Lo abominable

Cómo explicarte lo atroz, cómo contarte que la realidad en ocasiones puede ser tan monstruosa. Una niña. Un año menos que tú. Un hombre. La locura. El vacío

Elena de Miguel
ELENA DE MIGUELMálaga

A veces, me gustaría tener respuesta a tus preguntas. Las que me lanzas desde tu curiosidad inagotable, desde tu inocencia y tu mirada confiada. Desde tu mundo tan perfecto como irreal. Pero hoy, lo siento, Alberto. Hoy no he sabido qué contestarte. Acabábamos de terminar el desayuno. La locura y las prisas de cada mañana, los dibujos en la tele, los whatsapps desde primera hora, tu hermano revoloteando, ajeno a todo, entre lloriqueos y su 'spiderman' inseparable, y tu fiebre que no termina de calmarse. «Hoy no vas al cole». Me has pedido jugar a los experimentos, a cualquier cosa, en tu discurso circular e infinito para agotarme y convencerme, pero el teléfono móvil se ha interpuesto, como tantas veces. «Calla, un momento, es el trabajo, calladito...». Te has quedado allí, pendiente de todo, porque ya navegas en esa edad en la que nada te es ajeno. Y la mañana se ha hecho trizas y saltado en mil pedazos. A apenas un kilómetro de donde vivimos, otra familia, otras prisas, otros desayunos, otros «venga, que llegamos tarde a clase». Un universo paralelo tras la puerta de otro hogar; tan fácil fantasear con las vidas de los demás cuando se mueven en la cotidianeidad de lo monótono.

Hoy, la uniformidad del día a día se resquebrajó en el balcón de una sexta planta, en una barriada de esas donde abundan las parejas jóvenes con todas las mañanas del mundo por delante. «¿Qué ha pasado, mamá?». Cómo decírtelo. Cómo explicarte lo atroz, cómo contarte que la realidad en ocasiones puede ser tan monstruosa. Una niña. Un año menos que tú. Un hombre. La locura. El vacío.

Ya me hostigaste a preguntas con Gabriel, el pececito, incapaz de entender nada de aquel horror que nos sacudió a todos hasta la náusea. Luego vinieron otros niños, víctimas de lo incomprensible, y volviste a la carga con tus interrogantes, como buscando a la desesperada una explicación para apaciguar tu inquietud infantil y tus miedos. Ojalá pudiera. Qué más quisiera que asegurarte que el mundo es un lugar de fiar, que nadie sufre; que ser niño es un refugio inexpugnable contra la crueldad y la depravación de los adultos.

Me esfuerzo en medir las palabras a tus preguntas, en obviar los detalles, en tranquilizarte en tu incredulidad; en prolongar tu inocencia un poco más, unos meses, por favor, tan sólo unos días, antes de que te des cuenta de una vez por todas de que el ser humano puede ser también deplorable y retorcido.

A veces, creo que ya has empezado a captarlo o que lo intuyes. Que comienzas a ser consciente. Llegará un día en que se te caerá la venda y se esfumará del todo tu ingenuidad. Serás uno de nosotros y, al igual que cuando eras niño, seguirás preguntándote y nadie te dará la respuesta a lo abominable.

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