Algunos de los nuestros

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

Un conocido que es albañil me dijo ayer que quiere trabajar solo media jornada porque tiene 50 años. La construcción es dura, y si trabajas mucho te cansas, cojeas, te llenas de rabia y acabas cagándote en todo, me explicó. Los argumentos me parecen razonables y me resulta esperanzador que el límite sea cagarse en todo. Habló con claridad y sencillez, sin ánimo de convencer, y yo le votaría, pero no se presenta. Podría haberle preguntado a quién va a votar y que decida por mí, aunque no me atreví. Y eso que me había dicho lo que gana. También ayer, un conductor al que afeé su agresividad al volante me dijo, gritando, bizco. Vio que no me lo tomé como un insulto, aunque me impresionó la ocurrencia, y me aseguró que podría partirme la cara a puñetazos y que si quería paraba el coche y me lo demostraba. Agradecí la consulta y le contesté que no y le conminé a seguir pues parecía llevar prisa. Me atreví menos todavía a preguntarle a quién va a votar.

El domingo ardió un avión de pasajeros tras aterrizar en el aeropuerto moscovita de Sheremétievo. Qué bonitos son los vocablos rusos bonitos. Además de la posible negligencia de los pilotos al tomar tierra con los depósitos llenos, a demasiada velocidad, sin apagar los motores y abriendo una ventanilla que intensificó el fuego, los pasajeros de delante trataron de recuperar su equipaje en vez de dejar libre los pasillos a los pasajeros de detrás. Seguro que alguno no lo hizo y me siento mucho más unido a ese ruso solidario que al malagueño que me dijo bizco. Una mañana de hace unos años el avión en el que viajaba aterrizó en el aeropuerto de Barcelona y no ardió, menos mal, pero la azafata que nos saludó dijo: «Bienvenidos a Barcelona, espero que hayan tenido un buen vuelo, son las ocho y mierda». Por su aspecto aún no tenía los 50, pero necesitaba urgentemente una reducción de jornada. Una reducción de jornada implica una reducción de sueldo, y la mayoría no puede permitírselo. Profesionales cansados que cojean y se cagan en todo. Se había celebrado la Copa del Rey de baloncesto en Málaga y ese avión iba cargado de viejas glorias. La única vez que me desperté de madrugada para ver un partido fue cuando la final olímpica de baloncesto en Los Ángeles. Dos asientos más atrás iba Epi. A mi lado viajaba Ferrán Martínez, todavía con cara de niño. Le pidió a la azafata que luego daría la bienvenida que por favor no le arrugase así el abrigo en el compartimento superior, y la azafata le dijo que no era un abrigo sino una gabardina. No se disculpó ni corrigió la hora mal dicha. A lo mejor es que estaba bien así: las cosas, claras. Ha empezado la campaña electoral y he pedido a Dios que ilumine mi camino y me envíe una señal. Entonces se bajó la ventanilla y el conductor me dijo bizco.