Alameda Principal: antes todo esto era playa

Paseo de la Alameda con la fuente de Génova, hacia el año 1910./Fondo Thomas. Archivo IEFC
Paseo de la Alameda con la fuente de Génova, hacia el año 1910. / Fondo Thomas. Archivo IEFC
Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Convertida por mérito propio en una de las principales arterias de la capital y en pleno debate sobre su futura peatonalización, la historia de la Alameda Principal corre paralela a la de la propia ciudad. Puede que los más jóvenes la atesoren en sus retinas como un enorme tablero de obstáculos merced a la interminable obra del metro, pero antes de que las máquinas partieran en dos el otro corazón de la capital junto con la calle Larios, este paseo esplendoroso fue testigo del avance de Málaga en todos los órdenes, desde el social y económico al inmobiliario y cultural.

Surgida más allá de la muralla sur de la ciudad gracias al espacio ganado al mar y al aporte de arena del río Guadalmedina, la avenida reina de la ciudad -hasta la apertura de calle Larios- fue el espejo de la evolución de la ciudad, sobre todo en lo social

Porque mucho antes de todo aquello, el entorno de la Alameda fue playa. No quizás en los términos en los que la conocemos hoy, pero el espacio ganado al mar por la paulatina retirada de las aguas y el constante aporte de arena del río Guadalmedina lo convirtieron en un lugar óptimo para acometer este nuevo trazado urbano que pervive hasta nuestros días. Para conocer ese primer origen hay que remontarse a finales del siglo XVIII (1783), cuando el proyecto del ingeniero López Mercader permitió dejar atrás el arenal que se extendía fuera de la muralla sur de la ciudad. Ya antes de esta gran obra de renovación, la capital había dado un salto importante desde el punto de vista urbano cuando se sustituyó la vieja plaza mayor por un paseo moderno que se convertiría en el centro de la vida social de la época.

Vista de la glorieta del marqués de Larios y la Alameda Principal desde un balcón de la plaza de la Marina, en los años 30. : Monumento al marqués de Larios, hacia 1910. Fotografía del paseo central de la Alameda a principios del siglo XX. / Archivo IEFC./ Fondo Thomas

Según se recoge en una de las crónicas históricas de SUR sobre este enclave de referencia, en su trazado inicial la Alameda era un paseo situado fuera de esta muralla, y “limitaba al oeste con el Castillo de San Lorenzo y al este con un ángulo de la misma muralla”. Su imagen, sin embargo, no tenía nada que ver con aquella otra que comenzó a fraguarse en el siglo XIX: el paseo estaba formado sólo por una doble hilera de árboles y tenía un ensanche en la parte central; no había construcciones en sus laterales y estaba separado del mar apenas “por la zona de pescadería y por una serie de casetas de madera que vendían comestibles”.

Esas mismas crónicas históricas recuerdan como fecha de referencia el 3 de noviembre de 1785, cuando autoridades y personalidades locales se congregaron en esa playa al sur de la muralla para celebrar el nacimiento de la Alameda, que hasta la inauguración de la calle Larios (en agosto de 1891) y la construcción del Parque (en los primeros compases de 1900) sería la joya de la corona urbana de la capital. El nuevo paseo fue evolucionando con el paso de los años, al igual que lo haría su denominación en el callejero. Porque la Alameda Principal no nació como tal: según se recoge en la página especializada 'Historia de Málaga', hasta 1816 se conoció indistintamente como Paseo Nuevo o Alameda; entre 1816 y 1839 recibió la denominación de Paseo Real y durante el resto del siglo XIX se hacía referencia a ella como 'Salón de Bilbao', en homenaje a la defensa de esta ciudad “ante el asedio de los carlistas”. Una vez comenzado el siglo XX, en 1918, fue bautizada como 'Alameda Wilson' en reconocimiento al presidente de los Estados Unidos por el fin de la primera Guerra Mundial. En aquella época, además, se plantaron los ficus que hoy representan el tesoro impagable de la vía. Y de Wilson al 'Paseo de Alfonso XIII', aunque de nuevo cambió con la proclamación de la Segunda República al rceibir el nombre de 'Alameda de Pablo Iglesias'. Después, la dictadura la impuso en el callejero como 'Avenida del Generalísimo' y, al fin, la llegada de la democracia representó el bautismo de lo que hoy todos conocemos como 'Alameda Principal'.

Los edificios de las grandes familias

Pero más allá de estos cambios de denominación, el primigenio Paseo Nuevo registró un salto cualitativo cuando poco después de su inauguración se permitió el derribo de la muralla y posteriormente el Castillo de San Lorenzo. A partir de ese momento, la Alameda no hizo más que crecer y comenzaron a construirse a ambos lados los edificios señoriales que hoy conocemos y que mandaron levantar las familias más acomodadas de la ciudad para convertirlos en sus residencias, añadiendo a la calle ese 'plus social' y convirtiéndola en el escenario perfecto para presumir de la fortuna que ya había comenzado a amasar esa nueva burguesía malagueña.

Cola de taxis en la Alameda en el año 1925, cuando la vía central fue abierta al tráfico. Proyecto de peatonalización de la Alameda Principal.Vista de la Alameda Principal antes de ser cortada por las obras del metro. / Sur

Aquel cambio en el trazado permitió además la ampliación de la Alameda hacia la zona oeste y la conexión con la actual Alameda de Colón, que por entonces tampoco se conocía con ese nombre sino con el de la Alameda de los Tristes. ¿Por qué? Pues porque así la rotuló el Ayuntamiento para hacer referencia a la paz y al sosiego que reinaban en aquella vía: era un lugar apartado, próximo a la desembocadura del río Guadalmedina y por esa cercanía al puerto era muy transitada por los carros que se dirigían a esta zona. Al atardecer, sin embargo, se convertía en un lugar sombrío y solitario.

Volviendo a la Alameda, el inicio del siglo XIX comenzó a dibujarla como un centro de paso imprescindible en la ciudad: en los años 30 ya disponía de iluminación propia con farolas de aceite y en 1852 se incorpora el gas a las 52 luces del paseo. Los dos laterales tenían poca anchura en favor de una parte central mucho más espaciosa: las crónicas de la época hacen referencia a la instalación de bloques de piedra con respaldos de hierro para las clases populares (previo alquiler) y sillas y sillones con rejillas metálicas para los más pudientes. Este detalle da la medida de la importancia social que adquirió la Alameda en aquella época, hasta el punto de que muchos la consideraron un salón mundano al aire libre que contaba con árboles, fuentes, flores y estatuas; además de un pequeño teatro desmontable y un tablado en el que las bandas de música militares ofrecían conciertos dos veces por semana. Y todo ello enmarcado por las residencias de las grandes familias burguesas de la época, que posteriormente se irían desplazando hacia la zona este dejando ya los edificios dedicados a oficinas o a instituciones oficiales: los Larios, los Heredia, los Loring o los Rein compartieron en la Alameda no sólo la calle, sino que en algunos casos esa convivencia fraguaba los matrimonios entre sus miembros dando pie a auténticas alianzas empresariales. Entonces, la asistencia diaria al paseo era casi obligada para la alta sociedad: allí conversaban y las damas competían por ver quién llevaba las mejores galas. Como curiosidad, cabe recordar que en aquella época el piso aún era de tierra y las colas de los vestidos de las señoras convertían el paseo, sobre todo en los días de terral, en auténticas nubes de polvo.

Obras del metro en la Alameda Principal.
Obras del metro en la Alameda Principal. / Sur

Esas mismas crónicas históricas de SUR hablan además de una temporada muy delimitada para el paseo: normalmente se daba por inaugurada para el día del Corpus y con los primeros temporales del otoño se deba por cerrada. Además, el ritual comenzaba en torno a las ocho de la tarde y culminaba bien entrada la noche.

Los viajantes extranjeros

Los paseantes se mezclaban, además, con los viajantes extranjeros que recalaban en Málaga por negocios y que pernoctaban en los cómodos hoteles y fondas que habían comenzado a instalarse en la Alameda: allí tenían su sede los principales hoteles de la capital y los bajos de estos edificios representaron el germen de la hostelería moderna. En uno de esos establecimientos, en la Fonda de Oriente, se alojó en 1862 el mítico escritor de cuentos infantiles Hans Cristian Andersen, cuyo paso por la capital ha quedado recogido no sólo en la escultura del escritor en la plaza de la Marina y en la placa conmemorativa en la propia fonda, sino en un libro que el escritor publicó con las vivencias de su viaje por España y que muchos interpretaron como una terapia para salir de una profunda depresión. En él habla de sus impresiones sobre la Alameda: “Nuestro balcón daba a la Alameda, con sus árboles verdes, su fuente y multitud de personas paseando de acá para allá (…), disfrutábamos de la vista del Puerto y del mar. Todo el mundo parecí alegre, como si la vida mostrase sólo su lado agradable (…). En ninguna parte de España me sentí tan feliz y tan en casa como en Málaga”.

Instalados ya a principios del siglo XX y con los otros dos nuevos espacios de referencia de la ciudad (el Parque y calle Larios) evolucionando a la par que lo hacía la Alameda, los ciudadanos comenzaron a desplazarse hacia esos otros lugares, sobre todo al Paseo del Parque, que casi sustituyó a la gran avenida como lugar favorito en el que pasear y exhibirse. Además, cada vez había más vehículos en la ciudad, de modo que en 1924, con el monumento del Marqués de Larios ya instalado en el lugar que hoy conocemos, el Ayuntamiento de Málaga habilitó una rotonda a su alrededor para facilitar el tránsito de los vehículos y al año siguiente abrió al tráfico rodado la gran avenida central de la Alameda, hasta entonces sólo peatonal. Y con él, una nueva etapa que se ha mantenido hasta nuestros días pero que de nuevo aspira a recuperar parte de su esencia: que este gran bulevar -al menos una parte significativa- se gane de nuevo para el paseo. Pero en pleno siglo XXI y con su metro y todo.

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