La gastronomía de Picasso

La gastronomía de Picasso

El pintor malagueño no era famoso por su calidad de gourmet y bebedor, más bien todo lo contrario, pero viajó por Europa, expuso en Estados Unidos y pudo probar alguno de los platos tradicionales de cada región

GUÍA REPSOL

Cuando hablamos de Pablo Picasso y lo relacionamos con la gastronomía, pocos pensarán en grandes comidas. El pintor malagueño no era famoso por su calidad de gourmet y bebedor, más bien todo lo contrario, pero viajó por Europa, expuso en Estados Unidos y pudo probar alguno de los platos tradicionales de cada región. Quizás su única incursión en el mundo culinario fue su serie de cerámicas, que incluyen platos, cuencos y jarras, y la fotografía que Robert Doisneau le realizo, Picasso y los panes de Villauris (1952), donde sus dedos eran pequeñas baguettes.

Vamos a recorrer su vida a través de la tradición culinaria, desde su ciudad natal hasta el pueblo cercano a Cannes donde murió, pues prometió no regresar a España hasta que cayera el régimen y sucedió dos años después de su fallecimiento.

Nació en Málaga, ciudad de gazpachuelos, vinos dulces de Moscatel y Pedro Ximénez, pero también de pescaíto frito, sobre todo de boquerones.

Cuando contaba con apenas una década de edad se mudó junto a sus familia a A Coruña, donde su padre obtuvo una plaza como profesor de arte. Allí tomaría mejillones de sus rías, los mejores, o pulpos cocidos con patata y pimentón, un arte que solo las verdaderas pulpeiras conocen.

Entrado en la adolescencia, su padre vuelve a recibir una oferta de trabajo que implica hacer las maletas de nuevo, esta vez para irse a vivir a Barcelona. El joven Pablo ya tiene claro que quiere dedicarse a la pintura y un año más tarde instala su taller en la calle de la Plata, un callejón del gótico muy cercano a la calle de Avinyó. Curiosamente, ese era el nombre del famoso cuadro, Las señoritas de Avignon (1907), que hoy pende de las paredes del MoMA y que retrataba a las trabajadoras de un prostíbulo barcelonés y no de la ciudad del oriente francés. Allí pudo probar sus recetas de mar y montaña, la más popular la de albóndigas con sepia, y alguno de los cavas que ya entonces se elaboraban en la región.

A principios del siglo XX visitó habitualmente Madrid, donde editó junto al artista multidisciplinar Max Jacob la revista Arte Joven. Dado el carácter popular del pintor, no es de extrañar que tomara los entresijos y gallinejas de cordero tan populares en la capital.

En 1904 se traslada a París, cuna de la alta cocina francesa, donde se han reunido los grandes restauradores galos consiguiendo una verdadera revolución gastronómica. Picasso, que no era lo que se dice un gourmand, disfrutaría de sus pequeñas creperías, baratas y con todo tipo de ingredientes dulces y salados. Aún hoy están abiertas hasta altas horas para quienes gusten de trasnochar.

Desde la Ciudad de la Luz organizó exposiciones en Nueva York y Múnich. La primera era en esa época una ciudad cervecera, con grandes fábricas esparcidas por el barrio de Brooklyn que tuvieron que cerrar con la imposición de la Ley Seca y que ahora vuelven a la vida gracias a la gentrificación de zonas como Williamsburg. También Nueva York era lugar para tomar el pastrami, carne de ternera en salmuera que introdujeron los emigrantes judíos, más de un millón, que se asentaron en el Lower East Side con el cambio de siglo. Múnich era, y sigue siendo, la capital de la cerveza bávara, rubia y con mucho cuerpo. Y también de los codillos y del leberkäse, un pastel de carne e hígado que se consume como embutido.

Sus cuadros también llegaron a Londres, ciudad ahora de mezcolanza culinaria dadas sus comunidades étnicas, pero entonces popular por sus pasteles de carne y riñones. Picasso, que comía poco, también puede que disfrutara con sus Yorkshire puddings, unas pequeñas tartaletas de hojaldre que, más que un plato en sí mismo, sirven como acompañante de otras recetas.

Antes del estallido de la Guerra Civil Española, Picasso suele pasar sus vacaciones entre la costa malagueña y la de Cadaqués. Josep Plá, escritor que como Dalí también pasó en la segunda largos periodos de su vida, aseguraba que existía un producto por temporada: en invierno los grotes (erizos de mar), en primavera los mejillones de roca, en verano la langosta y el bogavante, y en otoño el vino.

Llegó la Guerra, y con ella el exilio casi permanente del pintor. Desde su reclusión en Royan, cerca de Burdeos, pintó el Guernika (1937), pueblo famoso por sus pimientos y sus alubias y lugar de reunión cada lunes de productores de la zona. Royan sin embargo cuenta con productos marinos como las anguilas, las lampreas o las ostras, conocidas estas últimas desde la Edad Media y que ahora se cultivan y se cocinan al horno con pequeñas lascas de foie-gras.

Acabada una contienda le toca vivir de cerca otra, la II Guerra Mundial, en la que se alistan dos de sus mejores amigos, el cubista Georges Braque y el poeta Apollinaire. Decide entonces mudarse a Villauris, un municipio cercano a Cannes. Allí inicia su actividad como ceramista y pinta el imponente mural La caída del Ícaro que, desde 1958, expone la sede parisina de la UNESCO. Cannes, y toda la Provenza, es el lugar donde comenzó a prepararse la bullabesa un guiso de pescado con los descartes y la ratatouille, muy parecida a nuestro pisto.

Poco más se mudó el que fuera primer pintor vivo en exponer en el Louvre, en 1971. Murió en Mougins en la primavera de 1973, habiéndose convertido en el gran exponente del cubismo en el mundo, pero con una extensa obra que, hasta el día de hoy, sigue siendo referente de la vanguardia artística española e internacional.

Fuente: Guía Repsol