Maquiavelo

Un poeta puede rajar el cielo con la navaja de sus versos, pero un político tiene sobre sí un techo de plomo

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Lee uno a un poeta grande como es Francisco Fortuny, malagueño, rebelde y disconforme. Lee uno su último libro, 'Sapere aude raps', y mira al estrado y ve a Sánchez, y a Casado, y a Iglesias, y en la cárcel de Estremera a Forn y a Junqueras y todo parece que rima con el caos fortunyano cuando Erdogan sale a contar el asesinato del periodista Khashoggi y señala a La Meca. Un tirano nos alumbra a otro. Un velo se descorre. Lo que ocurre es que es el velo transparente de una ducha. Una de esas duchas siniestras con los azulejos cuarteados y moho que solo se usan para el degüello de los desobedientes.

Fortuny cumple con su misión de poeta vigilante de los sueños, se olvida de lo práctico o quiere meter lo práctico por el ojo de la aguja de lo utópico. Fortuny patalea con verbo proverbial por aquello que Sánchez debe acatar. La confrontación entre el ideal y la realidad. Rivera, Casado y los de la izquierda del más allá pueden hacer toreo de salón y hablan de lo bien que ellos coserían los derechos humanos y el pleno empleo, de cómo venderían bombas-bombones y al mismo tiempo harían para el imperio financiero saudí unas corbetas con cañones de azúcar y miel. Pero a Sánchez le ha tocado tragar la rueda de molino. Trata de decirnos que tiene el corazón en carne viva y la economía al rojo. La poesía, amigo Fortuny, es poesía. Eso es lo que en estos días aprende la cuadrilla de Sánchez. Él se escuda en la herencia recibida. Mal hecho. Mejor encarar a Maquiavelo.

Recordando el pasado, la santa Transición ahora vapuleada precisamente por realista, Fortuny añora que no se tengan ya esos deseos de justicia «y libertad que, cuando adolescente,/ integrando miedoso la milicia/ contra la dictadura,/ nutrieron mi valiente/ alma sana, inmadura...». Sí, un poeta puede rajar el cielo con la navaja de sus versos, pero un político tiene sobre sí un techo de plomo. El fin justifica los medios no es la frase textual que escribió el filósofo florentino. Tampoco es lo que dijo ayer Sánchez en el púlpito parlamentario, pero se ajusta a lo que uno y otro expresaron. Los dos diciendo lo mismo, igual que Susana Díaz ante el posible infierno de los astilleros en plena campaña electoral. Es el dilema eterno. Es el veneno que aprende a beber el político alevín. Ya encontrará en el futuro de sus conciudadanos, en la vanidad o en cualquier lugar recóndito de su alma el antídoto, el bálsamo para diluir las decisiones feas. «Es feliz el que conjunta su modo de proceder con el de su época», dijo Maquiavelo. Sí. Pero esta no es la época de la felicidad. El descuartizamiento de un periodistaes el reflejo mínimo de aquello que esos tiranos hacen cada día tras las murallas opacas de su país. Contra esas murallas se rompen del mismo modo los versos de un poeta, por grande que sea, y las palabras de un político, por mediocre o grande que también sea.