua. Habían hundido el puente o algo así y tuvimos que ir unos pocos kilómetros hacia arriba para ir a parar el mismo sitio al otro lado porque no había forma de cruzar. Tuvimos que andar el camino dos veces”.

Ya en Adra, aparecen las primeras camionetas recogiendo a gente. Miguel recuerda una ambulancia que subía a los refugiados que se encontraban en peores condiciones, pero no puede precisar si es la del médico canadiense Norman Bethune.

El Socorro Rojo Internacional les acoge cuando llegan a Almería. “Allí nos dieron de comer, nunca se me ha olvidado que nos dieron patatas con carne y nos prepararon y nos montaron en trenes al día siguiente para ir a parar a Barcelona”. En la Ciudad Condal, aún bajo poder republicano, permanece Miguel hasta febrero de 1939, cuando se produce la caída de Cataluña. Es entonces cuando, de nuevo, debe emprender otro éxodo, pero esta vez se trata de cruzar la frontera francesa. “También salimos andando, íbamos seis niños, entre ellos, dos hermanos de Madrid, Pablo y Benito Gómez Zorrilla. Pasamos mucha fatiga y mucha hambre. Fue parecido a lo de la carretera de Almería”.

Con apenas 12 años, Miguel Escalona termina en un campo de concentración en Angulème. Pero un día recibe una noticia. Una familia francesa quiere acoger a un niño español. “Francisco, que era el intérprete que había en la oficina, dijo mi nombre y salió corriendo. Había un coche en la puerta y me dijo: ‘Chico, ¿te quieres marchar con esta familia? Y yo dije: ‘Ahora mismo’. Miguel sólo tiene palabras de agradecimiento para sus padres de acogida, que lo trataron “como un hijo más”. Sin embargo, terminada la guerra decide volver a Málaga. “Me acordaba mucho de mi familia y mi madre me decía en las cartas que no me fuera, yo no me figuraba lo que era esto”. En su regreso a Torremolinos, descubre que su familia ha sufrido represalias y que a su madre y a sus hermanas les habían obligado a beber aceite de ricino y las habían rapado. “En Torremolinos habían matado a muchísima gente”, concluye.

José Quesada: "A Motril llegamos que no podíamos más. Íbamos muy despacito porque no podíamos ni andar”.

Edad en la huida: 17 años

El recorrido: José consigue llegar a Almería con su hermano Víctor (21 años), a quien encuentra por el camino huido del frente de Alfarnate. También le acompañan todas sus hermanas: Angelita (25), Concha (23), Mari Pepa (19) y Consuelo (13), el bebé de 10 meses de Concha, el marido de ésta y el novio de Mari Pepa. El grupo se separa a medio camino y José y Víctor se quedan con Angelita y el bebé, pero ella no puede seguir y regresa con el niño a Málaga. Angelita será fusilada en marzo en el cementerio de San Rafael. José y Víctor lucharán hasta el final de la guerra en el frente republicano de Sierra Nevada.

«Yo lloraba y gritaba: ¡Mamá, mamá! Mi hermana no sabía cómo consolarme»

/ SUR

Su historia:

José Quesada Chendre es de los últimos en abandonar Málaga. A las 4.20 de la madrugada del 8 de febrero decide salir de un refugio en el paseo de los Tilos y empezar a caminar hacia Almería. “El día 7 pusieron un cañón en la zona de Teatinos. Entonces nos metimos en el refugio. Estuvimos todo el día allí y no sabíamos qué ocurría fuera. Llegaba gente a la entrada y llamaba a su familia para irse, pero no contaban nada. Ya de madrugada, llegó otra persona buscando a su familia y uno de los que estaba dentro le dijo: ‘De aquí no sale nadie hasta que no cuentes qué pasa fuera’. Entonces lo dijo: ‘Que están aquí; que los fascistas están ya aquí”.

La familia de José Chendre (su hermana Angelita -25 años-, su hermana Concha –23- con su marido Juan y su hijo de 10 meses; su hermana Mari Pepa –19- y su novio Antonio, y su hermana Consuelo –13-) gana terreno a marchas forzadas, con las tropas nacionales pisándole los talones. “Llegando a Nerja, miraba la gente para atrás y veían muchas luces. Decían: ‘Uy, qué luces vienen por ahí; ¿qué será? ¡¡Es un pueblo!!’. Pero era que venían los fachas”. Por el camino, se reencuentran con otro hermano, Víctor (21 años), miliciano en el frente republicano de Alfarnate, que huye también para no caer prisionero.

El camino se hace cada vez más tortuoso. Entre la marea de gente, se pierden sus hermanas Concha y Consuelo y sus respectivas parejas. Angelita lleva en brazos al bebé de Concha y es incapaz de proseguir. “Nos dijo que nos salváramos mi hermano Víctor y yo, y ella se quedó en una casa en Nerja. Seguí andando, cambié de idea y quise volver a recoger a mi hermana, pero ya estaban allí los italianos. En ese momento, me extravié de mi hermano. Pero al rato escucho: ‘¡¡Pepito!!! Y era mi hermano; me cogió de la mano y tiramos. Recuerdo que pasaban los camiones de italianos y que nos tirábamos en la cuneta para que no nos vieran. No sé cómo no perdí la cabeza... Yo le dije a mi hermano que se fuera, pero él no me dejó”. Angelita conseguirá regresar a Málaga, pero nada más llegar será delatada por haber sido delegada de su empresa por la CNT. El 4 de marzo de 1937 es fusilada en el cementerio de San Rafael.

Por el camino, José pierde los zapatos y apenas puede ya andar. Al llegar a Motril, su hermano le compra unas alpargatas, pero se le pegan a las heridas y cada paso se vuelve aún más insufrible. Cuando alcanzan el río Guadalfeo, ya ha pasado lo peor. “El agua iba ya baja, nosotros fuimos de los últimos en cruzar. Luego me contaron la de gente que se había ahogado allí”.

La recta de Adra se hace eterna. Ya no tienen que temerle a los barcos, pero de vez en cuando los Junkers alemanes siguen sobrevolando la caravana. “Había un autobús de línea lleno de mujeres y críos y lo bombardearon. Cuando yo pasé por allí estaba hecho polvo. Otra familia que se había metido en una vaguada, también estaba muerta”.

El sábado 13 de febrero, llegan a Almería en un camión que les recoge al ver el mal estado en el que se encuentra José. “Tenía los pies reventados. Mi hermano se fue al cuartel y a mí me dejaron en un edificio donde había una sola cama, que me dieron a mí. Me hice con una pastilla de jabón y un cubo. Calentaba el agua y metía los pies, así me los curé”. Su hermano Víctor está decidido a enviarlo a Valencia, pero José se niega. “Me dijo: ‘En un barco de estos o en un tren de esos te vas. Te vas para Valencia o donde te lleven’. Yo no, yo no, yo me voy al frente contigo y me fui voluntario con él porque yo no iba tranquilo de lo que había visto”.

Durante toda la guerra, José no llega a coger un fusil. Como jefe de transmisiones en la 54 Brigada Mixta, 213 batallón en Sierra Nevada sólo tiene un teléfono. “El 28 de marzo de 1939, a las 7.40 de la tarde, el comandante dijo que había que entregarse. Por la carretera que iba hacia la costa de Granada, por Órgiva, iba primero el comandante, dos enlaces con bandera blanca y todos los demás, detrás. Teníamos esperanza, creíamos que habían hecho un armisticio”. Un campo de concentración en Padul (Granada) es su próximo destino. Con el paso de los meses, su hermana Conchita consigue unos documentos que les da la libertad y que les permite regresar a Málaga, donde pueden rehacer su vida.  

Dolores Jiménez: "No llevábamos tres pasos andados cuando una bomba voló la casa”.

Edad en la huida: 11 años

El recorrido: Huye con su padre José, su madre Dolores y su hermano José, de dos años. En el trayecto, en un momento de confusión, el grupo de divide en dos. Su  padre y su hermano consiguen llegar a Valencia. Ella y su madre son interceptadas por las tropas nacionales en Almuñécar y deben regresar a Málaga antes de tiempo.

Dolores Jiménez salió con su hermano y su madre. Tanto el padre como el hermano se extraviaron y la madre y la hija hicieron el camino solas.

Dolores Jiménez salió con su hermano y su madre. Tanto el padre como el hermano se extraviaron y la madre y la hija hicieron el camino solas. / SUR

Su historia:

Un colchón le sirve a la familia Jiménez como improvisada maleta para ocultar todo lo que tienen de valor. El rumor en la calle es insistente. “Vinieron diciendo a mi madre y a mi padre que venían los fascistas matando a los hijos delante de los padres”. No esperan para comprobar si es verdad. Deciden llenar el colchón de alhajas y empezar a andar. Ella tiene 11 años, su hermano José, tan sólo dos. Los cuatro comienzan el recorrido, pero pronto sus destinos se separan. Su padre, José Jiménez, vendedor de pescado, es un hombre recio, acostumbrado a andar, y lleva al pequeño a hombros. “Empezó a andar y andar con el niño a cuestas y al final se perdieron”.

La pequeña Dolores se queda sola con su madre. “Por la carretera iba la gente chillando, la gente llorando, buscando a la familia. Nosotros íbamos buscando a mi padre y a mi hermano. Le preguntábamos a mucha gente que le conocían de Málaga si los habían visto..., pero nada”.

Ante los insistentes bombardeos, madre e hija deciden adentrarse campo a través. El hambre les pasa factura y provoca desvanecimientos a la joven. El cansancio también hace mella. “Mi madre iba con los pies hechos polvo, los pies iban echándole sangre”. Es entonces cuando se cobijan en una casa, atestada de refugiados. Uno de los hombres, al parecer un miliciano, decide salir del cortijo y empieza a disparar al cielo, contra los aviones que sobrevuelan la zona. “Todo el mundo empezó a gritar: ‘¿Pero qué ha hecho usted? Tuvimos que salirnos deprisa y corriendo de allí porque entonces los aviones y los barcos se dieron cuenta de que aquello estaba lleno de gente. Y fue salir, no llevábamos ni unos metros andando, cuando la casa entera cayó. Habían tirado una bomba encima”.

Sin embargo, no es el episodio que más impacta a Dolores. “Una de las veces me voy a orinar a un lado y entonces siento llorar a un niño. Miro y es una criaturita, con la madre muerta al lado, que no se me olvida que llevaba una chaqueta azulina. Me impactó mucho. Mi madre me dijo que me tranquilizara porque de esas cosas íbamos a ver uchas por el camino”.

Pasado el pueblo de Salobreña, aparecen camiones llevándose a algunos refugiados. Algunas personas le aconsejan a su madre que suba a la pequeña a uno de los vehículos, pero se niega. “Ella se opuso. Les dijo: ‘Si yo voy andando, va mi hija andando. Mi madre no se quería separar de mí”.

El recorrido de Dolores acaba antes de tiempo, en Almuñécar. Allí las tropas italianas les cortan el paso y las obligan a dar media vuelta. Su padre y su hermano sí llegan hasta Valencia, pero no volverán hasta acabada la guerra. “Mi padre no sabía ni leer ni escribir, pero nos escribió otra persona y nos dijo que estaba vivo y que el niño estaba bien”. Ella y su madre, mientras tanto, deben hacer frente a la miseria que les espera en Málaga. Su casa ha sido desvalijada y todo lo que tienen de valor quedó en aquel colchón, que dejaron tirado en el camino.

Emilio Chamizo: "Recuerdo el sufrimiento y la necesidad que pasé en la carretera"

Edad en la huida: 5 años

El recorrido: Los padres de Emilio y sus cuatro hijos salen de Ardales cuando ven que está a punto de caer el frente republicano que hay allí. Al poco tiempo de llegar a Málaga, cuando es inminente su ocupación por los nacionales, han de salir para Almería. El padre se pierde en el trayecto y la madre no consigue pasar de Motril. La familia se reencuentra, de vuelta, a la altura de Rincón de la Victoria.

Su historia:

«Yo lloraba y gritaba: ¡Mamá, mamá! Mi hermana no sabía cómo consolarme»

El frente republicano retiene a los nacionales en Ardales, donde residen José Chamizo, panadero de profesión, su mujer Rafaela, y sus cuatro hijos, Pepa (10 años), Aurora (8), Emilio (5) y Rafael (2). Preocupados por el cariz que van tomando los acontecimientos, deciden marchar para Málaga. Pronto caerá también este frente y el resto. El día 7 de febrero, las tropas nacionales e italianas están ya a las afueras de Málaga. La única salida posible es Almería.

Desde su corta edad, a Emilio le sorprende, sobre todo, la cantidad de gente que avanza por la carretera. “Iba igual que cuando va una romería. Es que no se cabía de tantísimas criaturas como íbamos andando, porque no era Málaga sola, era Málaga y la provincia la que venía”.  También recuerda los bombardeos y la angustia por buscar un refugio. “Mi padre nos metía en un agujero hasta que ya terminaba aquello, que solía ser por la noche. Caminábamos más de noche que de día”.

La sed del pequeño Emilio le lleva a separarse de sus padres cuando contempla que un grupo de personas está sacando agua de un pozo. “Mi padre vio que me despistaba y fue en mi busca. Pero yo me fui a buscar a mi madre y, entonces, ya no volvimos a ver a mi padre”. Rafaela se hace cargo, sola, de sus cuatro hijos y sigue adelante, pero no puede evitar que le embargue el temor de que su marido pueda ser alguno de los muertos que encuentra por la carretera. “Mi misma madre me decía: ‘Ay, ¿será tu padre?’ y yo levantaba la cabeza a los cadáveres para mirarles la cara”.

En Motril, les resulta ya imposible continuar. Allí han llegado las tropas italianas, que les cortan el paso. La vuelta será a pie porque no hay camiones para todos. En el camino de regreso se reencuentran con el padre, que marcha a lomos de un burro. “Nos subió a mi hermano de dos años y a mí y ya nos volvimos para Málaga”.

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