Isla de Zinga: empezar de cero en el cuarto mundo

Manuel Luque, con un grupo de niños de la isla de Zinga, donde su ONG trabaja desde hace cuatro años. /SUR
Manuel Luque, con un grupo de niños de la isla de Zinga, donde su ONG trabaja desde hace cuatro años. / SUR

El enfermero malagueño Manuel Luque puso en marcha hace ocho años la ONG World Proyect, que ha logrado devolver en sólo cuatro parte de la esperanza en una de las poblaciones más castigadas de Uganda

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Cuando Manuel Luque echa la vista atrás y hace un repaso por el latido cotidiano de la «pequeña burbuja» que han conseguido levantar en la isla de Zinga, en el corazón del Lago Victoria y una de las zonas más humildes de la ya de por sí castigada Uganda, le parece que hayan pasado ya por él dos vidas enteras. Y eso que World Proyect, la ONG que creó casi a pulmón para canalizar las ganas de ayudar que alimenta desde siempre, tiene apenas ocho años, los últimos cuatro en el país africano.

En este tiempo, este enfermero malagueño que ejerce en Las Palmas pero nacido en la Carretera de Cádiz, educado en el colegio León XIII y formado en la Universidad de Huelva, ha conseguido encontrar su lugar en el mundo. Al menos por ahora, ya que ese impulso solidario le llevó en el año 2010 al norte de la India a ayudar a los refugiados tibetanos y a colaborar sobre el terreno formando a profesionales sanitarios; pero sobre todo a darse cuenta de que «si realmente quieres ayudar, tienes que hacerlo por ti mismo». Un par de experiencias previas con otras ONG le llevaron a descubrir que, a veces, «el negocio de algunas» terminaba por ahogar esa vocación innata de darse a los demás. Así que en 2012 se fue de vacaciones «de mochileo» con un grupo de amigos a Kenia, Tanzania y Uganda, y allí, en la tercera parada, supo que quería continuar con lo que había comenzado en la India. En sus planes sólo estaban la formación, la optimización de los medios con los que ya contaban y la captación de recursos, pero cuando conoció a Dianah en un orfanato de la ciudad de Entebbe todo cambió.

Cómo ayudar

Más información.
En la web www.worldprojectong.com y para donaciones en la cuenta de Triodos Bank ES40 1491 0001 2230 0010 0211.

Esta enfermera ugandesa, «una mujer muy peculiar», princesa de uno de los clanes más importantes del país africano y una auténtica referencia en su comunidad por el trabajo en favor de los demás, le habló de la isla de Zinga, un trozo de tierra habitado por cerca de 25.000 personas que «representa no el tercer mundo, sino el cuarto», lamenta Manu echando mano de esa escala compartida que mide la miseria de millones de seres humanos. «Allí el 33% de la población tiene el VIH, los abusos sexuales a mujeres y niños son habituales y los hombres, si están vivos, se dedican a la pesca y están ausentes de sus casas. Muchos de ellos, además, beben; y hay un montón de huérfanos», añade el malagueño para terminar de dibujar el panorama desolador que encontró a su llegada.

Una clínica y una escuela

En este escenario, Manu tardó poco en descubrir que los pasos que había dado en la India se quedaban «muy cortos, porque allí lo que hacía falta eran hasta labores de construcción. Empezar desde cero; una locura en la que no teníamos previsto embarcarnos». Pero lo hizo con la ayuda de Dianah y en colaboración con la ONG local Islan Mission Uganda, que no tiene los medios pero sí las ganas. También en World Proyect empezaron desde abajo: los primeros 500 euros que comenzaron a llegar de media en los primeros meses sirvieron para levantar el primer módulo de la que hoy es una clínica de referencia en la zona.

Ya funcionan una clínica, una escuela, dormitorios y un pequeño laboratorio. «Aquí todo es una proeza», dice la bióloga Eva López, también malagueña y voluntaria en la zona

El segundo, en 2015, fue posible gracias a un convenio con la Universidad de Las Palmas y al esfuerzo colectivo de un grupo de estudiantes de arquitectura canarios, que trabajaron mano a mano con otros estudiantes ugandeses con la misma formación. La maltrecha escuela también fue reconstruida con una estructura simple que ha ido fortaleciéndose y que hoy da cobijo y estudios «a unos 160 niños», dice Manu desde el otro lado del teléfono sin disimular el orgullo de ese trabajo en equipo y confirmando que, a día de hoy, los cerca de 1.000 euros que recauda su ONG al mes sirven entre otras cosas para pagar el sueldo a una docena de personas, como maestros y sanitarios de la zona, que se encargan de cumplir con ese pequeño milagro que representa el darle la vuelta a una comunidad sin esperanza.

Para lograrlo, asumen que la educación es una de las herramientas más poderosas, aunque en aquella parte del mundo algo tan sencillo como llegar a la escuela es un reto. «Muchos de los niños son de otras poblaciones, así que tuvimos que poner en marcha unos dormitorios para garantizarles no sólo que vinieran, sino para evitarles los peligros del trayecto», confirma Manu, con el desgarrador recuerdo aún fresco de una niña de cuatro años que fue violada en el solitario viaje de la escuela a su casa.

«Todos los niños tienen una historia detrás. Muchos de ellos no tienen más familia que los quiera y que los cuide que Dianah». Quien habla ahora es Eva López, bióloga y también malagueña que en las últimas seis semanas ha dado lo mejor de sí poniendo en marcha un pequeño laboratorio como complemento a la clínica. Como Manu, también ella es veterana en el trabajo a pie de miseria, pero Zinga la ha atrapado y ya cuenta los meses para regresar y seguir alimentando el proyecto: «Más que una base hemos puesto una pequeña piedra, pero eso no habría podido suceder si no llega a ser por la generosidad de todos los que donaron material, incluyendo un microscopio, también malagueño, que ha sido el protagonista de mis alegrías y mis penas», bromea Eva al referirse al rosario de contratiempos al que se enfrentan en un lugar donde no hay agua corriente y donde la electricidad casi es un lujo.

Eva López ha estado seis semanas sobre el terreno poniendo la base de un laboratorio. Manuel Luque conversa con dos mujeres en la clínica. Muchos de los niños de Zinga son huérfanos. / SUR

«El enchufe para el microscopio tenía que ir con energía solar», añade la bióloga, cuyo trabajo no sólo se ha centrado en la puesta en marcha de medios, sino en todo lo relacionado con los protocolos para manejar muestras biológicas, gestión de residuos, normas de uso del laboratorio... «Todo lo que aquí se asume como evidente allí se convierte en una pequeña proeza», explica Eva.

Con el reto futuro de poder desplazar el laboratorio a un espacio mayor una vez que consigan ampliar la clínica, tanto Manu como Eva y el resto de personal voluntario que regala su tiempo y experiencia en Zinga están convencidos de que lo más importante de su trabajo está en dar a la población local las herramientas necesarias para que sean ellos mismos los que construyan su futuro sin tener que depender de la ayuda externa. Así World Proyect puede centrarse en otras zonas del planeta. «Aquí todo el mundo da en la medida de sus posibilidades», constata Manu: «Los que pueden pagar la tasa simbólica de la escuela o la clínica lo hacen, y el que no tenga recursos lo paga en especie, con su trabajo». De esa forma de funcionar han surgido precisamente dos iniciativas para que la comunidad pueda empezar a lograr recursos propios: son dos barcas que facilitarán, respectivamente, las labores de pesca y de transporte en el Lago Victoria. La primera se llama 'Chanquete' en honor al inolvidable protagonista de 'Verano Azul' y la segunda 'Boquerón', para recordar las raíces malagueñas de este proyecto que encontró su (otro) lugar en el mundo.

El proyecto educativo atiende a 160 niños. La barca 'Chanquete', construida para pescar en el lago. Un voluntario local, trabajando en la barca 'Boquerón'. / SUR