El cambio andaluz

La legislatura será corta, vaticina Díaz, un animal político herido que ya se unta el mejunje del gladiador

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El cambio ha salvado la cuesta de enero, y sólo la sintaxis extrema de Vox ha metido en la rueda del pacto andaluz palos de pega que al final tenían la consistencia de un matasuegras. Moreno se sentará en San Telmo con la solidez precaria de un contrato a tres mal avenidos, pero con el viento de cola ciudadano para llevar la nave de los 34.000 millones de euros de presupuesto a otros rumbos. Ni la navidad ha podido maquillar el odio cordial entre la pareja ganadora de la derecha homologable y esa tercera estirpe llegada del monte andaluz y que quería estar en la mesa como el cuñado fanfarrón y suertudo con trofeo de doce puntas después de su primera salida de caza mayor en busca de votos. El foco mediático, incluso más allá de los Pirineos, no se ha alejado del partido clave del cambio y sus líderes han alcanzado en cuestión de días el nivel de conocimiento ciudadano del mocito feliz. Ha comenzado un experimento que, más allá de jugar a la distopía preconstitucional, suma más expectativas que temores, pero que también desafía a la física más cotidiana y a la política conocida, esa que obliga a los actores del cambio a mantener papeles y formas al menos hasta las próximas elecciones. La consejería de la familia (de la derecha) se convierte en prioridad aunque sólo sea por no romper con el cuñado. Hay que gobernar y tomar decisiones, pero sin dar alas a Vox ni a la oposición. No debe sonarle a la presidenta en funciones nada mal la teoría del inestable taburete de dos patas -la primera gran reflexión política del exjuez Serrano-, sin duda uno de los análisis más afinados que emergen entre la prosa que Vox ha esparcido con sus perlas cargadas de pasado y marcha atrás. La legislatura será corta, vaticina Díaz, un animal político herido que ya se unta el mejunje de gladiador dispuesta a recibir dentelladas hasta de los leones del escudo. Se ignoran los pasos del cambio, pero no hace falta tirar de mucha imaginación para pensar que Díaz va a inaugurar una nueva forma de hacer oposición en un Parlamento andaluz hasta ahora anodino y sin interés, como un programa de televisión donde la presidenta venía haciendo de concursante ganador al modo de un Jordi Hurtado convencido de que 37 años en prime time no se notan. Díaz perdió su silla y arruinó la longevidad Guinness del PSOE en el poder no por querer moverse en su día de Sevilla, sino porque es difícil hacer historia aquí y allá cuando otra historia se escribe incluso bajo el fuego amigo de Pedro el correoso. La voluntad democrática para un Gobierno del cambio ha empezado también por un vuelco en la oposición, una novedad después del modelo fracasado del PP durante 40 años. Los reproches a la mayoría de los andaluces por estar como en realidad quieren estar es una mercancía averiada. El cambio al futuro ha saltado cuando menos se le esperaba, pero en realidad es la liebre del descontento que Vox ha puesto a tiro.