Manadas

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Aestas alturas, uno no sabe qué relato resulta más atroz: el de la manada de Pamplona, el de Alicante o el de cualquiera de los monstruos que cada día emergen emboscados de un portal o de un ascensor a oscuras y hielan la sangre de quienes leemos las páginas de sucesos, como el de esos quince chavales de Madrid detenidos esta semana por acosar hasta la lapidación en la puerta de su casa a dos hermanos de 13 y 15 años de quienes buena parte de ellos eran compañeros de instituto. Y lo más desolador es el denominador común: todas estas manadas pertenecen a una o varias generaciones a las que hemos desistido de imponerles que no. Su brutalidad, su impiedad cuando le tapan la boca a la chica semidesnuda que implora que paren o al niño que se cubre el rostro con los brazos para evitar más laceraciones, es nuestro fracaso.

Es, sí, el estrepitoso fracaso de los padres que se esconden de la tensión de su responsabilidad tras la pedagogía blanda de no perturbarles su tiranía aunque sea a costa de perderlos durante un largo tiempo como colegas. El de los profesores como el del instituto de Usera, que sabían del calvario de los dos chicos. El de los gobernantes de la Comunidad de Madrid, que no tardaron ni 24 horas en buscar el retrúecano de que no es 'bullying' porque las hostias se las llevaban fuera del centro escolar (ya el colmo es que se lo hubieran hecho en las narices del jefe de estudios).

Y, claro que sí, cada una de estas manadas es la derrota de los jueces, a menudo condescendientes con el machismo intolerable incrustado en el ADN primario de unos críos cuyos padres prefieren seguir adocenados delante de Telecinco. Y, claro, el de los voceros de Twitter y Facebook, empeñados en aprovechar la Diana Quer o la Laura Luelmo de turno para disparatar ocurrencias sobre la cadena perpetua, culpar al rival político o, incluso, buscar la provocación para un minuto de gloria en 140 caracteres, mientras a la Policía le chulea a carcajadas cualquier Chicle, Carcaño, Rafita o, en fin, el próximo animal cuya puesta en libertad tengamos que lamentar.

Quizá nos iría mejor si pincháramos la burbuja mucho antes. Si, en vez de esta última memez de lo que mi querido Che Cabello definió una vez como 'pedabobos' de crear partidos de fútbol sin marcador para evitarles la frustración de la derrota, le entregásemos un manual de gramática parda donde en el primer capítulo les explicásemos bien clarito que el carácter se forja en los fracasos, las pérdidas y las decepciones, donde nadie además te lleva de la manita.

Aunque, claro, ya que por no leer nos dan pereza hasta los prospectos, al menos dediquemos un rato a pensar en lo que dice el juez Calatayud en alguno de esos vídeos virales que andan por Youtube.

 

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