Del norte y del sur

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Los descendientes de aquellos sans-culottes que tomaron la Bastilla se han puesto chalecos amarillos y virales. Reinan sobre el fuego y varios muertos. No buscan cambiar la historia ni una playa bajo el asfalto de diciembre sino más piedras contra la subida del gasóil. La descarbonización a escote del país después de que el Gobierno Macron rebajara el impuesto de Patrimonio a los más pudientes es sólo parte de las causas de este peaje violento que pone a turistas en fuga entre el humo negro de las barricadas, un cóctel sin tregua a la vista ni oposición política con la que sentarse a hablar. La dulce Francia se avinagra y no da para dique de contención ante un movimiento espontáneo de agitadores sin fichar con estudiantes calentando en la banda. Macron ha tenido que renunciar a ser la Mona Lisa imperturbable de los primeros días porque el lepenismo, más que los transportistas, ve en cada adoquín parisino el proyecto de escombrera perfecta en la que ya reposan inertes centrismos y socialismos patrios. El espejo francés del descontento incendiario vale aquí para algunos como aperitivo callejero contra los resultados de Vox en el Parlamento andaluz. Los comandos pirómanos como defensa de la esencia democrática esperan la validación cómplice de la mayoría, esa vista gorda indulgente a los escraches de la supuesta izquierda que dan alas a la solución ultra. La democracia se ha vuelto tan emocional, reconvertida en estado de cabreo transversal que convierte urnas en megáfonos con muchos vatios y escasas ideas. Doce hombres y mujeres esperan coger el suyo en el escaño. La Constitución que quieren quebrar les da todo el derecho a ser incluso esa bisagra casposa de la nueva era política. El maremoto populista ha llegado por el sur que mira al París incendiado. Lo hace tarifando desde la sorpresa hacia la primavera electoral. Don Pelayo es ahora el que remonta desde Al Andalus en busca de infieles demócratas y de la cabeza de Sánchez.

La historia se ha acelerado y Susana Boabdil llora su reino perdido. Los suyos recogen papeles y fotos familiares en esos despachos donde los recién llegados no imaginan alfombra sin escándalo. Vox habla de Reconquista, pero sin poner la palabra en el retrovisor de siglos a sangre y fuego que no dejaron sarraceno entre nosotros. Vox está de cruzada y guarda la esencia del grial populista, pero por ahora sólo ofrece una pócima envenenada -mitad varón dandy mitad masaje Floid- para ese pacto con el que saltar hacia lo muy viejo, un Nodo digital sin feministas, sin autonomías, sin maricones, un patriarcado comme il faut... Abascal, un Cid para el mejor postor de la derecha andaluza -polvo, sudor y smith& wesson- cabalga y hace parada en Sevilla semanas después de que Casado cantara la gesta colombina. La épica es un arma cargada de pasado a veces no tan lejano glorioso ni terminado de pasar. Aznar gana después de ser un muerto bien vivo.

 

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