Matar un patinete

Todo patinete encierra un esnobismo, un niño obeso y un asustaviejas a dos ruedas

Jesus Nieto Jurado
JESUS NIETO JURADO

Hay modas que hacen cambiar el mundo. Hay modas que hacen como que cambian el mundo (el 15-M, el Mayo Francés, los tazos...) y modas que enturbian el mundo y la puñetera rue (los patinetes). El patinete en Málaga es un visitante incómodo, un picudo rojo que ha calado en la juventud. Yo veo un patinete roto, arrumbado bajo una palmera seca, y siento cierto alivio: quizá porque ese patinete aún no me dejará su susto, su pescozón de velocidad y ese descarado que lo conduce.

Un patinete eléctrico, cualquier patinete eléctrico, no tiene más objeto que la de darle batería y razones a los niños flojos y prematuramente obesos. Hay patinetes errantes en el Muelle Uno, en el Palmeral, con la mala educación de los turistas británicos o de los vernáculos en plena adolescencia, más el flequillo frami y el alma sin desbravar. Y la responsabilidad está en el padre calzonazos, en la madre calzonazos, y en el niño que no puede jugar con una pistola de balines como hacíamos -en mi tiempo- los jóvenes airados. Yo crecí, respetadme, entre chulillos y billares. Y motos. Pero nunca con un patinete eléctrico que es un sucedáneo de Zipp por agua, un transporte burgués de niños patizambos y de adultos a los que les va faltando un hervor.

Ahora, en la Feria, lloverán patinetes y descamisados, por mucho que el alcalde ruegue porque no veamos pectorales lampiños o con tatuajes tribales. Los patinetes y el vino dulce van haciendo mala mezcla, y nadie diga que no nos lo vimos llegar.

El patinete en Pedregalejo también nos parece de un esnobismo insoportable. En lugar de pasear, van con una velocidad de crucero y creyendo que salvan el planeta por no ir a gasolina. Costó sangre que hubiera un carril bici en la ciudad -aun ilógico y ridículo-, y sin embargo los patinetes eléctricos van poblando nuestras esquinas cotidianas como si el juguetito fuera el súmun de la modernidad. En Pedregalejo, sí, los adolescentes guiris dicen que cuentan que aprenden español y lo único que hacen es ir y volver de la cama al chupito, del chupito a la playa, con un patinete con motorcillo eléctrico y ni papa de castellano. El patinete ha venido a Málaga como un asustaviejas, como un gamberrismo a dos ruedas que incide en la obesidad de propios y foráneos. El patinete eléctrico no debe ser ese impuesto turístico que nos va exiliando de las aceras mientras que cada taxista es un clamor contra una invasión intolerable.

Los patineteros no llevan ni casco ni precaución. Suben y bajan por las grandes avenidas sin respeto al código de circulación o a las costumbres. Se saltan semáforos y torean como pueden al Hospital de Toledo. Yo ahora veo patinetes sin ruedas, patinetes arrumbados que no tienen solución. Los patinetes rotos me sacan una sonrisa en esta deshumanización, consentida, de nuestras ciudades. Los patinetes se vencen, como se vencieron a los franceses. O se regulan, como regulamos el juego y los vicios más inconfesables. La modita del patinete eléctrico se puede pasar con dos codos desollados y una multa ejemplar y ejemplarizante.