Villafranco, hogar de los últimos colonos

La primera maestra Carmen Arévalo, con los primeros alumnos/SUR
La primera maestra Carmen Arévalo, con los primeros alumnos / SUR

La pedanía celebra el cincuenta aniversario de su creación dejando de lado la polémica por su nombre

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

La mayoría de los malagueños conoce la pedanía por lo llamativo de su nombre. De hecho, el topónimo Villafranco del Guadalhorce (700 habitantes) ha saltado varias veces al tablero de la polémica nacional por ser de los pocos que mantiene una referencia directa al dictador Francisco Franco, en contra de la Ley de Memoria Histórica. Pero más allá de las letras, la pedanía es uno de los puntos más trascendentes del valle del Guadalhorce y representa el crecimiento de esta comarca, ahora fundamental en la provincia, habiendo cambiado radicalmente desde su fundación en 1968. Este fin de semana se celebran los actos conmemorativos por el cincuenta aniversario del nacimiento de un pueblo que a día de hoy lucha por dejar atrás el debate sobre cómo debe llamarse, con un posible cambio de nomenclatura en el aire.

Existen pocas referencias históricas sobre el nacimiento de la pedanía, que depende del Ayuntamiento de Alhaurín el Grande. Su creación está registrada como obra del Instituto Nacional de Colonización. Esta entidad, fundada por Franco al terminar la Guerra Civil, buscaba la conversión de terrenos de secano poco rentables en extensiones de regadío con los que aumentar el tejido productivo en diferentes puntos del país. Andalucía y Extremadura concentraron la mayor parte de las medidas, donde se instalaron acequias y se desarrollaron algunas infraestructuras hidráulicas. Sus políticas estuvieron marcadas por la Ley de Bases de Colonización de Grandes Zonas Regables, promulgada en 1939 y por la ley del 25 de noviembre de 1940 sobre la Colonización de Interés Local, por lo que el proceso estaba basado en 'poblar' las zonas que se querían transformar mediante colonos: familias que buscaban emprender un nuevo camino (que a menudo camuflaba una segunda oportunidad) y empezaban de cero. Así nació Villafranco del Guadalhorce, un pueblo que se instaló en un punto estratégico para el que se creó una red hídrica que aún perdura y define la imagen de la localidad.

Las calles se llenan de actos conmemorativos protagonizados por dos proyectos de investigación que profundizan en su historia

Más allá de esa información, apenas nada hay escrito sobre el origen de la pedanía. Carmen Brescia, la concejala encargada de atender a la localidad, explica que hasta la fecha hay «muy poca información» en torno a cómo nació, y que la historia está «en los testimonios de los colonos que aún viven». Por ello, con motivo de este cincuenta aniversario se han desarrollado varios trabajos de corte histórico que han sido expuestos a lo largo del fin de semana.

El periodista e investigador Bonifacio González, hijo de Fernando González y miembro de una de las primeras familias de la pedanía, ha desarrollado un estudio completo con el que conectar los puntos de la línea temporal de Villafranco. Los resultados de su trabajo fueron expuestos el pasado viernes, al igual que el proyecto que Rocío Benítez, también hija de la pedanía, un libro en el que los alumnos del colegio pedáneo Carmen Arévalo han entrevistado a seis de los primeros colonos. Juntos han aportado los primeros trazos de luz a la corta pero intensa historia de su localidad.

Fases de construcción de la pedanía. Abajo, primer festejo en 1968 / SUR

González explica que Villafranco del Guadalhorce se construyó en dos fases, una primera de viviendas (todas de gran tamaño equipadas con patio) y una segunda, en 1970, con equipamiento agrícola. Antonio 'el Mayoral', primer colono conocido, sorteó las viviendas metiendo papeletas en su sombrero. A mediados de los setenta la agricultura había quedado en segundo plano y los colonos se lanzaron a la construcción y al turismo como principal sustento para exprimir el boom de la costa del sol. A día de hoy la mayoría de los habitantes de la pedanía siguen vinculados a ambos sectores y el trabajo en el campo es una actividad residual.

Benítez ha sentado en la misma habitación a los primeros colonos (que ahora tienen entre 86 y 93 años) junto a los niños que hoy dan vida al colegio de la localidad –que lleva el nombre de su primera maestra–. «Algunos vivían en unas condiciones pésimas, en cabañas sin electricidad;llegar a Villafranco del Guadalhorce fue empezar una vida que sonaba a lujo», explica. Sin embargo, para otros colonos el cambio no fue tan celebrado. «Algunos llevaban una buena vida y se encontraron en una localidad con gente a la que no conocían de nada y con la que tenían que convivir». Los primeros años fueron duros: absolutos desconocidos de localidades dispares (la mayoría de Coín, Alhaurín el Grande, Cártama y Alhaurín de la Torre) compartieron de cero un núcleo urbano en el que había muchos problemas con la red eléctrica y el abastecimiento de agua. «Consiguieron que la localidad echase a andar porque decidieron unirse frente al abandono, crearon asociaciones, sindicatos y pelearon por lo que era suyo», añade González.

El ejemplo de esta unión se ve reflejado cada año en la romería de Villafranco del Guadalhorce, que se celebra el uno de mayo. González y Benítez explican que el párroco Rafael García Navarro, propuso a sus vecinos tras una reunión de la división sindical local de la Unión de Agricultores y Ganaderos de Andalucía, celebrar el día del trabajador en Río Grande en vez de en la manifestación de la capital. En abril de 1978 inició una tradición que a día de hoy sigue siendo el símbolo de un pueblo que dio vida a un puñado de casas y mira al futuro, como siempre, de espaldas a la polémica por su nombre.

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