Las cosas buenas

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

El autor de best sellers Ken Follett, de 69 años, podría ser mi padre. A los 19 años estaba casado y tenía un hijo, que sería yo, pues los números cuadran. Viviríamos, junto con su mujer, mi madre, en una habitación de Londres. Vivir tres en una habitación es un poco incómodo, pero a mí con un año me daba igual y mi padre dice que era feliz entonces, con nuestra única habitación y sin dinero. Como en realidad no es mi padre, ni me interesa especialmente, lo que no quiere decir que no lo respete, como a cualquiera, apenas sabía nada de él, pero leo ¡justo el día en que empieza el Festival de Cine! que como sus padres eran cristianos devotos no le dejaban oír la radio ni ir al cine ni ver la tele. Mis padre y mi madre reales eran contradictorios pues a pesar de ser cristianos devotos me dejaban oír la radio, ver la televisión e ir al cine. Cuando tenía 13 años mi padre me preguntó qué película había visto y le dije que una que echaban en el Emperador, un cine donde sólo se proyectaban películas clasificadas S. Me gustaba todo tipo de cine y no sé qué hubiera opinado Ken Follett, pero mi padre se enfadó. Había que ser mayor de edad para acceder al cine Emperador pero a lo mejor el acomodador pensó que ya tenía bastante con los granos como para no dejarme entrar. Ken Follett ahora tiene varias casas inmensas y confesaba, en una entrevista que publicó el periódico la semana pasada, que está muy contento de ser rico. Creo que es bueno ver el lado positivo de la vida, y si te toca ser rico pues por qué no va a estar contento.

Esta semana no había en el periódico ninguna entrevista con Ken Follett, pues con una es suficiente, pero sí había una última página dedicada a una estudiante de la UMA que podría ser mi hija. Las fechas vuelven a cuadrar. Se llama Noemí Escobar y tiene 24 años. Ella no vivía con su marido y su hijo de 5 años en Londres, sino con dos amigos en Teatinos, en un piso cuyo propietario va a convertir en apartamento turístico, por lo que deben irse. Mi hija ficticia ha publicado en las redes lo que le piden en una inmobiliaria para acceder a un piso en alquiler y es para morirse de risa y, si sobrevives, morirse luego de asco. Lo ha publicado para sus amigos y no sé cómo ha trascendido tanto porque es la puritísima realidad y se supone que ya lo sabíamos. No sé qué será de esta hija mía que no tengo, pero me temo que no a encontrar piso. Mi hija real tampoco, lo que fastidia todavía más. En algunos estados de Estados Unidos se ha legislado para controlar el precio de los alquileres. Me gusta que sigamos el ejemplo de los estadounidenses en sus cosas buenas, que son muchas. Esta es una de ellas.