La venganza de doña Sancha de Lara: así fue la historia de amor y odio más sonada en la Málaga del siglo XVII

Alzado de la Catedral y plaza del Obispo en una litografía de Chapuy de 1850./Sur
Alzado de la Catedral y plaza del Obispo en una litografía de Chapuy de 1850. / Sur

El nombre de la aristócrata quedará para siempre ligado a la historia de la ciudad no sólo en el callejero, sino por la sangrienta leyenda que acompañada a su Casa de las Siete Cabezas -que estaba en la plaza del Obispo- y a la forma en la que resolvió la muerte de su adorado sobrino

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Convertido en una fuente inagotable de la historia de nuestro pasado, el callejero de Málaga aún esconde episodios desconocidos que aportan una dimensión diferente a esas calles una vez que conocemos el origen de sus nombres. Ocurre por ejemplo con la calle Sancha de Lara, la primera de las vías perpendiculares a la calle Larios y que recuerda a la protagonista de una de las historias de amor y odio más potentes de cuantas sucedieron en la Málaga del siglo XVII. Aunque las crónicas de la época y los escritos posteriores tienden a mezclar la leyenda con la realidad, todos los personajes y cronologías son ciertos y terminan por dibujar el perfil de esta mujer de linaje aristocrático que además de su aportación a la ciudad logró que su residencia en la plaza del Obispo, conocida como la Casa de las Siete Cabezas y que recorría todo el paño frente a la Catedral, se haya convertido en el escenario de una historia desconocida por muchos.

Porque doña Sancha de Lara y Ugarte Barrientos se convirtió en la protagonista de una venganza que implicó a su sobrino Álvaro Torres de Sandoval -su favorito, y al que quiso y crió como a un hijo-; al alcalde de la época, Pedro de Olavarría, y a la esposa de éste, Beatriz de Mungía. Los historiadores dibujan a los protagonistas con los suficientes atributos como para entender por qué el cruce de todos estos caminos acabó en una tragedia griega: el joven Álvaro (algunas crónicas lo llaman Alonso) era un muchacho bien parecido, seguro de sí mismo y centrado (casi) en exclusiva en disfrutar de los lujos que le permitía su holgada situación económica; el regidor pasó a la historia como una persona violenta, con un carácter pésimo y dispuesto a hacer valer su autoridad por encima de todo; y, en fin, la joven esposa de don Pedro era conocida en los círculos sociales de la ciudad por unos escarceos que todos parecían conocer salvo su marido y por su creciente 'interés' hacia el joven Álvaro. Así lo recoge en el libro 'Personajes de Málaga', editado por SUR hace unos años, el periodista Julián Sesmero Ruiz, quien sitúa el origen de esta historia de amor y odio en un corral de comedias cercano a la residencia de doña Sancha a mediados del siglo XVII: corría el año 1639 y la ciudad asistía a una representación teatral con fines benéficos en la cercana calle La Bolsa.

Los destinos de todos ellos terminaron de cruzarse justo ahí, cuando el joven Álvaro, que tenía uno de los asientos de preferencia, y el resto del público disfrutaban de los primeros compases de la obra: con el público ya instalado, apareció el alcalde con su esposa, una circunstancia que en aquella época obligaba al respetable a ponerse en pie de nuevo en señal de respeto no sólo a la autoridad local, sino también (y por extensión) al rey, Felipe IV. Y todos cumplieron con la exigencia salvo el sobrino de doña Sancha, a quien el alcalde exigió que inmediatamente se pusiera en pie. El enfrentamiento entre ambos quedó servido cuando Álvaro se negó a presentar sus respetos a Olavarría y la esposa de éste -dicen que despechada por el deinterés del joven- animó a su marido a que tomara medidas. El creciente murmullo de la sala hizo el resto y el alcalde decidió no dejar pasar esa afrenta, consciente del ridículo que aquello representaba y más cuando el aristócrata comenzó a hacer referencias a gritos a las infidelidades de su esposa.

El forcejeo terminó con el sobrino de doña Sancha apresado y conducido directamente a la única cárcel que en ese momento había en Málaga y que estaba en la plaza de la Constitución. La ira de Pedro Olavarría, sin embargo, no quedó en calma: muy al contrario, sometió esa noche al joven a un juicio sumarísimo y lo condenó a la horca. A la mañana siguiente, el 20 de septiembre de 1639, el cuerpo sin vida del joven se expuso a las puertas del penal y a la vista de toda la ciudad como escarmiento, generando una indignación extrema entre los nobles de la ciudad. Y por supuesto, y muy especialmente, en doña Sancha de Lara, que unas horas antes había suplicado por la vida de su adorado sobrino sin éxito y que decidió ir a pedir justicia nada menos que al rey Felipe IV.

Entrada a la calle Sancha de Lara desde Calle Larios. Fotografía de la plaza del Obispo. La casa de las Siete Cabezas recorría todo el paño frente a la catedral, que en la imagen aparece a la derecha. Uno de los relieves de la Casa de las Siete Cabezas / Sur

Sus contactos con la aristocracia de la época y sobre todo la evidencia de que el castigo había sido desproporcionado terminaron por convencer al monarca de que aquello necesitaba una respuesta ejemplar. Y la tuvo. Tanto que el rey envió en secreto a Málaga a un grupo de jueces para que investigaran el caso y rápidamente recibió la confirmación de que la historia era cierta. Sin embargo, la decisión real no sólo afectó a don Pedro Olavarría: junto con él también fueron ejecutados el escribano de la causa, el alguacil, el alcaide de la cárcel, el verdugo y su ayudante; es decir, las seis personas que habían tomado parte en el ajusticiamiento del joven Álvaro. Sólo se libró la esposa del regidor, a quienes las crónicas de la época la dieron por huída porque nunca más se supo de ella. También en ellas se hace referencia a que el rey, finalmente, mandó suspender la sentencia contra el alcalde, aunque cuando llegó la orden a Málaga éste ya había sido ejecutado y su cabeza se exhibía clavada en una pica en la misma plaza de la Constitución. Bajo ella, y según la cronología que confirma Sesmero Ruiz, un letrero en el que se leía literalmente: “Esta es la justicia que manda hacer el señor don Felipe IV (que Dios guarde) por haber abusado de la confianza que S. M. le confió”.

Confortada en su sed de venganza y justicia, doña Sancha tomó entonces una decisión que terminaría por dibujar la leyenda de su palacio, la Casa de las Siete Cabezas, ya que mandó esculpir y colocar las seis cabezas de los verdugos de su sobrino a la puerta de entrada de su palacio. La séptima cabeza en colocarse fue la de Álvaro. En este punto del relato la historia se mezcla con la leyenda, ya que se llegó a decir incluso que doña Sancha clavó literalmente en picas las cabezas de los protagonistas en el pórtico del palacio para demostrar que la justicia real había llegado a sus últimas consecuencias. En otros relatos, sin embargo, se recoge que las siete cabezas con las que se conoció popularmente a la residencia de la aristócrata estaban allí esculpidas en mármol unas décadas antes de que consumara esta tragedia y que en realidad representaban a autoridades de la época romana.

Sea como fuere, los archivos históricos de la ciudad recogen la cronología de los ajusticiamientos y el callejero de la ciudad, al fin, logró reunir aunque fuera sobre plano los destinos de tía y sobrino, ya que muy cerca de la calle Sancha de Lara existe otra pequeña vía -en este caso la que una calle La Bolsa con calle Strachan- con el nombre del joven Álvaro. Como detalle, el rótulo aparece con el nombre de Torre de Sandoval cuando en realidad debería llamarse Torres de Sandoval, aunque este asunto menor de tipografía queda sin duda sobrepasado por la historia de sus protagonistas, que tiñeron de odio y venganza la crónica sangrienta de la Málaga del siglo XVII.

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