Movilidad inamovible

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

No hay defensa más cerrada en favor del sector del taxi que la que abandera Podemos, al menos hasta que Errejón decidiera en la noche de las croquetas de Carmena transformar el amargo arcoiris de Vista Alegre II en un horizonte azuloscurocasinegro con pinta de VTC. Destapó así el puchero hirviente de garbanzos negros con alto riesgo de que los nueve asientos reglamentarios de un coche les sobren para sus debates internos. A igual número de plazas, los hay que prefieren subirse al VTC del futuro, con menos ordenanzas, ese 'Más Madrid' que suena a lema contra los taxistas ofuscados con los que mengua la ciudad. El hipotecado del chalet de Moratalaz no ha dicho aún en esta guerra este taxi es mío porque le preocupa más el deterioro extra de su imagen asociado al casoplón por culpa de la protección que le ha puesto Marlaska. Los guardias civiles asignados al diputado Iglesias se relevan bajo una vergonzosa estampa de precariedad casi bolivariana, apenas protegidos del relente mesetario por una caseta contra la que protestan los vecinos porque el generador para que los picoletos no se congelen les incordia en la noche. A base de dachas en el monte, divisiones y luchas cainitas, la dirección del prometedor partido de los cinco millones de votos asiste a su deconstrucción hacia un sólido ente menguante, con los círculos convertidos en un hongo atómico en el que tratan de sobrevivir líderes de facciones, barones y baronesas territoriales, tendencias y escisiones. Una buena parte de la militancia está más por la movilidad flexible hacia la izquierda pecadora que por un taxímetro rumbo a los cielos de tarifa desconocida.

De los retos del nuevo tiempo no escapa la nueva política que se añeja tan rápido en odres nuevos, como tampoco el taxi frente a los VTC, el periódico frente al móvil, los cines frente a Netflix o las bicis municipales devoradas antes de tiempo por la plaga insolente del patinete eléctrico. Las imágenes del guerracivilismo del taxi contra los VTC han congelado la realidad de un gremio a garrotazos con otro, observados los dos por esa tercera España atónita ante una batalla donde los primeros resisten al grito de no pasarán después cantar victoria al norte del Ebro. Pero la historia no se puede cambiar a las bravas, como en el pasado. Los ciudadanos no podrán coger ya en Barcelona los VTC expulsados por la nueva normativa mientras que en Madrid nadie en su sano juicio desafiará el cafrismo corporativo dentro un coche oscuro al que le puede alcanzar un perdigón o un ñosco.

La batalla por ahora la gana un matonismo abonado al apocalipsis antes de pelear la inevitable reconversión. Bajo altercados máximos sin servicios mínimos, los VTC se han elevado al altar de los buenos, como si no tuviera mezcla de mal alguno. El maniqueísmo parece haberse descargado ya una aplicación diabólica con la que los taxistas piden paso con su peor caricatura.