DEL VELO AL BIKINI

CATALINA URBANEJA ORTIZ

A excepción del movimiento sufragista, a mi parecer hay dos hitos en la historia de la mujer que marcaron una época, ya que rompieron los rígidos y absurdos patrones sociales que las tenían constreñidas. Estos hitos, el bikini y la minifalda, considerados los símbolos de liberalización y rebeldía, despuntaron en la década de los sesenta del siglo precedente con un avance imparable.

Estas prendas femeninas, si bien fueron denostadas desde el principio, calaron en la población y consiguieron derribar los sólidos muros que sustentaban la moral del régimen franquista, fuertemente anclada sobre unos pilares construidos a fuerza de rigor y adoctrinamiento. Quizás a los más jóvenes, acostumbrados a la libertad que hoy disfrutamos, este planteamiento les parezca de ciencia ficción, no obstante, estos arcaicos y trasnochados principios, constituyeron el modus vivendi de los que vivimos los estertores de la dictadura. La juventud fue la más afectada por esos proyectos, pues asistía impotente a la evolución del otro lado de los Pirineos mientras que en el suelo patrio se continuaba impartiendo la catequesis cotidiana, con especial hincapié en el decoroso comportamiento de las muchachas. Ya lo decía el refrán: «El buen paño en el arca se vende».

Mis reflexiones vienen motivadas por la lectura de un excelente estudio que bajo el título «Mujer, moral y franquismo. Del velo al bikini», presentó el viernes pasado la doctora en Historia Lucía Prieto Borrego. Un libro recomendable por su interés, sobre todo su segunda parte, centrada en analizar el progresivo deterioro de la mujer que, desde la posguerra y hasta bien entrada la década de los setenta, sufrió la rigidez de las políticas sociales y sus proyectos de reeducación para convertirla en suministradora de hijos para la Patria.

Apenas finalizada la contienda, cuando la mujer debería asumir el rol protagonista que paliara la ausencia de los desaparecidos, modelaron su futuro la miseria, el hambre y la falta de oportunidades. En consecuencia, se incrementó la prostitución, el concubinato, la mendicidad e incluso la corrupción de menores en el servicio doméstico, única salida para muchas jóvenes, explotadas por las amas de casa y obligadas a soportar los abusos de sus patrones.

Mediante la creación del Patronato de Protección a la Mujer, «un molde donde habrían de fundirse una nueva materia moral que cristalizaría en un modelo del que imitar conductas sin manchas», el gobierno proyectó un instrumento de control social que sería adoptado por las familias obsesionadas por evitar la deshonra de sus hijas. Para ello, las depositaban en centros de enclaustramiento custodiados y dirigidos por religiosas que modelaban sus conductas. Con esta iniciativa se produce un cambio drástico en las mentalidades que, desde el progresismo republicano, retrocederán a la España más ancestral.

«La observación de la vida privada no era sino un aspecto del proyecto moralizador», dice Prieto, pues, además, se pretendía controlar la vestimenta en la calle, como hizo el obispo Herrera Oria, involucrado personalmente en una campaña para evitar la indecencia en las playas. «Las normas que cada verano había de observarse en las playas malagueñas», si bien fueron dictadas por el Gobierno Civil, provenían de la Iglesia y sus ministros que controlaban los aspectos más variopintos de la sociedad, como el obligatorio velo y el veto a la ropa de tirantes para entrar en los templos, o la censura sobre determinadas películas.

El cambio social experimentado en España con la incorporación de la mujer al mundo laboral, no resultó suficiente para que se abolieran determinadas normas. El efecto fue contrapuesto al modificarse en 1970, la ley de Vagos y Maleantes que amplió sus antiguas competencias y la nómina de profesiones o tendencias peligrosas. El progreso, una apertura más aparente que real, llegó con el turismo, aunque ya el terreno estaba preparado para que los españoles cambiaran muchas de sus costumbres. La mujer empezó a introducirse en la modernidad actualizando su vestimenta y asistiendo a las discotecas que se iban creando. Al mito de Torremolinos y sus bañistas nórdicas, siguió muy pronto Marbella, cuyas calles se vieron transitadas por exóticas rubias que despertaban general admiración y estupor.

Fueron ellas las que sustituyeron el clásico traje de baño por el bikini; ellas también las que demostraron que existían otras formas de vida, que no todo se basaba en la buena fama, sino en actuar de acuerdo con unos principios muy distintos a los nuestros. Y esa tímida mutación se puso en marcha en un proceso que, junto a la independencia derivada de un salario propio, consiguió avanzar pese a las férreas disposiciones que el agonizante régimen trataba de mantener y que contaban con la complicidad de muchas mujeres, temerosas de que las nuevas tendencias acabaran con esa moralidad que durante cuarenta años había sido el sustento espiritual de las familias y, por qué no decirlo, del régimen.

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