130 razones de peso

La dictadura fría del catering preparado a cientos de kilómetros del colegio sigue ahí, repitiendo curso

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Un total de 130 niños de 36 colegios de Málaga comen y viven mejor ahora que hace un año, cuando sus familias los apuntaron a un estudio sobre obesidad infantil llevado a cabo por la unidad de medicina interna de Carlos Haya y del Instituto de Investigación Biomédica. No pintaba tan divertido como un campamento de verano, pero la experiencia ha merecido la pena y tampoco se olvidará fácilmente. Ellos y Ellas se han escapado ya de esa cuarta parte de la chiquillería malagueña con sobrepeso y obesidad. Trigliceridos, colesterol y glucemia eran palabras que mejor no conocer nunca, pero que algunos ya llevaban cada día en su mochila. Y de postre, un sedentarismo extremo salvo de esos pulgares atizando horas el teclado de móviles y consolas, un estado generalizado de movilidad reducida a base de videojuegos. Casi tan sorprendente como que esos 130 niños se hayan puesto ahora a comer sano y a hacer ejercicio físico de forma habitual es la actitud de los padres de una legión de niños que se negaron a que participaran en el estudio. ¿Mi hijo gordo? Confundían el riesgo clínico con una afrenta de los hombres de bata blanca. El 82 por ciento de los padres de 900 escolares identificados con sobrepeso o directamente obesos no veían gran problema en los kilos de más, y es que combatir la obesidad infantil puede llegar a ser más difícil que abordar el fracaso escolar sobre todo si la familia practica la obediencia ciega al 'fast food'. No bastan sólo normas para alejar las máquinas de bollería o de bebidas azucaradas de los colegios andaluces o la que sacó por presión de las Ampas las tilapias vietnamitas del menú escolar. La dictadura fría del catering preparado a cientos de kilómetros del colegio sigue ahí, repitiendo curso -sólo en el 36 por ciento de los centros andaluces se cocina- y la insulsa bandeja precocinada triunfa aunque sea al modo de unas primarias sin debate, ese producto insípido de escaso fundamento aunque cumpla todas las normativas higiénicas. Alejar las grasas saturadas pero no educar en los sabores tradicionales sigue siendo un pasar de curso haciendo la vista gorda. Cambiar eso es más difícil, sobre todo cuando los tres grandes problemas diarios en algunas familias -el desayuno, el almuerzo y la cena- no es cuestión de gustos ni pereza culinaria sino de presupuesto. Cuando la escuela no es el espejo ni la familia tampoco puede serlo, la alternativa hipercalórica con su legión de conservantes llama a la puerta para quedarse. Los colegios han ganado algo como espacios saludables pero parece que se confía más en la salvación personal vía 'máster chef junior'. Cientos de miles de niños siguen asociando el Día de Andalucía al mollete con aceite. Como ejercicio identitario, chapeau, pero comer sano como anécdota es reducción de la pedagogía alimentaria en la Comunidad que más comidas escolares sirve y más variedad de productos tiene. Una vez libres de máquinas del bollycao, sería conveniente que los pasillos de los colegios empezaran a oler a puchero.

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