Una máquina de la verdad

El tacómetro de la jornada laboral en las empresas va a ser como un radar fijo contra los excesos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

La subida histórica del salario mínimo no ha destruido empleo, según la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal. Lo que iba a ser sobre el mercado de trabajo poco menos que el efecto 2000 sobre los ordenadores se ha quedado en lo mismo, en cortocircuito para agoreros. Hay pues algo positivo que añadir a esa singularidad española de un mercado donde camareros y dependientes reinan en la EPA por mucho tiempo. Los fundamentos del modelo productivo no han variado gran cosa desde el boom de los 60, con su inercia de crucero turístico que ha dejado mucho empleo industrial en tierra y casi vacía la zona vip de salarios europeos. A precarios temporales y becarios más allá de los 30 tampoco nos gana nadie. Dos días después de que el oráculo fiscal dictaminara que subir el salario mínimo un 22 por ciento no destruye empleo -sobre sus efectos positivos haría falta alguna luz porque nada se sabe- ha entrado en vigor la medida sobre el control de jornada en las empresas. Pocos párrafos en un decreto del Gobierno pueden dar tanto juego. La medida ya crea empleo y negocio en las empresas del ramo, seguramente con una inevitable cuota 'made in China' que dará trabajo lejos de aquí. La norma no se casa con ningún medio concreto de control y deja amplio margen a empleados y empresas para acordar cómo gestionarlo. Confundir aquí la flexibilidad y el control de jornada con volver al toque de sirena del siglo XIX está tan alejado de la realidad como el apocalipsis fallido del salario mínimo. La medida no es ninguna panacea, como señala el menguado colectivo de los inspectores de Trabajo, pero dicen que servirá para aflorar una realidad de trabajadores fijos ahora en el limbo retributivo de la hora extra -lo que castiga su sueldo- y paliar esa secuela de merma recaudatoria en cotizaciones y derechos, lo cual es un perjuicio para todos. Si cada dos trabajadores sostienen a un pensionista, el trabajo sin cotizar hará visibles más salarios o nuevos contratos que alivien al carga. Existió una España de la transición que normalizó el pluriempleo, y ahora deberá ser normal a nivel de nómina lo que es una anomalía extendida. El temor a las sanciones promete ser más eficaz que la visita improbable del inspector. El tacómetro de la jornada en las empresas va a ser como un radar fijo contra los excesos. Y es que, en general, basta apelar multa en mano a las buenas prácticas para alejar las malas, que simplemente salen más caras. Habrá quizás efectos parecidos al de unas circulares de la Inspección en su reciente campaña contra el abuso en la contratación temporal. Como octavillas certificadas, caían en las empresas con mensajes como de una guerra antifraude tipo Gila -«alguien ha contratado a alguien demasiadas veces»- contra la temporalidad y sus excesos. Hay trabajadores a los que bastó para hacerlos fijos ese párrafo, tan eficaz como una maquinita de fichar. Lo de estar geolocalizados no siempre tiene que ser un engorro.