La otra educación

Elena de Miguel
ELENA DE MIGUELMálaga

Sé que un día aprenderán (porque se lo enseñarán) a hacer una raíz cuadrada, a reconocer una oración subordinada sustantiva de objeto directo, a definir qué es un amperio o a formular el peróxido de estaño. Casi todo se esfumará apenas caigan los trimestres -felicítese si recuerda dos de las cuatro lecciones anteriores- y quedará, con suerte, el poso desdibujado de lo que llamamos cultura general. Es el plan de estudios, el listón, la horma que forja a nuestros hijos en una enseñanza definida hasta la última coma. Un ecosistema donde se sabe de antemano, por ejemplo, que en la segunda semana de febrero toca aprender la letra 'h'; zambullirse en los verbos frasales en inglés o trazar polígonos regulares.

Un hábitat silla-profesor-pizarra perdurable por décadas (la incursión de las TIC, me temo, no ha cambiado demasiado el sistema), donde improvisar es complicado y va casi siempre por cuenta y tiempo del docente.

Una formación que, como el sudario de Penélope, se teje y desteje sólo cuando cambia el viento que sopla, y que, en ocasiones, se embarra en la arena política con la 'tejerina' de turno. En ese enorme esfuerzo para ultradefinir y contemporizar los saberes indispensables, sí añoro como madre otra educación. No sé si hay resquicio en el cuaderno de bitácora que llaman mapa curricular, con el rumbo (tan obsesivo como errante) apuntando a PISA, pero hay otras lecciones, menos académicas, que quizá merezcan idéntico empeño.

Tan relevante como enseñar educación vial es, por ejemplo, instruir en conceptos y habilidades económicas que saquen de una vez por todas a las nuevas generaciones del analfabetismo financiero y, ya de paso, de otros atropellos. No andamos sobrados tampoco de formación tecnológica, con sustancia y con perspectiva de futuro, más allá de manosear pantallas y ratones, que de eso vamos colmados.

Se echa en falta (¿existe realmente?) una mayor y mejor educación sexual en las aulas, con apartados específicos que permitan detectar y prevenir el abuso desde muy pequeños o que aborde temas tan preocupantes como la pornografía a ciertas edades. Un terreno donde está todo por hacer es el de la igualdad y la educación de género, que corre el riesgo de perderse en las ramas de ahora se dice «la población andaluza» en lugar de «los andaluces». Merece la pena superar el buenismo transversal en manos del colegio o el profesor que toque y combatir estereotipos que, aunque sorprenda, están latentes desde bien temprano.

Y no, creo que no todo debería ser el batiburrillo de la asignatura de Valores, auténtico campo de refriega política y que no se imparte aún a todos los alumnos. Educar es el Descubrimiento de América y los 9,8 m/s2 de la aceleración de la gravedad, pero también debería ser prepararlos para construir una sociedad mejor (¿y si formamos contra la xenofobia?). No es fácil. Para ello hay que levantar la mirada del pupitre y asumir que la educación nunca debería tener siglas.

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