Málaga activa un plan contra el radicalismo de mujeres en la yihad

Agentes de la Policía Nacional escoltan a una joven de 26 años detenida en el aeropuerto de Málaga al volver de Siria en noviembre de 2015./
Agentes de la Policía Nacional escoltan a una joven de 26 años detenida en el aeropuerto de Málaga al volver de Siria en noviembre de 2015.

El papel cada vez más protagonista de la población femenina preocupa a Interior: son ya el 10% de los 170 españoles que se han unido a Daesh

JUAN CANOMálaga

«La mujer no sólo es sujeto, sino también objeto de la radicalización. Es madre, esposa, hermana, reclutadora, reclutada... Sin ella, el hombre no alcanza la categoría de guerrero y no se perpetúa». Las palabras de Beatriz Becerra las resume el grupo terrorista Daesh en su lema No women, no warriors (sin mujeres no hay guerreros). La eurodiputada, que es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos, las pronuncia sólo unos minutos después de presentar en Málaga su proyecto El papel de la mujer en la lucha contra la radicalización, cuya aprobación se tramita estos días en el Parlamento europeo.

Las últimas operaciones policiales han constatado el rostro femenino de la yihad. Fuentes de la lucha antiterrorista aseguran que el 10% de los 170 españoles (foreign fighters) que se han desplazado a Siria para unirse a Daesh son mujeres; en Francia, alcanzan ya el 35%. Otras tantas han sido interceptadas al ir o al volver, como la joven malagueña de 26 años que fue detenida el pasado mes de noviembre en el aeropuerto de la capital cuando regresaba de Siria, adonde supuestamente viajó siguiendo los pasos de su marido.

El Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), que depende del Ministerio del Interior, considera «cada vez más preocupante la creciente amenaza que supone la aparición de la mujer en el escenario yihadista». En 2015, fueron detenidas en España 14 mujeres más del doble que el año anterior acusadas de integrar redes de reclutamiento.

La narrativa de captación que utiliza Daesh ha evolucionado. Según los servicios de inteligencia, en una primera fase, eran tratadas como un elemento de «reclamo sexual y recompensa para los combatientes extranjeros» que se unieran a la yihad; en la segunda, tienen un rol más activo como elemento vertebrador de la familia criar a los cachorros de león, los hijos del guerrero y de los valores del Califato. «El papel real de la mujer en Daesh es el de la sumisión total al muyahidín. Para ellas, es el retorno a la Edad Media», sentencia el secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez Vázquez.

Las mujeres que se suman a la yihad cumplen funciones de «propaganda, reclutamiento, información y apoyo a los grupos operativos, que mejoran de esta forma su efectividad y capacidad para realizar atentados en Occidente», según el CITCO. Aunque su papel primordial es servir de «descanso al combatiente», se tiene constancia de la existencia de una unidad, la brigada Al Khansaa (por la poetisa del mismo nombre, considerada madre de los mártires), integrada únicamente por mujeres adiestradas en el manejo de armas; son unas 500, la mayoría esposas de guerreros, tienen de 18 a 25 años, su salario ronda los 200 dólares y «gozan de privilegios como conducir».

Redes sociales

Una de las funciones de esta brigada es reclutar a mujeres en el extranjero, para lo que cuentan con un medio de comunicación activo en Internet. También usan Twitter o Facebook, o un weblog donde se insiste en que la mujer no debe vivir en tierras de los infieles, sino desplazarse a regiones musulmanas. En estas plataformas publican consejos sobre el equipaje de una potencial viajera o cómo debe comportarse en Turquía para no levantar sospechas; pueden llevar ordenadores o dispositivos Android, nunca Apple, ya que están prohibidos en el «mal llamado» Estado Islámico, según el CITCO.

La lucha, por tanto, no sólo se desarrolla en el campo de batalla, sino también en Internet, que se ha convertido en un «teatro de operaciones» igual de importante que el mundo físico. «Daesh tiene un aparato de propaganda enormemente eficaz para la radicalización, algo inédito hasta ahora en los grupos terroristas [hasta 2012, el 80% de los casos de captación se producía en prisiones y lugares de culto, según Interior]. En un año, ha conseguido atraer a muchas más personas que Al Qaeda en una década», explica el secretario de Estado de Seguridad. Y en el ejército de la propaganda, las mujeres tienen galones.

El proyecto de Beatriz Becerra, que pertenece al grupo Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (antes estaba en UPyD), versa precisamente sobre esta preocupación. Y la elección de Málaga para presentarlo no es casual. La ciudad es pionera en España dentro de la red internacional Strong Cities contra el extremismo violento y su ayuntamiento tiene ya un recorrido hecho en el camino de la prevención. «Aquí empezamos a actuar antes de que la falta de integración fuese un problema», apunta el concejal de Derechos Sociales, Julio Andrade, que también ultima un plan específico, en este caso municipal, para la detección de brotes radicales que pone sus ojos muy especialmente en el papel de la mujer.

La iniciativa, en la que el Ayuntamiento trabaja a nivel interno desde hace seis meses, pero que aún no ha sido presentada oficialmente, consiste en aunar a todos los agentes sociales en ese proceso de detección, desde la familia y el entorno más inmediato hasta «maestros, educadores, médicos, psicólogos, trabajadores sociales...», enumera Andrade, «ellos son los primeros en observar cualquier comportamiento anómalo».

Las diez asociaciones que trabajan con la comunidad musulmana en Málaga están llamadas a ser el mejor aliado, ya que cumplen la doble misión de integrar su leitmotiv y detectar. El plan municipal pasa por crear una red asociativa que se convierta en un «cortafuegos» contra el radicalismo. «Funcionan como las vacunas. Evitan el contagio del virus y, si éste entra, lo debilita», expone Andrade, quien asegura que el Ayuntamiento ha apostado económicamente por estas entidades para dar una salida y fomentar la búsqueda de empleo.

Karima Ouald Ali es la presidenta de la Asociación Marroquí para la Integración de los Inmigrantes, que se creó en 2008 a partir de otro movimiento asociativo surgido en 2003 para ayudar a los estudiantes de ese país que llegaban a la Universidad de Málaga (UMA). El año pasado atendieron a más de mil personas, el 80% mujeres marroquíes. «Hay un hilo muy fino entre radicalismo e islamofobia», confiesa la voluntaria, que es doctora en Derecho. «Hay 170 musulmanes que han viajado a Siria, cuando en España hay un millón».

Hace dos meses, al volver de un viaje de cooperación internacional en Marruecos, Karima se encontró con que «todo el mundo hablaba de la radicalización de la mujer y de la prevención, pero para nosotros no es algo nuevo, lo vemos en el día a día»; lo venían observando en los talleres que organizan, donde algunas de las asistentes muestran cierto «fanatismo» a la hora de entender la religión: «Lo puedes detectar en una simple conversación con una mujer que participa en un curso y que te transmite una visión muy radical del Islam, que nosotros intentamos suavizarle». Son comentarios como «ojalá logre ir a Siria porque allí puedo hacer cosas mucho más importantes que aquí» o «morir vamos a morir, ¿por qué no hacerlo por algo importante para nosotros?». Pero son las menos, «como mucho un 10% de las que atendemos», apunta Karima. «Cuando las detectamos continúa, hacemos un seguimiento individualizado, aparte del grupo. Intentamos hablar mucho con ellas, que vengan con frecuencia a la asociación...». A veces, el cambio sólo se produce en la vestimenta: «Hay mujeres que llevan pañuelo y que te dicen que les gustaría usar burka para que ni siquiera se les vean los ojos porque es el verdadero Islam, pero que no lo hacen por miedo al rechazo social. Ese simple gesto es un paso más, una manera de radicalizarse». Ahora, tras la puesta en marcha del plan municipal de prevención, estudian cómo «canalizar» la información susceptible a los diferentes organismos implicados.

«Hay mujeres que llegan a sufrir maltrato por el tema del velo»

La violencia machista esconde a veces comportamientos radicales, y los expertos en la lucha antiterrorista lo saben. Las denuncias ya no se miran sólo desde la óptica del maltrato, sino también por sus posibles conexiones con el extremismo, según el concejal de Derechos Sociales, Julio Andrade, quien aporta un dato: «En el 3% de los casos en los que hemos trabajado, se han observado procesos de radicalización o intentos de captación». Las mujeres tardan mucho en actuar porque tienen miedo. Y si deciden hacerlo, es más por temor a que recluten a un hijo. Karima Ouald Ali, que además de presidenta de la Asociación Marroquí para la Integración de los Inmigrantes es doctora en Derecho, ha asesorado jurídicamente a muchas mujeres en temas de familia o divorcio, y se ha encontrado con casos de violencia machista. «Si me preguntas por el número, no te puedo contestar.

El 90% de las mujeres marroquíes no denuncia o, si lo hace, la retira a las 24 horas. Como profesional, me decepciona», explica la investigadora. «A mí sí me han llegado casos, bastantes, de mujeres que sufren maltrato porque a sus maridos, un día, se les ha ocurrido que se tienen que poner el velo. Hablo con ellas horas y horas, le pido que denuncien y, cuando me dicen que no, les pregunto: ¿Por qué me lo dices a mí?», cuenta Karima. «Por desahogarme», le responden.

La presidenta de este colectivo remarca esa delgada línea entre fanatismo y terrorismo: «Sólo hemos tenido el caso de un joven de 20 años que estaba con nosotros en un programa y que siempre andaba solo, aislado, y nunca trataba con mujeres. Un día, de pronto, dejó de venir. Hemos preguntado por él y, según sus conocidos, ha viajado a Siria. No sabemos dónde está, ni si está vivo o muerto. En el caso de las mujeres, creo que sólo es un pensamiento, una forma de ver el Islam. No hemos tenido noticias de que alguna haya intentado unirse a la yihad».

El proyecto de Beatriz Becerra está plagado de experiencias reales de mujeres que se han convertido en «piezas audiovisuales» de la lucha contra Daesh. «En Málaga tenemos uno de ellos, el de una joven musulmana, integrada, que colaboraba con el Ayuntamiento. Su radicalización fue tan brutal, tan rápida, que el marido también marroquí se divorció y alertó al entorno, algo completamente inaudito», desvela la eurodiputada a los periodistas durante la presentación de su iniciativa. Julio Andrade, en segunda línea, justo detrás de ella, asiente. Conoce bien el caso. Adil nombre ficticio empezó siendo colaborador del concejal y ahora es su amigo. SUR lo ha localizado para conocer su experiencia, que nada tiene que ver con la yihad, pero sí con los procesos de radicalización que, a veces, constituyen la puerta de entrada al extremismo violento. «Sí, me divorcié por eso», admite. «Se había convertido en una desconocida, muy distinta a la persona de la que me enamoré».

Adil tiene 30 años y la apariencia de un joven de su edad. Viste camisa a cuadros, pantalón beige, gafas de sol y una pulsera blanca en su muñeca derecha, el único rasgo árabe de un look completamente occidental. La suya no es la historia del inmigrante marroquí sin recursos que llega en patera. Hijo de funcionarios, entró en España con un visado para continuar sus estudios. Tenía 17 años y una mente abierta. Al tiempo, su novia de toda la vida compañera de pupitre en el colegio intentó seguirlo, pero su familia no la dejaba. «Nos casamos para que pudiera venir conmigo», empieza Adil, que entonces tenía 20 años recién cumplidos.

La chica que llegó a España era «muy sociable y abierta, no usaba velo, vestía pantalones ajustados y cuidaba mucho su apariencia». La joven terminó sus estudios, se puso a trabajar e hizo algunas amigas. Hasta que se quedó en paro. «Fue como un clic», relata Adil. «Un día, cuando llegué a casa, me dijo: Tengo que hablar contigo. He decidido que quiero llevar velo. Yo le respondí que lo respetaba, aunque no me gustaba». Él hace su propia interpretación de la doctrina: «Si el velo es una prenda para que los hombres no se fijen y no se sientan atraídos por la mujer, cuando estás en Europa ocurre lo contrario: llamas más la atención con él».

Al «clic» del que habla Adil le sucedió un aislamiento progresivo en el domicilio. «Yo la animaba a que estudiara, ya que tenía más tiempo libre, pero hizo lo contrario. Dejó de cuidarse a sí misma, la casa... Se pasaba el día viendo canales de religión en la tele. Estoy convencido de que esos programas tuvieron mucho que ver». Adil distingue entre «programas abiertos y cerrados». Los últimos, apostilla, «son los peligrosos, porque te dicen lo que no tienes que hacer y tratan de meterte el miedo en el cuerpo; cuando oigo algo cerrado, cambio de canal, no me interesa».

El joven marroquí trató de lanzarle mensajes, ya que «como pareja no íbamos bien», dice. «Pero ella seguía a su ritmo. Yo no reconocía a la chica de la que me había enamorado, no sabía ni con quién estaba». El proceso se ralentizó un poco cuando empezaron a visitar como voluntarios una de las asociaciones por la integración que colaboran con el Ayuntamiento de Málaga. Incluso hubo un momento en que retrocedió, «empezó a cuidarse otra vez y a salir un poco más de casa para ir a la asociación».

«No voy a cambiar»

En ese periodo, que resultó ser un espejismo, ella se quedó embarazada. «A los dos o tres meses de que naciera mi hijo, volvió a cambiar. Dejó de salir otra vez de casa y se pasaba el día viendo ese tipo de programas en la tele o en el ordenador. Yo no era consciente porque en aquella época no se hablaba mucho del radicalismo. Y ya no podía más», confiesa.

«¿Por qué has cambiado?», le preguntó Adil.

«Es que ahora soy así. Y no voy a cambiar», contestó ella.

Aquel fue el «clic» de Adil. «Me quedé muy tocado con aquella respuesta. Hablé con mis padres y con mi suegra, y empecé las gestiones para el divorcio». Ella le propuso volver a Marruecos para intentar salvar su matrimonio. «Lo intenté. Dejé el trabajo y nos mudamos allí. Estuvimos juntos un tiempo, pero yo ya no me veía en Marruecos y rompimos. Mantenemos buena relación, sobre todo para que el niño, que se quedó con ella, no sufra. Quiero que vaya a una escuela privada, multicultural, y traerlo a España cuando sea mayor para que no le metan cosas en la cabeza».

Adil confiesa que desde entonces sólo ha tenido relaciones con mujeres españolas; «siempre tuve las ideas muy claras desde que llegué. Debes relacionarte principalmente con gente de aquí para integrarte, conocer y comprender la cultura, las costumbres... ». Para él, hay que soltar ciertas amarras culturales e ideológicas. «Si estás en un país que no es el tuyo, tienes que adaptarte. Si no quieres comprender cómo vive la gente aquí y pretendes permanecer encerrado en tu cultura y tus costumbres, es mejor que te vuelvas», resume Adil, quien extrae una conclusión y un par de consejos de su experiencia personal: «Tener tiempo libre te vuelve más vulnerable, porque buscas por ahí. Es mejor estudiar, encontrar un empleo y hacer amigos».

¿Por qué has accedido a hablar?

Para informar a la gente de otra forma de radicalización distinta a la que conocen concluye Adil.

Para el concejal de Derechos Sociales, la clave de la integración está en pasar del multiculturalismo a la interculturalidad. «Pueden parecer lo mismo, pero no lo es», matiza Andrade. «Significa pasar de la coexistencia de las culturas a la convivencia; sólo así podremos darnos cuenta de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa». El empleo, unido al desarraigo, son dos factores decisivos en el proceso de radicalización. «Es más fácil que un persona que no se siente de aquí ni de allí, que cree haber sido abandonada, caiga en la delincuencia o en manos de grupos radicales», cuenta el concejal.

Centros de desradicalización

Karima Ouald Ali asegura que la visión más fanática de la religión está asociada a un «desconocimiento» de la misma y se observa en un perfil muy concreto de los inmigrantes: «Son personas que vienen de una situación económica muy precaria, sin estudios ni trabajo, que viven en zonas marginales. Queremos empezar a trabajar con el ayuntamiento en esos barrios donde hay una exclusión social enorme». Ahí es donde Daesh, que actúa con estrategias «similares a las de una secta», tiene más capacidad de influencia: «Buscan la desconexión del individuo de la sociedad señala Andrade un concepto disruptivo y distorsionado del Islam». De hecho, en Francia, donde la policía ya tiene fichados a 9.300 jóvenes extremistas, el Gobierno va a crear centros de desradicalización.

El plan estratégico contra el yihadismo trata de crear una «contranarrativa de la narrativa» utilizada por Daesh y, para ello, «el mejor instrumento es el testimonio de las víctimas», argumenta el secretario de Estado de Seguridad. Les venden un mundo ideal, una promesa de «emancipación, participación, liberación y devoción», según la fundación Quilliam, que estudia el extremismo violento. La realidad es bien distinta. «Detrás de la pretendida felicidad del Califato se esconde, en realidad, la más brutal forma de esclavitud moderna», añade Martínez Vázquez.

La integración es la clave para impedirlo, sostiene Haris Tarin, uno de los asesores en materia de terrorismo del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que participó la semana pasada en unas jornadas organizadas por el Ayuntamiento de Málaga a las que asistieron los imanes de las principales mezquitas de la provincia. «Los líderes religiosos también pueden ayudar a detectar las señales», subraya en una entrevista concedida a SUR. Los signos que pueden hacer saltar las alarmas, las señales de las que habla Tarin, pueden ser un «progresivo aislamiento social, el abuso del alcohol o las drogas, cuadros de depresión o ansiedad...», enumera el asesor principal de la Oficina de Derechos y Libertades del Departamento de Seguridad Nacional. Que nadie piense en los tópicos tradicionales de la barba. Ahora, el lobo solitario macera su odio «en la intimidad de su habitación, sin que la familia ni su entorno se enteren, y puede estar dialogando y recibiendo órdenes de reclutadores o captadores», dice Tarin.

El perfil, por tanto, es la ausencia de perfil. Puede ser cualquiera, lo que entraña un riesgo de «islamofobia» que rema en contra de la corriente de la integración. «El plan insiste el concejal es buscar mediadores interculturales, líderes con capacidad de diálogo que, al mismo tiempo, sean personas de confianza a las que recurrir si se observan algunas de estas señales». La palabra «en mayúsculas» es la prevención. «Nunca vamos a saber lo que hemos podido evitar. Aunque no es una receta infalible, te ayuda a que no ocurra y, si sucede, a que la propia comunidad musulmana, esos líderes culturales y religiosos, dé un paso al frente y diga: Nosotros no tenemos nada que ver con esto».