DE LA TORRE Y LA JUNTA DE ANDALUCÍA

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

La Junta de Andalucía ha sido en los últimos años la coartada del alcalde Francisco de la Torre para justificar los retrasos, bloqueos y olvidos de grandes proyectos para la ciudad de Málaga durante los últimos años. Algunas veces, con toda la razón y otras, sin ella. Las fricciones institucionales entre De la Torre y el Ejecutivo de Susana Díaz fueron cada vez mayores hasta el punto de llegar a ser una obsesión, con continuas referencias de De la Torre a la falta de lealtad de la Junta con Málaga y con quejas desde Sevilla por la actitud del alcalde y sus constantes cambios de opinión. El proyecto del Metro hasta el Hospital Civil fue la máxima expresión de este desencuentro que ha terminado con enterrar el proyecto sine die y que alcanzó, incluso, la esfera personal. Digamos que Susana Díaz y Paco de la Torre no se tenían mucha simpatía.

Ahora, con el cambio de Gobierno en la Junta de Andalucía, esta coartada cambia de protagonistas sustancialmente. En la primera visita institucional a Málaga del malagueño Juanma Moreno Bonilla como presidente de la Junta de Andalucía se expresó formalmente el deseo de colaboración del nuevo Gobierno andaluz para desatascar esos proyectos que parecían varados en los despachos de San Telmo, dando el visto bueno al empeño del alcalde de paralizar el Metro al Civil (a pesar de que hacer el metro soterrado fue una promesa electoral de Moreno) y optar por la prolongación de la línea hasta el Parque Tecnológico de Andalucía. Además, afrontar el proyecto del Guadalmedina, del tercer Hospital e, incluso, del Auditorio.

Málaga tiene una oportunidad histórica para afrontar una nueva transformación al tener como presidente de la Junta y como consejero de la Presidencia de la Junta a dos malagueños, Juanma Moreno Bonilla y Elías Bendodo, conocedores de la deuda histórica de Andalucía con Málaga y de la importancia estratégica que para la ciudad de Málaga tiene la necesidad de terminar con la cicatriz del Guadalmedina, de mejorar las infraestructuras sanitarias de la ciudad o de afrontar el proyecto del Auditorio y su desarrollo tecnológico.

Pero para ello, al margen de la obligación de establecer puentes con Madrid, es preciso restablecer las relaciones entre Málaga y Sevilla. Visto lo visto, la predisposición es buena por parte de la Junta para dialogar y entender las pretensiones del alcalde. Pero el riesgo, o la tentación, al que se enfrenta De la Torre es a reeditar esos enfrentamientos como alimento del victimismo y del supuesto maltrato de la Junta a Málaga (para ser serios, en general el nivel de infraestructuras pone en duda esa aseveración); es decir, siempre es bueno tener a alguien a quien echarle la culpa.

Es preciso pues transparencia, juego limpio y diálogo en las nuevas relaciones Ayuntamiento-Junta; y también el convencimiento de que en la política (especialmente en infraestructuras) es mejor hacer lo posible que desear lo imposible. Y la obra del Caminito del Rey es un buen ejemplo de que no siempre el proyecto megalómano es el mejor. Más vale tener en Málaga un buen Auditorio que echar de menos un Auditorio espectacular.

Soy un convencido de que en política son más importantes las personas que los cargos, y que es vital la presencia de malagueños en las esferas de poder. Por ello la Málaga reciente ganó, y mucho, por la influencia de Magdalena Álvarez o Celia Villalobos cuando estaban en los centros de decisión. Y ocurrió también con la figura de Cánovas del Castillo. Y ocurrió en Sevilla con Felipe González y Alfonso Guerra. Es evidente que la presencia de un malagueño (el primero de la historia) en la presidencia de la Junta es una enorme oportunidad para Málaga y toda su provincia. Seguro que De la Torre lo entiende así y que tratará de rentabilizar la cercanía de Moreno y Bendodo. Lo contrario sería incomprensible.

 

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