Ahora que somos hoteleros

Si antes éramos propietarios endeudados, ahora, en un alarde de introspección, ha brotado el hotelero que llevamos dentro. Nada de caseros de larga temporada y alquiler asequible de 600 euros. Lo nuestro es el turismo vacacional y los 'homeagüeis'. Cómo no se nos ocurrió antes

Elena de Miguel
ELENA DE MIGUELMálaga

En plena década de los 90, allá cuando Rodrigo Rato era aún considerado el mejor ministro de Economía de la historia de España; Aznar mandaba (de verdad) y Pablo Casado estaba en pleno proceso de cambio de voz, los perros se ataban con longanizas. Con el tiempo, se convertirían en ajustadas sogas, pero eso nadie lo veía aún. ¿Quién repara en un futuro gafe cuando está disfrutando de las mieles del crédito? Todos éramos 'gilitos'. Adoradores del ladrillo, con hipotecas pasadas de rosca, concedidas, a veces, sin ingresos asegurados y tasaciones infladas. Daba igual, la vida nos sonreía.

Como niños caprichosos, no nos negábamos nada: el cochazo, el viaje descomunal a las Maldivas, las obras para la bañera de hidromasaje, la horterada del sillón vibrador en el salón... La vida en cuotas. Si no salían las cuentas, se ampliaba la hipoteca y listo. Bendita vivienda que todo lo soportaba. Hipotecas de 400 euros al mes rebasaron los mil, entre cómodos plazos y un euríbor en su etapa más canalla. Hicimos fundido en negro. Nadie sopló el castillo de naipes. Se derrumbó solo y, cuando nos acercamos a comprobar el estropicio, nos dimos cuenta de que las cartas estaban trucadas. Fueron los bancos, los constructores, los políticos... Todos culpables. Nosotros, solo víctimas. Quizá en la intimidad, alguno reconoció su parte alicuota de codicia.

Han volado casi dos décadas, en las que hemos dejado por el camino inocencia, sueldo y derechos, pero nuestro fervor inmobiliario sigue intacto. Si antes éramos propietarios endeudados, ahora, en un alarde de introspección, ha brotado el hotelero que llevamos dentro. Nada de caseros de larga temporada y alquiler asequible de 600 euros. Lo nuestro es el turismo vacacional y los 'homeagüeis'. Cómo no se nos ocurrió antes.

La semana pasada, el Gobierno anunciaba cambios legales para que las comunidades de vecinos pudieran prohibir las viviendas turísticas por mayoría simple y corrimos a apuntar la casa en el registro antes del toque de queda. Una jugada sibilina, dicho sea de paso, de nuestros políticos. Mitad populismo, mitad «que se maten entre ellos». El nuevo pisito para turistas se dirimirá en algo tan español y goyesco como un duelo a garrotazos. La mala baba y la envidia, nuevos puntos del orden del día. Dejemos a un lado el gag para la próxima temporada de 'La que se avecina'. Hay algo más serio que la anécdota cainita de las reuniones vecinales. Sólo hay que analizar el impacto real de la nueva fiebre del oro, que ya ha viciado el mercado inmobiliario: alquileres escasos, caros y con una morosidad rampante; subida del precio de la vivienda soportada en la inversión para arrendamiento; y una parte de la población, incapaz de convertirse ni en dueño ni en inquilino. Que se regule la vivienda turística, de acuerdo, pero puede que no sea lo único que haya que abordar en serio.

 

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