Los 'hijos' gitanos de Manuel Agustín Heredia

Encumbrado por mérito propio como uno de los personajes más relevantes de la Málaga del siglo XIX, su biografía cuenta con un detalle que muchos desconocen: el empresario dio su apellido a sus empleados gitanos para que pudieran viajar a Inglaterra a aprender el oficio de la ferrería y aplicarlo después a su industria La Constancia

Empleados de la fábricas de Heredia/
Empleados de la fábricas de Heredia
Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

“Yo es que soy pariente de don Manuel Agustín Heredia”. La confesión, en boca de cualquier malagueño gitano con ese apellido, ha saltado de generación en generación desde el siglo XIX hasta nuestros días, y aunque pueda sonar un poco extraña por el curioso vínculo familiar que algunos calés insisten en tener con uno de los hombres de negocio más insignes que ha dado la historia de la ciudad, tiene cierta base real.

Arco de entrada de la fábrica ‘La Constancia’, construido con motivo de una visita de la reina Isabel II. Detalle de la estatua de Heredia en la avenida que lleva su nombre en Málaga. Fotografía de don Manuel Agustín Heredia / Sur

A mitad de camino entre lo exclusivamente popular y los acontecimientos históricos de la época, existe una razón documentada para que esos gitanos hayan hecho suyo el lazo con don Manuel Agustín: para conocerla, hay que remontarse al año 1833, cuando Heredia está a punto de convertirse en uno de los empresarios más importantes de España y funda en la capital la fábrica La Constancia, dedicada a la ferrería. En ella encontraron trabajo cientos de malagueños -algunas fuentes hablan de hasta 2.500 empleados-, y muchos de ellos pertenecían a la etnia gitana. Convencido de que el éxito de la fábrica pasaba por el adiestramiento de sus trabajadores en las técnicas de laminación del hierro, don Manuel Agustín se propuso enviar a Inglaterra a un grupo muy nutrido de esos empleados calés para que adquirieran esos conocimientos y posteriormente los aplicaran en La Constancia. El problema, sin embargo, es que estos carecían de papeles y por lo tanto no podían viajar, de modo que el empresario preparó a cada uno de ellos proporcionándoles su propio apellido. Así, cientos de nuevos ‘Heredia’ viajaron al extranjero para formarse asimilando el apellido del patrón y, con ese gesto, sus hijos y sus descendientes. Sea como fuere, las crónicas de la época constatan que el industrial prestó su apellido como medio de asentamiento y socialización de sus empleados gitanos necesitados de papeles. De ahí que, aún hoy, muchos digan que son ‘parientes’ de don Manuel Agustín.

Como curiosidad en este capítulo, y sin salir de ese vínculo con los gitanos, el industrial también creó en aquella época la fundición el Martinete, con muchos empleados de la comunidad calé y cuyo nombre guarda una relación singular con el mundo del flamenco: el nombre del palo ‘martinete’ –llamado precisamente así porque recuerda los golpes de fragua– viene de aquella fundición que creó Heredia.

Iniciales de Manuel A. Heredia e Isabel Livermore (escrito con la inicial Y) en la finca La Concepción, en Marbella. Restos de la antigua ferrería de Heredia en la finca La Concepción, en Marbella. Detalle del pedestal de la estatua de M. A. Heredia, dedicado al trabajo en la ferrería / Sur

Ahora bien, teniendo en cuenta que este tipo de curiosidades históricas suelen ‘adornarse’ por parte de sus protagonistas a medida que van pasando los años, tampoco puede decirse que cada Heredia malagueño tenga un vínculo más o menos lejano con el industrial. De hecho, mucho antes del siglo XIX, en el XVI, existe un documento firmado por el gitano Juan de Heredia en representación de toda su comunidad con motivo de la c elebración de la procesión del Corpus en Málaga. Es decir, tres siglos antes de que aquel gesto generoso de don Manuel Agustín permitiera a muchos gitanos tener sus papeles de la mano de su apellido, en Málaga ya había empezado a extenderse el ‘Heredia’ entre la comunidad gitana.

El primer capitalista español

Pero más allá de esta anécdota, que da la medida del carácter benefactor de este industrial imprescindible en la historia de la ciudad, la importancia de don Manuel Agustín Heredia fue muchísimo más allá. Su visión para los negocios y un espíritu emprendedor sin precedentes lo colocaron en un puñado de décadas en el olimpo de cuantos hombres de negocios había en la España de la época. Baste el detalle de que, a su muerte –en Málaga (14 de agosto de 1846) a la edad de 60 años– un periódico madrileño recogió la noticia de su fallecimiento y lo consideró el “primer capitalista español”.

Fotografía antigua del entorno en el que se ubicaban algunas de las fábricas de Heredia
Fotografía antigua del entorno en el que se ubicaban algunas de las fábricas de Heredia / Sur

La historia de éxito y superación de Manuel Agustín Heredia tuvo Málaga como escenario, pero la cuna de este industrial estuvo a cientos de kilómetros de la capital: de hecho, otra curiosidad reseñable en su biografía es que Manuel Agustín nació en Rabanera de Cameros (Logroño), el 4 de mayo de 1786, en el mismo valle y casi la misma época que otros ilustres que, como él, decidieron probar suerte -y triunfar- en Málaga: es el caso de Félix Saenz y el I Marqués de Larios (Martín), que dejaron otra importante huella en la ciudad.

Heredia, húerfano de madre y el mayor de cinco hermanos, llegó a Vélez Málaga a los 15 años, donde fue empleado en un negocio de ultramarinos y comenzó a aprender los secretos del comercio hasta el punto de que aquel establecimiento que sólo acumulada pérdidas pasó a las ganancias en apenas un año. Consciente de que aquello se le quedaba pequeño, decidió dar el salto a la capital y en la primera década del siglo XIX comenzó a fraguarse su futuro con varios negocios relacionados con los frutos secos y el vino en plena Guerra de la Independencia y con Gibraltar como punto estratégico desde donde realizar las transacciones.

Una vez asentado ese éxito, don Manuel Agustín consiguió ascender un escalón, esta vez en lo social, cuando se casó con Isabel Livermore Salas, cuñada del marqués de Salamanca e hija de otro ilustre comerciante inglés, Tomás Livermore Page. Las crónicas de la época la recuerdan como una de las más espectaculares y pomposas de cuantas bodas se celebraron ese año (1813) en la Iglesia de Santiago de la capital –128 en total según los registros históricos del templo.

Su ascenso en la industria

Durante la década posterior tuvo lugar el ascenso económico y social de Manuel Agustín Heredia. El abastecimiento a las prisiones del Norte de África, el suministro de tabaco al Estado o la incorporación a los negocios de fábrica de azúcar que comenzaban a poblar la costa malagueña fueron algunos de sus puntos de partida para dar el salto definitivo al olimpo de los negocios. Sus biógrafos, entre ellos el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Málaga, Cristóbal García Montoro, le atribuyen otros hitos como el arreglo del Camino de Antequera o la limpieza del Puerto de Málaga. En la página web del Cementerio de San Miguel, donde está enterrado Heredia, se hace también referencia a su incursión en el sector del transporte con la creación de una línea regular entre Málaga y Nueva York con barcos de su propiedad.

Sin embargo, sería en el sector industrial donde este emprendedor riojano destacaría de manera definitiva. Lo hizo primero en el sector de la siderurgia y en la zona de Marbella, donde construyó en 1826 una ferrería llamada La Concepción en Marbella, cuyos restos aún se conservan hoy y que llegó a abastecer de hierro a toda España. A su fundación se sumó en 1833 la ya mencionada La Constancia, en las playas de San Andrés de la capital, que desde mediados de los años 30 registró –junto con la industria de Marbella– una actividad imponente y que convirtió a Heredia en el primer fabricante de hierros de España. Ambos ingenios realizaban un trabajo complementario y sumamente eficaz para el negocio: en Marbella se fundía el hierro y éste se trasladaba por mar hasta Málaga y de ahí a ‘La Constancia’, donde se afinaba y se forjaba.

Su vínculo con los Larios

Pero este industrial participó en muchos otros negocios más allá de las ferrerías: además de hacer préstamos gracias a su fortuna, fue el primer accionista de las sociedades de Seguros Marítimos Unión Malagueña y de Seguros Mutuos contra Incendios, creó la Sociedad de Vapores de Málaga que cubría la línea Cádiz-Marsella, fue uno de los fundadores del Banco de Isabel II –de hecho la reina lo nombró senador pocos meses antes de morir– y contribuyó, en fin, a la creación de la Industria Malagueña, la fábrica de hilados y tejidos de algodón, lino y cáñamo que surgió de la asociación con los hermanos Pablo y Martín Larios y que dio empleo a más de 1.400 personas, en su mayoría mujeres. Sin embargo, este último proyecto no pudo verlo consumado porque abrió sus puertas en septiembre de 1847 y él había muerto un año antes.

La medida de su fortuna se conoció cuando llegó la hora de hacer testamento: él y su mujer Isabel testaron en febrero de 1846, y cuando un año más tarde se hace el inventario de los bienes a la muerte del industrial el legado es prodigioso. Los albaceas anotaron, entre otras muchas propiedades, un capital de más de 60 millones de reales, además de una imponente flota de barcos que superaba ampliamente la docena. Aquel legado material pasó a manos de sus hijos –doce en total, aunque cinco de ellos murieron durante la niñez–, y en Málaga quedó para siempre esa otra huella impagable del que para muchos fue el primer empresario moderno de su época.

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