Historia de la Semana Santa

Animales terrestres en el patrimonio de la Semana Santa de Málaga

Jesús a su Entrada en Jerusalén a lomos de un burro. /Salvador Salas
Jesús a su Entrada en Jerusalén a lomos de un burro. / Salvador Salas

Diferentes obras artísticas de las cofradías están llenas de criaturas terrestres que aluden a un simbolismo para cada caso

RAFAEL RODRÍGUEZ

En el amplio abanico de los animales terrestres en el patrimonio de las cofradías malagueñas es el asno el 'personaje' con mayor popularidad de la Semana Santa. Su simbolismo en el pasaje de la entrada en Jerusalén no sólo viene avalada por la profecía contenida en el Antiguo Testamento que anunciaba, «he aquí que viene tu rey (…), montado en un asno, en un pollino hijo de asna» (Zacarías, 9, 9), sino por su identificación con la humildad. Por eso, el Rey de los Cielos lo escoge como el más sencillo de los escabeles. En el caso del grupo escultórico conocido como La Pollinica, Jesús entra en la ciudad santa a horcajadas de una borriquita, que cabalga junto a un pollino, en clara alusión al evangelio de San Mateo (21, 1-11), donde se interpreta una profecía mal comprendida de Zacarías, que dice que los discípulos llevaron al Mesías «una borrica y con ella el pollino, aunque una montura bastara». Ambos jumentos se deben a las gubias del cordobés Antonio Castillo Ariza (1949), si bien el pequeño borrico fue remodelado por José Antonio Navarro Arteaga (1989-1990) para adaptarlo al nuevo cuerpo del Señor, mientras que el cordobés Antonio Bernal reparó en 2017 esta escultura del animal en lo referente a su policromía y a algunas partes de la base y las patas traseras, que se encontraban dañadas.

Trono del Cristo de la Redención.
Trono del Cristo de la Redención.

Este momento narrativo de la Entrada en Jerusalén también aparece en forma de relieves para cartelas o capillas, incluidos en algunos cajillos de trono, como así ocurre en la Salutación, de José Dueñas Rosales (1991), Rescate, de Francisco Buiza Fernández (1975), el Nazareno de los Pasos en el Monte Calvario, de Manuel Carmona Martínez (1992), o la Soledad de San Pablo, de Orfebrería Angulo (1958), entre otros.

En la escenificación de la Huída a Egipto, extendida en varios tronos, caso del de la Virgen del Amor Doloroso, del orfebre Manuel de los Ríos (1991) y de la titular de la Archicofradía de la Expiración, de Manuel Seco Velasco (1950), también se deja ver un burro.

Un animal que no pasa desapercibido en Málaga es el caballo de Gayo Casio, Longinos, de la Archicofradía de la Sangre, obra de Rafael Ruiz Liébana (1995), cuya aparición sirve para representar el momento del traspaso del costado del Redentor por el lancero. Pura licencia artística, ya que los evangelistas no hablan de ninguna montura en esta escena. Por eso, la Cofradía de la Lanzada, de Granada, coloca a pie al centurión, lo que evidentemente resulta mucho menos espectacular. En el magnífico trono del Cristo de la Redención, de la Archicofradía de los Dolores de San Juan, junto a los hachones, figurarán los cuatro jinetes del Apocalipsis –guerra, peste, hambre y muerte–, vencidos por la luz de la fe, obra del escultor José María Ruiz Montes.

El unicornio, por su parte, una criatura mitológica representada como un caballo blanco con patas de antílope y un cuerno en su frente, se ubica en una de las cartelas de esmalte del lateral izquierdo del trono del Descendimiento, de los talleres Granda (1997) y diseño de Juan Antonio Sánchez López, ratificando la idea de triunfo, honor y gloria de Cristo.

Caracol en la corona de espinas del Cristo de la Agonía.
Caracol en la corona de espinas del Cristo de la Agonía.

Otros ejemplos de criaturas terrestres en las artes suntuarias son el camello, en cartelas como la Adoración de los Reyes del trono del Cristo de la Agonía, de Carlos Valle Hernández (1993-1995), las ovejas de la cartela de la Natividad que figuran en las andas procesionales de la Virgen del Rocío, de Orfebrería Villarreal (1967) policromadas por Juan Manuel García Palomo (2008), o el borrego de la escenificación de la Divina Pastora, incluido en una cartela del trono de la Virgen del Gran Perdón, labrado por Orfebrería Villarreal (1975) y en el propio guión del Prendimiento, bordado por Salvador Oliver (1998) bajo el diseño de Eloy Téllez Carrión. Todos ellos, en la mayoría de los ejemplos expuestos, se hallan incluidos como parte de la recreación de las diversas escenas. Sólo en el caso que alude a la Divina Pastora, el borrego se convierte en trasunto del creyente que forma parte del rebaño que Cristo y María cuidan como auténticos rabadanes.

El cordero pertenece al género de las ovejas, pero de menos de un año de edad. Ya en tiempos del Barroco aparecía este animal en la antigua Cofradía de la Sagrada Cena, filial de la Pura y Limpia Concepción, con procesión en el Miércoles Santo. Este momento iconográfico atendía a la circunstancia de ser aquel la vianda principal de la llamada 'Cena legal' o Pascua judía, por instaurarse su celebración a partir del hecho de la liberación de Egipto, escenografía afín al gusto popular de la época. La representación tiene lugar con anterioridad al lavatorio, secuencia conexa a la Cena y que sirve de preludio al anuncio de la traición (Santa Cena histórica) y a la comunión de los Apóstoles (Santa Cena sacramental), como bien apunta San Juan en su Evangelio. La composición narrativa comienza en la tarde del Seder, la jornada más solemne del año para los judíos. Bajo un perfecto orden y reunidos alrededor de la mesa, se saca una vajilla especial y se sirve carne de cordero, pan ácimo sin levadura, dado que no daba tiempo a que fermentara cuando iban a huir de Egipto, raíces amargas y copas de vino. En resumidas cuentas, es el memorial simbólico del éxodo de Egipto.

Este episodio de la Pascua judía siguió escenificándose en el grupo escultórico que tallara Pío Mollar entre 1924 y 1925, destruido en un incendio fortuito originado en 1969 en la capilla de la Estación. Curiosamente, el cordero que presidía cada año la mesa del trono era regalado a un comedor social, una vez concluida la procesión, como así ocurre en otras localidades, caso de Cartagena. Hoy día el actual conjunto de Luis Álvarez Duarte lo conforman Jesús y los doces apóstoles, alrededor de una mesa rectangular montada con varias piezas de pan, frutas, platos y vasijas para beber vino, amén del cáliz que, primitivamente, portada el Señor en su mano izquierda. Suprimido el cordero en el trono de la Sagrada Cena, éste aparece, con significación diferente, en los banderines sacramentales de la Archicofradía de los Dolores de San Juan, ejecutado por Orfebrería Villarreal (1983), según diseño de Jesús Castellanos, y del Monte Calvario, concebido con bordados antiguos procedentes de una capa pluvial, restaurados por Fernández y Enríquez, en el estandarte sacramental de Viñeros, con traza de Eloy Téllez y bordados de Juan Rosén (2005), y en la túnica del Nazareno de los Pasos, de Fernández y Enríquez (2000) y Téllez Carrión. Este animal, que también se aprecia en una de las cartelas del trono del Yacente de la Paz y la Unidad (Monte Calvario) que alude a la Última Cena, está representado en todos estos ejemplos y otros tantos como imagen del mismo Cristo, según lo señaló el San Juan Bautista, cuando dijo: «He aquí el cordero de Dios» (San Juan, 1, 36).

El hecho de que aparezca recostado sobre un volumen del que penden plomos, se debe a la revelación del Apocalipsis, que muestra al Redentor como víctima inmolada por los pecados de la humanidad, a la vez que como juez supremo que impartirá sentencia en su segunda venida, lo que queda gráficamente representado por el citado libro de los siete sellos (Apocalipsis, 5, 1). Este cordero apocalíptico forma también parte de la lectura del citado trono del Descendimiento, mientras que el cuerpo inferior del catafalco del Santo Sepulcro presenta una variante veterotestamentaria al reproducirse el episodio del sacrificio por parte de Abrahán, del carnero ofrendado en sustitución de su hijo Isaac. Esta escena fue elaborada por los talleres Granda (1927).

Cordero en la tuìnica bordada del Nazareno de los Pasos de la Cofradía del Rocío.
Cordero en la tuìnica bordada del Nazareno de los Pasos de la Cofradía del Rocío.

La presencia de leones en el patrimonio cofrade malagueño también es un hecho más que evidente. El simbolismo de este felino es, en esta ocasión, de matiz benevolente, ya que viene a significar al Señor, que queda equiparado al rey de los animales por una compleja red de mitos medievales que explicaban algunos hábitos de su vida, aplicándolos a misterios como el de la Encarnación o la Resurrección. Aparecen leones coronados adornando el remate superior de cada barra de palio del trono de la Virgen de los Dolores de San Juan, inspirados en los que ornamentan la balaustrada de la escalinata que da acceso a la puerta principal de la Catedral. Aluden la Realeza de María. El diseño de la crestería se debe a Antonio Joaquín Dubé de Luque, confeccionada en alpaca plateada en los talleres de Orfebrería Villarreal (1983-1985). Según advierte el bestiario medieval, el león significa el Hijo de la Virgen María. Representado sobre esmalte, aparece en el trono del Descendimiento, mientras que varias cabezas leoninas descansan a los pies de los hachones del trono del Santo Sepulcro, de Granda (1943). Asimismo, este felino se identifica con el evangelista San Mateo. En consecuencia, aparece, en la mayoría de las esculturas alusivas a este personaje hagiográfico, caso de la miniatura del trono de la Virgen de la Concepción, de Guzmán Bejarano (1988) o el tallado por Navarro Arteaga (1996-1997) para el Cristo de la Agonía y en el apóstol de una de las esquinas del trono de Azotes y Columna, obra de Suso de Marcos (1990-1991), que incluye el animal como atributo representativo del personaje en cuestión.

Cristo de la Sangre con Longinos a caballo.
Cristo de la Sangre con Longinos a caballo. / SUR

Lo mismo ocurre con el buey o el toro, que se convierte en atributo identificador del apóstol San Lucas, tanto por el hecho de ser la res por excelencia para los sacrificios –lo que concuerda con el mensaje primordial de este evangelista que insiste en el sacerdocio del Señor–, como porque, en griego, el hombre de este herbívoro se corresponde con la primera de las letras de su alfabeto, lo que recordaría cómo Jesús es el alfa, o sea, el principio de todas las cosas.

Un animal mitológico muy extendido en las artes suntuarias es el dragón, gracias, fundamentalmente, a la traza del proyectista cofrade Juan Bautista Casielles del Nido, quien lo adoptó como sello característico de sus obras. Entre sus ejemplos más significativos destaca la triada de dragones heráldicos que se apoyan en el basamento de los arbotantes del trono del Prendimiento, ejecutado por Orfebrería Villarreal (1965). Del orfebre Manuel Seco Velasco (1946) son los faroles de las andas procesionales de la Pasión, inspirados en los broncíneos de la plaza Nueva de Sevilla, y donde se incorporan dragones en su base. Este animal posee las características de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. Así, simboliza la luz y la oscuridad, el sol y la luna, la unidad subyacente de las fuerzas opuestas.

En la testa del Cristo de la Agonía llama poderosamente la atención el grueso casco de la corona de espinas, en forma de serpiente, y la inclusión de un caracol, motivos altamente simbólicos que nos remiten, en el primero de los casos, a los pecados de los hombres por los cuales Cristo padeció y fue crucificado, así como lo lento y prolongado de tales sufrimientos. En el trono del Santo Sepulcro se exhibe una serpiente de bronce sanadora del desierto, a la que ya aludimos en la introducción.

Menos frecuente se hace la participación de lagartijas, ciervos, cabras, monos y elefantes. La primera, que podría simbolizar la resistencia, aparece en la roca que sirve de peana a Jesús de la Humildad y Paciencia, gubiado por Manuel Ramos Corona (2007-2008), de la parroquia de San Vicente de Paúl.

En el rico programa iconográfico del trono del Descendimiento hallamos un esmalte donde aparece el ciervo. Esta imagen simboliza el carácter purificador.

Por último, la cabra, el mono y el elefante forman parte de las sobresalientes andas procesionales del Cristo de la Expiración, de los talleres Granda (1941-1944). Estos animales aparecen montados por tres figuras encapuchadas, que representan el mundo, el demonio y la carne.