PRIMAVERA DEL SETENTA Y NUEVE

Francisco Moyano
FRANCISCO MOYANO

Hace cuarenta años la Semana Santa fue en abril; el día 15 coincidió con el Domingo de Resurrección. El martes día tres se había llevado a cabo un acontecimiento para el que los españoles estaban muy desentrenados, cuarenta años después de la finalización de la Guerra Civil: elegir democráticamente a los concejales de las corporaciones municipales. Prácticamente un mes antes habían sido llamados a las urnas para unos comicios generales; circunstancia ese intervalo temporal que cuarenta años más tarde se vuelve a repetir. En aquel momento Marbella era una ciudad con sesenta y dos mil habitantes de derecho y se presentaron a las elecciones municipales nueve grupos políticos, de los que siete obtuvieron representación y siendo el primer alcalde democrático Alfonso Cañas Nogueras. El lunes, dieciséis de abril, celebró el último pleno la última corporación franquista, presidida como alcalde por José Manuel Vallés Fernández. Asistieron los ediles Pedro Garrido Moya, Diego Jiménez Gómez, Francisco García Parra, Francisco Guerrero Rodríguez, José Lorenzo Cuevas, José Castellano Alarcón y Salvador Romero Ramos. De acuerdo con la normativa, el único punto en el orden del día fue la aprobación del acta de la sesión anterior. Se cerraba una etapa que había durado cuatro décadas y tres días más tarde se abría otra que ha logrado alcanzar similar trayecto temporal. El jueves diecinueve de abril de 1979 se celebró el pleno extraordinario de constitución de la corporación; dio comienzo a las once de la mañana. Se encontraban presentes todos los concejales elegidos: Francisco Pedrazuela Sánchez, Enrique García Gómez, Félix Martín Vilches, José Leiva Herrera, Manuel Quintero Marín, Julio Moreno Sánchez, Francisco Martos Vadell, Miguel Ángel Jiménez Gonzáles, Rafael García Conde, Alfonso Cañas Nogueras, Manuel Robles Sánchez, Manuel López Gómez, Antonio Núñez Peralta, Raúl Vázquez García, José Mora Igeño, Francisco Palma Sánchez, Manuel Macías Fernández, José Muñoz Rodríguez, Salvador Ruiz Lozano, José Criado Baena, Hipólito Fernández Ecay, Felipe Díez de Oñate Sanz, José Periáñez González y Andrés Cuevas González. Ni una sola mujer. El secretario era Javier García-Mamely y el interventor Rafael de Talavera. Se procedió a constituir la mesa de edad, formada por el concejal de mayor edad, Francisco Palma, y el de menor edad, Francisco Javier Jiménez Gómez, actuando como secretario el de la corporación. El secretario procedió a la lectura de la normativa vigente y a los nombres de los ediles electos asistentes, comprobando la mesa las credenciales presentadas. El presidente requirió a los asistentes para que manifestasen si, con posterioridad a la elección, habían incurrido en incompatibilidad sobrevenida; comprobándose que no se daba esa circunstancia, de declaró constituida la corporación por los ediles presentes, pertenecientes a Grupo Independiente de Marbella (GIM), Partido Comunista de España, Partido Socialista de Andalucía, Partido Socialista Obrero Español, Agrupación Ciudadana Independiente (ACI), Unión de Centro Democrático (UCD) y Partido Socialista Obrero Español (Histórico). Seguidamente se procedió a la elección de alcalde. Mediante votación secreta, se contabilizaron 25 papeletas, de las que 24 eran válidas y una en blanco. Francisco Pedrazuela obtuvo dos votos, José Criado Baena 9 y Alfonso Cañas Nogueras 13, número que suponía la mayoría absoluta en una corporación de 25 ediles. Por tanto, fue proclamado alcalde presidente del Ayuntamiento de Marbella. El siguiente paso fue elegir y constituir la Comisión Permanente. A continuación Alfonso Cañas formuló declaración de aceptación del cargo y prestó promesa, recibiendo el bastón de mando y la medalla corporativa. Posteriormente todos los miembros de la corporación recibieron la medalla corporativa. El flamante alcalde dirigió unas palabras de saludo y de agradecimiento que fueron correspondidas con un prolongado aplauso. Aquellos hombres, quizás sin demasiada consciencia de ello, estaban haciendo historia. Tenían por delante la difícil tarea de adquirir la cultura del diálogo y del pacto, el tan popularizado concepto (en aquellos años) del consenso. A los ciudadanos se les concedía, tantos años después, la capacidad de diseñar los destinos de su ciudad, desde la instancia más cercana y cotidiana que representa el ayuntamiento. Ante la perspectiva de la actualidad, donde parece que las mayorías absolutas forman parte del pasado, los partidos tendrán que ponerse manos a la obra para mantener a punto la maquinaria, siempre delicada y ardua, de los pactos poselectorales que garanticen la gobernabilidad, a ser posible con un mínimo de eficacia, aunque sea difícil establecer donde se encuentra el umbral básico.