¿Me lo prometes?

Te enfurruñaste y empezaste a diseñar ese mundo ideal en el que te gustaría vivir y donde yo me mudaría contigo

Elena de Miguel
ELENA DE MIGUELMálaga

Todo empezó con una pregunta sobre superhéroes y terminó con una charla sobre niños transgénero y cuartos de baño. No sé ni cómo derivamos hacia aquello, pero lo que me sorprendió fue tu capacidad de comprender con siete años, de percibir que el mundo es diverso, y de que respetar es el más preciado de los valores. Tú, que no sabes de autobuses naranja de «no te engañen», ni de sus letreros de penes y vulvas sentenciando entre lo correcto e incorrecto, entre el bien y el mal.

«Mamá, ¿por qué casi todos los superhéroes son hombres?». Estás en esa época fantástica donde el día a día transcurre entre Black Panther, Hulk y Venom, en un monólogo eterno y cansino, lleno de preguntas sobre quién golpea más fuerte, quién es más rápido o quién ganaría en una lucha cara a cara. «Pero, ¿por qué no hay chicas?».

Podría haberme hecho la sorda o cambiar de tema, como hago cuando estoy agotada de todos tus 'porqués', pero me vestí la camisa de once varas y empecé a explicarte que sí había algunas, pero pocas, y que el mundo ha sido profundamente masculino hasta hace un cuarto de hora. Y te hablé de igualdad, de feminismo y de machismo. De cómo van a cambiar las cosas, y de que luchar por algo justo jamás es una batalla perdida. Del respeto a todos, a hombres y a mujeres. Y te conté qué es el género. «Yo soy un niño», me dijiste. Y, también, que había niños transgénero. No hizo falta una explicación extensa, ni detalles morbosos. Fue natural, como aún eres tú, con esa sabiduría intacta, ajena a ideologías, capaz de entender que puede haber una realidad diferente. «Vale, mamá, y ¿cuál es el problema?», preguntaste con la asombrosa intuición de que había algo más. Tampoco sé por qué, pero te conté que una vez en Málaga hubo una niña, que cuando nació todos creían que era un niño, pero que no se sentía así, y que eso suponía a veces problemas en su colegio, y que algo tan normal como ir al cuarto de baño podía convertirse en un tema complicadísimo. Porque, ¿a cuál iba a ir?, se preguntaban algunos adultos. «Pues al de niñas, mamá», contestaste, como si fuera sencillo.

No paraste ahí tampoco, te enfurruñaste y, de repente, te entraron ganas de arreglar el mundo. Tú solo, ya ves. Con esa verborrea interminable llena de ideas simples que los mayores enredamos. «Y, ¿por qué no hacemos cuartos de baño donde entren todos? Mira que son tontos. En todos sitios, hay un cuarto de baño para hombres y otro para mujeres. Se hace un cuarto de baño para todos y ya está». Bueno, es que... «Mira, es muy fácil, se pone un semáforo en la entrada. Cuando hay una persona dentro está en rojo, y, cuando se pone verde, entra la siguiente».

Y así seguiste un buen rato, diseñando ese mundo ideal en el que te gustaría vivir y donde yo me mudaría contigo. «¿Sabes lo que vamos a hacer? Tú sigue pensando y, cuando seas mayor, lo inventas y cambiamos las cosas. ¿Me lo prometes?».