Los ofendiditos

En esta sociedad en la que a muchos les parece indispensable exponerse en redes sociales y hacer pública su opinión a todas horas, nos ofende la de los demás

Elena de Miguel
ELENA DE MIGUELMálaga

«Se abre el telón...». No, no. «¿Saben aquel que dice...?». Mmm, tampoco. «Va un catalán, un gallego y un andaluz...». Ni de coña. Que no estamos para guasa lo ha plasmado de forma magistral en su anuncio navideño Campofrío; que ha hecho del humor su bandera publicitaria y se ha atrevido a perfilar una tremenda radiografía de este momento gris y confuso. «Hoy en día, hacer un chiste sale tan caro que es un lujo que pocos se pueden permitir». Esta frase aterradora abre el spot. Léanla de nuevo, da escalofrío, parece escrita por el Dickens de 'Cuento de Navidad'. ¿En qué momento nos convertimos en una sociedad de ofendiditos, de Mr Scrooges incapaces de manejar las claves del humor; en censores de lo ajeno, incluso, en lo que se refiere a un chiste?

Pero, ¿realmente actuamos así sólo con los chistes? No sólo nos ofende la broma o la chanza. La intolerancia rebasa el humor. Nos ofende la vecina del tercero cuando habla en la reunión de comunidad; el compañero de trabajo que no opina como nosotros; la frutera de la calle que a saber lo que ha votado; la cháchara del jubilado enterado de la línea 3 de la EMT, y el taxista tertuliano que te ha encasquetado el Teletaxi, que también es mala suerte, ya no les llamo más, por desconsiderados. En esta sociedad en la que a muchos les parece indispensable exponerse en redes sociales y hacer pública su opinión a todas horas –aunque, con perdón, interese un pimiento–, nos ofende la de los demás.

Nos tomamos demasiado en serio; nos tenemos en muy alta estima como actores de este decorado de cartón piedra, postureo y 'likes'; donde un paso en falso te puede convertir en 'trending topic', que es como colocarte en un cadalso sideral y que te lapiden a tuits. Tranquilo, los exabruptos se diluyen en cuanto entra en escena una nueva víctima.

El problema no es el otro. Todos y cada uno de nosotros somos un ofendidito de andar por casa. «Hay que hacer autocrítica todos, porque los que criticamos este mundo de los ofendidos luego nos damos cuenta de que los ofendidos somos nosotros, nos está entrando a todos por ósmosis». Un análisis certero del actor malagueño Dani Rovira que nos manda en comandita al rincón de pensar. Pero hay algo más alarmante, ¿qué pasa con aquellos que decidieron no opinar nunca más por no ofender? ¿Cuántas reflexiones se autocensuran por miedo a entrar en el campo de batalla o por mero cansancio?

El propio anuncio de Campofrío que bromea con los ofendiditos –«ya se les pasará»–, ha tendido una trampa a los más recalcitrantes. No tardaron ni un día en entrar al trapo. ¿Cómo que sale más caro un chiste feminista que sobre la monarquía? ¡Cómo se atreven! A mí, que me considero una ferviente defensora de la igualdad de géneros, qué quieren que les diga, me ha hecho gracia. Hay ciertos temas en los que opinar es como agitar un avispero y hay que estar muy ciego para no verlo. De eso va el chiste, por si no lo han pillado.

 

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