El kiosco de Nazario

Hay que homenajear a aquel kiosco que nos hizo periodistas. Y libres. Y personas

Jesus Nieto Jurado
JESUS NIETO JURADO

Ahora, después de la postal que le hice al gran Domi en Canal Sur, voy volviendo a postales de mi infancia. Me voy acordando de esa esquina telúrica, final de calle Valera, donde las riadas van a desembocar en la larga carretera a Barcelona. Allí, en ese rincón, convergían un bar y un kiosco que fueron mi biblioteca de Alejandría. En un barrio aburrido que languidecía.

Nazario cerró el quiosco hace ya más de diez años y sentimos que habíamos pasado página para mal. Y qué placer con las devoluciones del periódico de la burguesía barcelonesa, qué tinta abierta al sol, qué escuela de Periodismo ver las portadas, abrirlas con las manos limpias y ver que el mundo iba y que el papel lo cantaba. Era, todo, mucho antes de Kioscoymas, siglos antes, y el niño que quería escribir repartía periódicos, se pegaba la hebra con Nazario y entonces el tiempo no tenía medida.

Por las vísperas de Navidad nuestro llorado Pedro Aparicio le regalaba un ribera a Nazario, y ahí conversábamos sobre Europa, sobre su último artículo, sobre lo que fuera terciando.

Recuerdo que era septiembre y que había coleccionables, y las niñas roneaban a la salida de los institutos, pedían tabaco, se subían la falda y los niños -ay- se entretenían con las estampas del 'furbo'. Nazario tenía entonces a su perro 'Tom', que era un perro servicial y melancólico que repartía periódicos. Luego por la esquina del kiosco de Nazario se dejaban caer los que iban a por un fascículo imposible de secretos de la CIA, o el alegre marujerío a por el cuché, o el goloso a por golosinas y hasta los locos buenos, que hacían los mandados al encargado del frenopático. Ni estaban los que eran, ni eran los que estaban.

Después llegarían las lluvias, periódicos que ya no salían, Nazario con ganas de dejar el sacrificio de que el heraldo estuviera bien repartido. Su kiosco era un puesto de información y turismo y así lo disfrutábamos. Fue un tiempo feliz en el que salían las revistas del corazón, las revistas de loros, las revistas de caza y un señor que pedía la edición de Melilla. Las revistas hablaban de Isabel Preysler, nadie crucificaba a Plácido Domingo. Vendía novelas imposibles y cacerolas inoxidables.

Hoy he vuelto a ver la estampa del kiosco de Nazario cerrado. Quizá como simbolizando aquello del maestro Alcántara de que, vistos a la distancia, aquellos años fueron los más nuestros. Los años en que se era feliz con una cerveza y el periódico del día, comprado con esa convicción de que había que dar ejemplo con la misma compra. Fuimos los últimos de Filipinas, y éramos conscientes de ello.

Ya en los estertores aparecería por donde Nazario Agustín Rivera con su compra dominical, o Pablo Aranda, cuando pasaba por Pedregalejo por inspirarse en el paseo del paseo.

Nazario no quiere un homenaje, pero lo merece. Será lo más parecido a la boda que nunca tendré. Que tome nota quien corresponda.