Demagogias

Cuando una especie animal o vegetal se extingue, algo muere en nuestro planeta. Incluso cuando una lengua desaparece o diezma una tribu en la Amazonia o en la Polinesia

Demagogias
JOSÉ LUIS RAYAProfesor de instituto

Cada vez que ocurre una desgracia, como es lógico, surge una oleada de solidaridad y todo tipo de sentimientos empáticos, encontrados, filias y fobias. Las multiformes maneras de enfocar una cuestión nos permite constatar que el mundo es por consiguiente igualmente multiforme y heteróclito; sin embargo, casi todo tiende a polarizarse en dos posturas, casi siempre antagónicas. Llega el momento, será por la edad o por hartazgo más bien, que uno ya deja de –intentar– persuadir o disuadir ante una actitud u otra, en primer lugar porque no tengo ninguna necesidad, ni tiempo, ni ganas de inmiscuirme en la opinión de los demás. Es lo que llamaba Saramago «el vano intento de colonizar al otro» (el adjetivo lo pongo yo) ya que, efectivamente, no me interesa imponer mi opinión, ni convencer a nadie, ni exhibir mi 'argumentario', puesto que la mayoría de las veces es una pérdida de tiempo. Por el mismo motivo, tampoco estoy dispuesto a que me colonice nadie, ni mucho menos con falacias, tergiversaciones, medias tintas u opiniones ajenas, en muchos casos repetitivas, que reptan sibilinamente y se cuelan en nuestro imaginario sin filtros y sin digerir. Es el hueco por donde se introducen los demagogos y van colonizando estados de opinión.

Cuando una especie animal o vegetal se extingue, algo muere en nuestro planeta. Incluso cuando una lengua desaparece o diezma una tribu en la Amazonia o en la Polinesia. Es dramático que seres humanos sigan muriendo de hambre o sed en este miserable mundo, o que se sigan ahogando ante la indiferencia de algunos gobiernos, o que se siga bombardeando determinados territorios en donde muere gente inocente. El drama se convierte fácilmente en tragedia, sobre todo porque casi todo se reduce a las decisiones de un puñado de gobernantes, que han sido elegidos curiosamente por el pueblo.

Ahora bien, esto no puede servir (quisiera escribir «bajo ningún concepto») como plataforma recriminatoria contra todos aquellos que lamentan o lamentamos la tragedia artística e histórica que ha supuesto el incendio de la emblemática catedral de Nôtre Dame. Es de rastreros esgrimir los anteriores argumentos –por contundentes e incuestionables per se– para minimizar lo que supone esta pérdida. Ni los miserables de Víctor Hugo hubieran actuado de esta guisa, ya que él mismo era un gran defensor de los oprimidos, los pobres y los marginados, así como un enorme detractor de la pena de muerte: estamos hablando del corazón del siglo XIX. El mismo que escribió Nuestra Señora de París y a su vez llamó la atención sobre el decrépito estado del monumento, incluso su vaticinio haría sonrojar al mismísimo Nostradamus.

Así pues, bien haría toda esa turbamulta experta en escatologías varias instruirse un poco y adquirir al mismo tiempo cierto sentido de la ponderación y templanza en su pernicioso criterio, pues son ellos los que comparan ciertos asuntos que son incomparables, intentando dejar a la altura del betún a todos aquellos que aman y respetan el arte, la cultura, la literatura y nuestra civilización, que a la par a ellos también les pertenece aunque renieguen desde su más exquisita altivez.

Los que quieran participar libremente en la reconstrucción del templo, crucial en el inicio del gótico y eje cultural de Europa, no deberían ser el objetivo de los endiablados dardos de sus detractores, que a su vez contemplan indiferentes la catástrofe, amén del incalculable valor de las reliquias de su interior; otros incluso se congratulan desde su más profunda ignorancia.

Nôtre Dame, la Alhambra, el Coliseo de Roma, el Taj Mahal, la Gran Esfinge de Gizeh, la Estatua de la Libertad, los moais de la Isla de Pascua –Rapa Nui–, el Machu Picchu... podríamos seguir enumerando otros tantos imprescindibles en la historia de la humanidad. Así pues, protegerlos y cuidarlos revierte sobre nosotros mismos.

Efectivamente, la demagogia es muy dañina, suele camuflarse bajo populismos, extremismos de diversa índole y progresía inepta, inculta y partidista. Son estos los que ni comen, ni dejan comer, se quejan de lo mal que va el mundo desde su confortable butaca y no entran en acción, cual indolentes personajes barojianos. Protestan continuamente y lo quieren todo hecho. No reciclan, contaminan y en el fondo todo se la refanfinfla. Sólo están prestos para discutir e incordiar.

Si usted se da por aludido por todo lo anterior, empiece verdaderamente a preocuparse; en caso contrario, ni caso. No pretendo persuadir, ni convencer de nada a nadie. Para ello ya existe la conciencia de cada cual, personal e intransferible, pero tampoco se deje atrapar por demagogias ruines y baratas que tan sólo desean poner zancadillas, tanto por lo que hace como por lo que deja usted de hacer.