Los malditos 900 euros

Elena de Miguel
ELENA DE MIGUELMálaga

Fue un día del montón cuando el jefe de A. le llamó a su despacho. Con cara de circunstancias, le comentó que la cosa no pintaba bien, que el negocio no tiraba y que no le quedaba más remedio que dejar de pagarle la parte que ya le abonaba en negro. Doscientos euros del ala. Pese al mazazo, A. lo encajó lo mejor que supo. Estábamos en plena crisis y había que sobrevivir, aunque él, cargado de dignidad, decía que así arrimaba el hombro para sacar del pozo a su empresa. Menos gracia le hizo ya el segundo recorte, que llegó pasados los meses, y que afrontó tirando de calculadora en un ejercicio de sadomasoquismo para saber a cuánto cotizaba su hora de trabajo. Recortó todo lo superfluo y aún así, las cuentas le hacían costuras, por donde se adivinaban las penurias de una familia con niños pequeños y un título de licenciado en una esquina de la casa hipotecada.

Un año después, sus emolumentos se depreciaron a cero como un crack de Lunes Negro en la Bolsa, con la diferencia de que lo suyo no eran acciones del Ibex-35 sino una remuneración menesterosa que ya había olvidado por el camino el adjetivo de mileurista. Perdió el sueldo, pero no el trabajo. Siguió currando. Mientras, su jefe le pagaba los seguros sociales, pero él no veía ni un euro. Y empezó a sumar meses en su contabilidad de indigencia salarial a la espera de tiempos mejores, sumido en la duda de si quedarse y engrosar su activo de sueldos imaginarios o marcharse sin derecho a paro y declararse en quiebra. A. ya no trabaja en aquella empresa, ahora lo hace en otra, donde gana poco más de 800 euros (pagas prorrateadas) rebasados los 45. Un portentoso golpe de suerte tras tres años de paro, por el que todos convenientemente le felicitamos mientras por dentro nos preguntábamos cómo sería vivir con una nómina así.

Durante las últimas semanas, hemos sido testigos de numerosos golpes de pecho anunciando la bancarrota del país. Primero, por los ingratos pensionistas, tan temerarios por pedir mejoras, a quienes se les han arrojado calificativos que rayan el insulto cuando no insinuaciones para que dejen de ser un quebradero de cabeza y pasen a mejor vida. Ahora, el averno se adivina tras la subida a 900 euros del Salario Mínimo. Resulta llamativo que el mayor de nuestros problemas sea mejorar la situación de los que menos tienen, de quienes sufrieron con mayor agresividad una crisis que les arrancó de un bocado sueldo y derechos. «Hay que ser cuidadoso con los salarios mínimos, para no excluir a gente del mercado laboral», dice el FMI, que en esto de la 'meteorología' del dinero no suelta nada bonito. Expulsados en el paraíso de los 735,90 euros al mes. Es para pensárselo, oiga. Mi amigo A. no quiere ni hablar del tema. Por tranquilizarlo, le he dicho que: a) las empresas derivarán el coste a precios o b) subirá el consumo y por tanto el IPC. Todo en orden. Y él, como buen economista, ha respirado aliviado.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos