Un bosque por todo lo alto

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Los árboles no nos dejan ver el bosque, pero tampoco Gibralfaro y la Alcazaba. La ciudad es tan peculiar que sin poder homologarse con las más verdes, concentra su escasa frondosidad en tunear el monumento más visible, visitado y selfiado. El monte icónico luce una jardinería desaliñada no muy lejos de otros cerros coronados de estricto ayuno botánico, y no precisamente en homenaje a las generaciones que los esquilmaron durante cinco siglos hasta la llegada del butano. Nuestra selva urbana por todo lo alto en Gibralfaro no estuvo ahí siempre, pero forma parte de esas postales domésticas que no se discuten, como la antigua Casa de la Cultura. Cuando quitaron aquel edificio clónico y de escaso valor el paisaje milenario del entorno de Alcazabilla empezó a cambiar. Nos dimos cuenta de que más que un espacio de confort visual habíamos construido con él durante décadas una indolencia a prueba de río seco. La del teatro romano no fue una tala sencilla, sino toda una exhumación de la historia antigua. Se tardó mucho más tiempo en derribar el edificio que seguramente el que los canteros del municipio flavio emplearon en levantarlo. Parques y Jardines se dispone ahora a una poda estética que deje a la vista la magnífica obra de moros que domina la ciudad. La operación parece relativamente simple, pero va para largo, y habrá que estar atentos al calendario político. La operación no se puede hacer a la ligera ni tampoco sin el informe de Cultura, que acaba de dar el visto bueno al derribo del cine Astoria. La piqueta va a cambiar las cosas aunque nadie se atreva a grabar en piedra que la guerra soterrada o en superficie entre la Junta y el Ayuntamiento, al menos con sus dos inquilinos actuales, no acabe dibujando momentos oscuros y a veces ruidosos como el túnel cercano. Hay cuestiones aparentemente simples que se eternizan, como la poda o ese derribo de los cines, una deconstrucción urbana para la reflexión colectiva sobre las bondades visuales del vacío. Lo de la jardinería es urbanismo de horizonte, pero hasta la primavera la vegetación podrá seguir con su fotosíntesis, y Ayuntamiento y Junta con su esgrima de tijeras. Va siendo hora de superar lo de ciudad con castillo a medias, como si fuera un enclave del que avergonzarse. Ni monte pelado ni cuatro pelucas de hoja peremne. Habrá un término medio, y doctores tiene la ingeniería forestal. Lo de la Catedral no es podar, sino plantar un campanario, un añadido vertical en discusión. La Iglesia se ha topado con los doctores municipales y de Cultura, y el debate coge ritmo tridentino sin mirar al tejado, que es lo urgente. Lo inacabado de la Catedral es parte de su esencia, así que ni hablar de torre ni cubierta, despachan los técnicos. Mientras, el espacio gourmet en el Astoria -primero vivir, después filosofar- se acerca, así que mejor certificar herejía arquitectónica del obispado, y a otra cosa. Entre dos vacíos casi eternos, uno tiene futuro y el otro sólo goteras.

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