El barrio de Capuchinos

Procesión de María Auxiliadora./
Procesión de María Auxiliadora.

Fue un pequeño pueblo que década a década y a partir de los primeros años del siglo XVII supo ceñir a la ciudad en un arco que se iniciaba en el barrio de la Victoria y concluía en lo que fue recinto murado del arrabal

SURmálaga

De la antigua Málaga de conventos, monasterios, cenobios y ermitas de los siglos XV y XVI se conservan todavía muchos restos que ilustran nuestro ayer clerético, así como no pocos rastros de arcaicas toponimias que recuerdan que los barrios, como el de Capuchinos, tomó prestado nombre del convento de franciscanos que se erigió sobre la ermita de Santa Brígida.

El primer convento verdaderamente organizado por los franciscanos capuchinos de Málaga fue erigido sobre una extensa colina de la zona noroeste de la ciudad. Desde la misma construcción, el edificio monacal de grandes proporciones permitió poco a poco diseñar la plaza principal del barrio, luego la alameda del mismo nombre hacia el barrio de la Victoria, la Carrera de Capuchinos en dirección a Dos Aceras, la calle de Capuchinos hasta enlazar con el Molinillo y la de Eduardo Domínguez Avila que lo hizo hacia las huertas de Mangas Verdes.

Barrio de lomas y lometas, de fértiles tierras labrantías entreveradas de los yermos páramos de El Ejido y Puerto Parejo, permitió durante siglos la pacífica coexistencia urbana de tejares, alfarerías y tahonas. Capuchinos fue un pequeño pueblo que década a década y a partir de los primeros años del siglo XVII supo ceñir a la ciudad en un arco que se iniciaba en el barrio de la Victoria y concluía en lo que fue recinto murado del arrabal donde los árabes recogían su ganado, es decir, la enorme explanada entre el río Guadalmedina y la calle Ollerías entre ciénagas, lagunillas y pozos.

Según dejó escrito en una deliciosa y breve monografía sobre el barrio Juan Estrada, desaparecido párroco de la iglesia parroquial de Santa Teresa, «era el año 1619 cuando el padre provincial de los Capuchinos, fray Bernardino de Quintanar, se encontraba en Antequera verificando la visita canónica al convento de dicha ciudad. Estando allí, recibió una carta que le enviaba don Diego Polín, vecino de Málaga, en la que le proponía la fundación de un convento de capuchinos en Málaga. No tardó mucho fray Bernardino en personarse, de manera que la entrevista con el ofertante pudo realizarla prontamente. Era entonces obispo de la diócesis malacitana don Luis Fernández de Córdoba, que antes lo había sido de Salamanca y más tarde arzobispo de Sevilla».

Se preparó con fortuna la entrevista de fray Bernardino, el señor Polín y el obispo. El resultado fue extremadamente beneficioso para el fraile y el ciudadano malagueño autor de la idea de dicha fundación, pues del encuentro se alcanzó la licencia para crearlo y la promesa de ayuda episcopal al proyecto.

Ante tan prometedor recibimiento, se hizo visita de cortesía a los caballeros regidores de la ciudad, a quienes presentaron un memorial del proyecto de fundación. Al hacer la petición y solicitar autorizaciones, ayudas y suficientes apoyos, don Bernardino y el señor Polín tuvieron el buen cuidado de dejar caer sobre la mesa edilicia que el propio rey estaba muy interesado en dicha fundación conventual, de manera que las cosas se obviaron de tal modo que el cabildo municipal celebrado el día 13 de septiembre del citado año concedió cuanto de sus competencias administrativas dependía.

«El señor obispo entregó a los capuchinos una ermita situada en la calle Nueva dedicada a la Concepción de María, donde el 14 del mismo mes y año se celebró la inauguración del convento con la asistencia del prelado Fernández de Córdoba, los caballeros municipales, autoridades y representaciones y gran entusiasmo por parte de la ciudad».

Pese a que las cosas marcharon rápidamente, aquella primera comunidad debió sentirse incómoda por el lugar elegido para su primer asentamiento monástico. Era obvio que la calle Nueva, en medio del alegre y ruidoso mundo del centro urbano, sin huerta además en la que cultivar productos para la alimentación comunitaria, no era óptimo lugar para las prácticas religiosas ni reunía las debidas condiciones para la vida en soledad que era característica de los franciscanos.

Expuesto el tema ante el obispo, de nuevo se buscó un lugar más adecuado. Y éste surgió como consecuencia de una visita que el prelado y el superior realizaron juntos a las afueras de Málaga, concretamente al lugar donde existía desde antiguo la ermita de Santa Brígida, «situada en un cerro al noroeste de la ciudad, junto al camino que conducía a Casabermeja, cerca del Guadalmedina. El lugar dice el cronista Estrada era espléndido, con vistas admirables, y desde él se dominaba la ciudad y el mar».

SOBRE UNA ERMITA

El obispo, complaciente con el provincial capuchino y deseoso de favorecer el desarrollo en la capital de la comunidad franciscana, concedió la ermita; el Ayuntamiento, por su parte, les ofreció todo el terreno que la rodeaba. Así, el día 28 de febrero de 1620, los padres fray Esteban de Lérida y fray Juan de Granada en nombre de la comunidad tomaron posesión de las tierras necesarias para edificar el convento y diseñar la huerta, dejando el resto para que se sirvieran de él sus vecinos. La ermita se transformó en iglesia, se edificó el convento y se trazaron la plaza y calles poco más o menos a como hoy existen, y así, en torno a la iglesia y convento, se formó el barrio de Capuchinos.

Las obras constructivas fueron llevadas a cabo rápidamente, merced a que los pocos vecinos de la zona no sólo alentaron a los frailes, sino que constribuyeron con abundantes limosnas y ayudas para que todo el proceso pudiera ser culminado en el más breve tiempo posible. En efecto, la totalidad del convento e iglesia, diseño de la huerta y realización de todos los servicios indispensables fueron totalmente terminados 12 años más tarde, puesto que «... el día 30 de abril de 1632, conmemoración de Santa Brígida virgen, y en la tarde del siguiente día, en solemne procesión, fue trasladado el Santísimo Sacramento de la antigua a la nueva iglesia».

Le faltaba al cenobio lo que, para entonces, era factor de escasez en toda la ciudad, el agua. Todavía lejano de alcanzarse en Málaga el famoso acueducto de San Telmo primorosa obra de ingeniería del arquitecto José Martín de Aldehuela que costeó el obispo Molina Lario, fue necesario gestionarla, de cuya mejora no sólo se beneficiaron los frailes, sino todo el vecindario colindante.

«Don Baltasar Cisneros, caballeroprincipal y regidor malagueño, entre los muchos favores que había concedido a los religiosos, les procuró el agua, mandando construir un acueducto que la llevase al convento. Los religiosos, agradecidos por éste y otros beneficios, le concedieron el patronato del convento. En los escudos que existen, todavía, a la entrada del presbiterio, puede leerse caramente la inscripción «Armas de los Cisneros».

CAPUCHINOS FAMOSOS

El convento llevó una vida próspera, fue ejemplo entre los de su tiempo por lo crecido de su comunidad y lo edificante de su ejemplo y porque en él, en distintos momentos y décadas, protagonizaron ejemplares vidas de mística piedad diferentes sacerdotes que alcanzaron fama de santidad, ciencia y sabiduría.

Merece destacarse el celo apostólico de los religiosos durante la epidemia de peste que sufrió Málaga durante los años 1636-37. En aquellos días trágicos para la ciudad, los capuchinos cuidaron espiritual y corporalmente a los enfermos que, en número de 800, se albergaron en un hospital provisional instalado en el Molinillo, próximo al convento, y que se llamó hospital de Santa Brígida. Murieron cinco religiosos: el guardián, fray Alonso de Guadix, fray José de Málaga, fray Jacinto de Granada, fray Francisco de Toledo y fray Miguel de Antequera. Sus cuerpos recibieron sepultura en una capilla levantada en la huerta del convento, en la que sin citar nombres ni otros detalles identificativos se leía la siguiente inscripción: «En esta capilla y sitio están enterrados los religiosos capuchinos que ofrecieron a Dios Nuestro Señor sus vidas, por ayudar corporal y espiritualmente a sus próximos, en la peste que padeció Málaga en el año 1637».

Esta eventualidad histórica que durante generaciones pasó de padres a hijos y quedó magnificada con el paso de los tiempos fue la que concedió a los franciscanos capuchinos y a su convento e iglesia la enorme popularidad devocional que los capuchineros de hace más de tres siglos y medio le dispensaban. Y sigue la crónica:

«Gozó de tanto prestigio este convento, que el ilustrísimo señor obispo, fray Francisco de San José, intentó construir en él una celda para su retiro, para lo cual obtuvo licencia del provincial el 11 de septiembre de 1705. Pero habiéndose presentado diversas dificultades, murió el prelado sin conseguir su intento. En el año 1638 se fundó en este convento la casa-noviciado de la provincia, y en 1701 tuvo principio la Venerable Orden Tercera de San Francisco».

DESAMORTIZACIÓN

El periodo desamortizador del siglo XIX afectó a los franciscanos capuchinos. Obviamente, por esta misma circunstancia histórica pasaron la totalidad de conventos, monasterios, cenobios y la propia mitra malacitana, que vieron de qué manera se les expropiaban sus bienes raíces, su patrimonio inmobiliario no de culto, así como sus tierras. Fue el año 1835 el de la exclaustración de la, para entonces, numerosa comunidad. «Los capuchinos tuvieron que abandonar el convento. La iglesia pasó a poder del Obispado. El Estado se apoderó del convento, edificando sobre él un cuartel y dejando para uso del templo una parte del claustro, que se conserva, y algunas celdas monacales».

La anécdota, menuda si ustedes quieren mas en cualquier caso relevante por su significado, fue que «en una de estas habitaciones quedó como camuflado el padre José de Vélez, religioso de grandes virtudes, que vivía en la mayor pobreza dándolo todo a los pobres y dedicado a la conservación y culto de la iglesia en espera de que volviesen sus hermanos capuchinos. Era un apóstol de la Divina Pastora y a él se debe la fundación de la hermandad, que tenía por objeto mantener el fuego sagrado de la devoción y formar un coro que cantase en sus funciones, celebradas los primeros domingos de cada mes, y en la novena, que tenía lugar todos los años».

Anteriormente a este fray de Vélez y está suficientemente recogido en las crónicas franciscanas capuchinas otro gran apóstol de la Divina Pastora fue el beato Diego José de Cádiz, en el mundo José Caamaño y García, nacido el 30 de marzo de 1743. Este capuchino, que tuvo dificultades para entrar en la orden dada su escasa preparación cultural, terminó siendo un brillantísimo orador sagrado, un hombre de relevantes conocimientos teológicos y un destacado misionero urbano. Precisamente, y desde su llegada al convento del barrio en 1773 en el que permaneció dos años, estableció su centro misional, desde donde partió muchas veces a distintos territorios andaluces para realizar su labor misionera. El paso de este santo por el convento de capuchinos de Málaga fue, sin duda, otro de los timbres de popularidad de la casa capuchina.

Dos momentos culminantes vivió el barrio de Capuchinos a lo largo del siglo pasado, pues si de una parte las leyes desamortizadoras de Mendizábal y Madoz obligaron a los frailes a su exclaustración con abandono del convento, por otro significó, tiempo después, la incorporación de las clarisas. Ambos acontecimientos jugaron un papel importante en el devenir del conjunto urbano y ciudadano capuchinero que allí creció. En todo caso y aunque intentos hubo de borrar para siempre el nombre de la plaza, la alameda, la carrera y la calle de Capuchinos en distintos momentos revolucionarios el tercer barrio de Málaga nunca llegó a perder su nombre de origen. Tampoco las calles que lo recordaban. En efecto, con la entrada en vigor de las leyes confiscadoras, y una vez que la comunidad tiene que abandonar de urgencia el claustro, el convento se convirtió en el gran acuartelamiento militar de la ciudad; de nuevo, pues, los capuchinos prestaron nombre al edificio, que para muchos vecinos de hoy es de quien el barrio recibe nombre y no del primitivo convento, lo cual es explicable error.

La revolución de septiembre de 1868, conocida como «La Gloriosa» y que llevó al exilio a la reina Isabel II, afectó igualmente a muchos monasterios malagueños, entre ellos al de las monjas clarisas. Esta comunidad fue forzada a vivir junto a sus hermanas rondeñas desde 1868 hasta 1889, en que, según la crónica disponible, retornaron al barrio ayudadas por el obispo Spínola y Maestre, encargándoles de la custodia de la iglesia como propia de su convento. Fueron estas monjas las que, a partir del año ya citado, custodiaron la imagen de la Divina Pastora, verdadera copatrona capuchinera con María Auxiliadora y a quien la ciudad debe su devoción a la imagen que todavía se venera en la hornacina del altar mayor de la parroquia titular de Santa Teresa.

BARRIO ENTRE BARRIOS

Capuchinos nació con vocación de barrio entre barrios, sin duda. Sus límites, según ya quedó comentado, eran Victoria, Molinillo, Mangas Verdes y El Ejido con Puerto Parejo. En datos de 1845, cuando la ciudad tenía 72.931 vecinos repartidos en 6.870 casas y éstas, a su vez, se ubicaban en 301 calles, el barrio capuchinero pertenecía al IV Distrito, Santa Ana, integrado por el barrio de la Alcazaba, Muelle Viejo, Malagueta, Campos de Reding, camino y población de El Palo, Barcenillas, Amargura, Cristo de la Epidemia, alameda de Capuchinos y Ejido.

Por estos datos socio-urbanos se extrae la consecuencia de que, todavía y para entonces, la Carrera y calle de Capuchinos serían, en todo caso, vías en formación no densamente habitadas. Claro está que los censos municipales de la época presentaban lagunas importantes; aun así y todo, queda la sospecha de que Capuchinos no había alcanzado pleno desarrollo ocupacional al no reflejarse dentro del Distrito IV calles fundamentales del mismo, entre las cuales figuraron más tarde las aludidas Carrera y calle de Capuchinos, Eduardo Domínguez Avila, el popular «Caminillo de las Pencas» hacia el viejo Camino a Casabermeja, alameda del Patrocinio, así como Alcaide de los Donceles, Escobedo, Huerta, Doña, Molino, Argüelles, Zaragoza, Arapiles, Prolongo, Hurtado, Cuervo, Cauce, Palafox, Santa Leocadia, Pastora, callejón del Lucero, Postigos, etc.

De desarrollo lento, puesto que son entonces muchas las direcciones en que aquella parte de la ciudad podía extenderse, Capuchinos comienza a poblarse a partir del primer tercio del siglo XVIII. No obstante, para aquellas décadas las huertas y terrenos fértiles para la siembra eran muchos y muy productivos, especialmente generosos para la patata, verduras y flores y, por extensión, para el establecimientos de vaquerías por l abundancia de pastos para el ganado. Su desarrollo urbanístico comienza, pues, por un perímetro central cuyo eje lo marcó la calle principal capuchinera, su alameda, que discurre desde la plaza hasta la misma e histórica Fuente de Olletas.

Las huertas capuchineras van desapareciendo a medida que invade su territorio la construcción de viviendas, pero durante los decenios finales del siglo XIX y primeros del XX huertas, vaquerías, tahonas, alfarerías, tenerías o curtidurías, junto a otras industrias menores relacionadas con el consumismo de entonces, forman parte de un mismo paisaje urbano.

A la derecha del barrio en la dirección de Olletas, El Ejido, y a su izquierda, Mangas Verdes, se mantienen todavía las labores artesanales y huertanas. Las dos primeras, y por la proliferación de industrias, llegan a extenderse hasta Puerto Parejo, límite con el territorio victoriano, a cuyo extremo también se hallaban las lagunas de las que se extraía la popular arcilla verde-gris que dio justa fama no sólo a la cacharrería doméstica, sino a la tejera la calle Tejeros confirma esta cualidad industriosa en dicha localización, que conocimos hasta los primeros años cincuenta de la presente centuria.

La tipología humana capuchinera era de composición varia, pues coexistieron vecinos de la clase media y media-baja que ocuparon discretas casamatas, y gente de aluvión que vivieron en corralas, corralones o edificios de dos plantas con patios interiores o alegres y risueñas galerías formadas por balconcillos, antepechos y ventanas interiores. Menudeaban las viviendas altas con cierros muy lucidos y hasta elegantes, balcones y antepechos exteriores, así como algunas que lucían artísticas rejas andaluzas muy bien labradas en forja, portalones con enormes y dorados picaportes y puertas de cerradura que se accionaban con gruesas llaves de hierro. Muchas de sus pequeñas y populares viviendas se alzaban sobre no muy sólidos cimientos, teniendo en cuenta que en muchos casos y en el origen de las mismas eran edificaciones de labor que con el tiempo llegaron a transformarse en verdaderas habitaciones familiares. Otra particularidad arquitectónica eran los muros rellenos de cantos rodados procedentes de antiguos arroyos, desecho de materiales o tierra y arena encaladas, de manera que cuando una pared maestra se venía abajo, corrientemente tiraba de la parte inferior de los muros dejando ver antiguos cascotes de arcaicas huertas y hazas.

Toda la extensión de El Ejido o «Lejío», según siempre lo denominaron los malagueños en general y capuchineros en particular era un verdadero gueto de la trashumancia gitana andaluza. A El Ejido se podía tener fácil acceso por cuatro puntos principales: la calle Carrión a través de la de Refinos, la de los Negros por la Cruz Verde, Puerto Parejo por la plaza del Circo y calle Mendizábal, o subiendo por las escalinatas de La Boquilla al iniciarse la alameda de Capuchinos. Existían otros accesos, pero dificultosos y complicados teniendo en cuenta que eran prácticamente veredas para borricos faeneros; el lugar más peligroso siempre fue la calle Arapiles, de traza irregular formada por la alineación de las edificaciones de la alameda de Capuchinos, cuyos patios traseros abrían puertas a las lagunas o ciénagas de los tejares.

VIVIR BAJO TIERRA

Entre los años cuarenta y cincuenta de este siglo las familias gitanas que ocupaban las cuevas de El Ejido tanto las del lado de Puerto Parejo, Tejeros y calle de los Negros llegaron a ser 150, número que durante muchos años se mantuvo en Málaga como estadística oficial y constante cuando, en distintas ocasiones, se intentó la erradicación de aquella forma de chabolismo primitivo.

Las cuevas se labraban abriendo sobre los desmontes, colinas, oteros y riscos de entonces, a base de pico y pala, grandes aberturas sobre la compacta tierra. Bastaba para ello que dos o tres hombres del mismo clan gitano se aplicasen a la tarea varias noches seguidas, no más, entre otras razones porque las autoridades de la época prohibían aquella forma de habitación por las negativas situaciones sanitarias que provocaban su existencia. Por esta razón, muchos de los citados «albergues» se construyeron de viernes a lunes y durante las horas nocturnas.

Horadado el tierno y dócil trozo de monte elegido, la abertura permitía la entrada a una persona no demasiado alta. Al fondo del habitáculo reducido en principio y ampliado poco a poco después podrían disponerse de cuatro o seis metros cuadrados con altura de poco más de un metro. Cuando había que excavar para hacer una cueva para una familia numerosa o dos distintas de un mismo clan, la pieza podría alcanzar en su interior de doce a dieciséis metros cuadrados, con separación del «estar-comedor» y el dormitorio.

Los más aseados usuarios de ellas solían blanquear la entrada con cal viva, aplicaban ladrillo visto a su arco de ingreso y a ciertas zonas de la pieza, y tendían sobre el suelo unos rectángulos o circunferencias de trenzado de pita y esparto seras y serones que en la mayoría de los casos procedían de su atalaje faenero que les evitaba la humedad. En casos muy poco frecuentes se labraba en el exterior de la covacha una zona de cocina para impedir que los humos entrasen al interior del primitivista templo familiar.

Sin recursos ni posibilidades para eliminar las excretas, utilizaban en invierno bacines que, una vez llenos, vertían sobre el descampado. Y aquella acumulación escatológica progresiva, junto a las aguas de uso doméstico que transportaban en barreños o baldes desde las fuentes públicas de calle Prolongo o de la plaza del Circo, formaban unos arroyos pestilentes que bajaban, según la situación de las cuevas, por la calle de los Negros, Puerto Parejo, Tejeros y gran parte de la de Arapiles, Prolongo y la misma Boquilla capuchinera.

La situación de penuria social que describía El Ejido, el lamentable discurso estético con que habló el terreno durante tantos decenios, la persistente presencia gitana en el lugar, la trashumancia de unas familias que relevaban a otras junto a las raíces que en el lugar habían echado otras que vivían con carácter permanente, trajo como consecuencia el desarrollo lento de un gueto de miseria y piojismo en el que finalmente quedaron integradas familias «cristianas» o payas con los mismos problemas de habitación y falta de promoción social que las primeras.

Como nutrido gueto que era el «Lejío», allí se extrañaba a cualquiera que no perteneciera a él. Las relaciones entre payos y gitanos fueron siempre y en todo momento difíciles. A puntos tales, que frecuentemente se veía bajar por la cuesta de Capuchinos y en dirección al Hospital Civil, o por Cruz Verde y el Altozano en dirección a la casa de socorro de Lagunillas, a cohortes de vecinos que, habiéndose aporreado con dureza, urgían yodo, puntos de sutura y vendas...

De El Ejido salieron no pocas generaciones de jóvenes gitanos a casarse «por la Iglesia» en la Victoria, San Felipe o Santa Teresa en realidad siempre se le llamó iglesia de la Pastora, siendo aquellos fastos de tres días y sus correspondientes noches de fiesta y bullanga ocasión que reunía a centenares de gitanos procedentes de Motril, Salobreña, Almería, Granada, Córdoba y Jaén, además de otros muchos que subían desde sus villalatas de Cruz Verde, el Altozano, Arroyo del Cuarto o las Esterqueras.

Las dos dimensiones tipológicas y sociales del barrio de Capuchinos fueron, de una parte, su censo de vecinos de clase media baja, que ocupaban la alameda, carrera y calle de Capuchinos; su sector obrerista, en las de Palafox, Eduardo Domínguez Avila, Santa Leocadia, Pastora, Cauce o «Cáu», caminillo de las Pencas y viejo camino a Casabermeja incluida la calle Peinado. Y todo aquel conjunto en apariencia integrado rechazaba mantener relaciones con el cosmos humano que representaba El Ejido.

Los casi 375 años de existencia del barrio dejan atrás, efectivamente, mucha historia local. Porque, si de un lado, el protagonismo franciscano capuchino fue el verdadero orien del mismo, el del cuartel del mismo nombre también influyó sobre su definitivo carácter. Igual ocurrió con el cuartel de Caballería, situado al final de la Carrera de Capuchinos y al término de la calle Dos Aceras, el de Artillería en la de Peinado y el de Intendencia, al iniciarse la antigua carretera de las Pedrizas. Fue, por tanto, un barrio en el que la actividad relacionada con la milicia resultó factor de animación.

LLEGAN LOS SALESIANOS

Quizá el acontecimiento más importante del barrio ocurrió cuando el canónigo Eduardo Domínguez Avila creó a sus expensas un asilo para niños necesitados en la calle que posteriormente fue bautizada con su nombre. Allí, mientras el sacerdote pudo personalmente ocuparse del albergue, recibieron asistencia alimentaria y educativa numerosos niños no sólo del barrio, sino de otros distintos de la ciudad. Pero, habiendo enfermado, tuvo que abandonar su patrocinio. Fue entonces cuando se hicieron cargo del establecimiento los Salesianos, que primitivamente se habían establecido en calle Refinos y que posteriormente, al hacerse cargo de la gobernación del centro a petición del Obispado y la Beneficencia Municipal, crearon sus populares escuelas, oratorios y templo de María Auxiliadora.

Ello representó la transformación cultural de Capuchinos, pues al disponer de un centro de preparación en los oficios de entonces a los niños capuchineros crearon al mismo tiempo un activo centro de convivencia que alcanzó con los años enorme popularidad dentro y fuera de los límites capuchineros.

Otros colegios fueron el establecido en el viejo Cuartel de Caballería entre la Carrera de Capuchinos y la calle Refinos, y, desde luego, el Grupo Escolar Cervantes, en la alameda principal del barrio. Como tercer centro cultural capuchinero afamó la miga de doña Paulina, situada en una discreta y muy bien conservada casamata de la alameda, hacia el número 14. A ella acudieron durante varios decenios inquietos parvulitos a quienes la maestra iniciaba, entre cánticos, en la tabla de multiplicar, los ríos de España y sus cordilleras y los límites espaciales de sus fronteras.

Con el tiempo, otra destacada institución de enseñanza fue el colegio de la Divina Pastora, momento que marcó un hecho estelar al proporcionar aula de escolaridad a los niños del barrio. El colegio hizo historia no sólo por lo que representaba de oferta educativa, sino porque las monjas clarisas paliaron, con su nueva dedicación, su vida de absoluta y recoleta clausura.

Un último establecimiento de carácter popular en la verdadera acepción de la palabra era la academia de baile de Manolo Galiani, en la que muchas niñas acudían mañana y tarde buscando una preparación para la danza y el canto andaluces con vistas a «hacerse artistas» y triunfar en los escenarios. Galiani dirigiendo el baile y el cante y su ayudante «Rafalito» poniendo música desde el piano para acompañar las clases con cientos de interrupciones a causa de las torpezas de que hacían gala las nenas, eran sesiones que animaban la vida en tiempos difíciles.

RUMORES PROPIOS

Era un barrio con rumores propios. El primero de ellos reloj puntualísimo y fiel que anunciaba a los vecinos las siete de la mañana procedía del tranvía de la línea de Circunvalación, que con su trepidante y escandaloso tránsito ponía en pie incluso a quienes no tenían necesidad de madrugar. El segundo rumor conocido y esperado se producía a las nueve menos cuarto y estaba a cargo de anónimo incitador al desayuno con su monocorde: «¡A la rica torta de Algarrobo marca Rivas». Le seguían a distintas horas el botijero, con labores de La Rambla; el hojalatero, el afilador, el lañador y el sillero, ofreciendo reparar in situ recipientes de uso doméstico, tijeras o cuchillos, restaurar lebrillos y orzas y echar culeras a las sillas de anea. Pregonaba luego con un cántico conocido y familiar el cenachero, al gritar los menudos y plateados pescados de la mar de Málaga. Y el vendedor de moras el suculento fruto entregado a los niños en hoja de higuera. Y el hombre del carrito de mano ofertando «la buena tierra pa macetas, buena tierra de los Montes». Y el ambulante, escéptico y paciente almonedero requiriendo la compra de «relojes, pulseras, zarcillos, cosas de dublé y dentaduras postizas». E igualmente el colchonero, que prometía «gobernar» a buen precio y a pie de vivienda «somieres enterizos y flejes partíos». A estos rumores había que añadir, durante el buen tiempo y a partir de las últimas horas de la tarde, la musicalidad entrecortada que procedente de los organillos invadía las calles desgranando en ellas alegres notas de valses, mazurcas o pasodobles que invitaban a la danza tanto a jóvenes parejas como a muchachas que lo hacían también emparejadas.

Sus pregones eran parte de la misma vida capuchinera, sus más conocidas canciones urbanas y en cierto sentido su propio espectáculo vital. Especialmente, cuando en primavera aparecían distintos clanes familiares de trashumantes «húngaros» que hacían realizar monerías a la vieja cabra de siempre y a sus chiquillos, con un año más cada temporada, hacer el pino en medio de la calle mientras el padre hacía sonar la trompeta y la madre repiqueteaba baquetas sobre el tambor llamando a la gente para presenciar el número y solicitar luego una moneda.

COMERCIOS E INDUSTRIAS

Muchos fueron los hitos industriales y comerciales del barrio en los cuales transcurrió gran parte de la vida vecinal. En la Carrera de Capuchinos, la taberna La Campana; en la plaza del mismo nombre, Alaska; en la esquina de la plaza con Eduardo Domínguez Avila, Casa Cañete; en la alameda, El Matorral, y al iniciarse la cuesta de Capuchinos, la casa de comidas de Ortega; destacaron igualmente los pequeños ultramarinos Casa de Mariquita y Casa de Andrea, la confitería Aparicio, la freiduría Casa Enrique y la carpintería de Fernando. Otros establecimientos populares fueron: en la Carrera de Capuchinos, Casa del Tranviario, el tostador de cebada de las hermanas Mérida, la casa de Diego el Bollero (calle Hurtado), el zapatero remendón y antiguo torero Cara Ancha y la fábrica de calzado y correajes militares de los Muñoz.

Tres corralones notables eran el del Cuartel de Caballería, del Perro Negro y el de Micaela, los dos últimos situados, respectivamente, en la carrera y la alameda. De sus panaderías destacaron, sobre otras muchas cualesquiera, las de La Boquilla y también la de Rosales, respectivamente en en las calles Arapiles y Eduardo Domínguez Avila. La que fue única y exclusiva industria del barrio se llamó Cartonaje y Vidrio, dedicada a la elaboración de envases farmacéuticos y que empleó a considerable mano de obra femenina en años difíciles.

Otros nunca olvidados establecimientos frecuentados por la casi totalidad de los vecinos capuchineros en virtud de los servicios que prestaban fueron el quiosco del Chato, en la plaza, con su mercadería de castañas, batatas asadas, madroños, palodú y caramelos adoquines en invierno, chumbos en el verano y arropías y «papas de menta» durante todo el año. La posada de la Cuesta de Capuchinos, que con sus panes blancos, sus huevos de campo y su poquito de aceite de Colmenar productos facilitados con cuentagotas a los parroquianos en tiempos de escasez creó dependencia entre la vecindad.

Por último, y entre otros establecimientos populares, la barbería de Pepe Gallo, tan hablador y activo como seguidor constante de los colores del C. D. Málaga, con sus polémicas versiones sobre los partidos de la época. Y en otro estilo de comercios, el telar de Modesto Escobar, la muy antigua fábrica de medias de Triviño y la farmacia de don Aureo, en la que destacó, desde muy joven al ingresar de mancebo, el popular Paco Gómez.

Los jueves, hacia las dos de la tarde, bajaban por la alameda de Capuchinos los seminaristas. Iban de dos en dos y en una doble fila paralela ocupando prácticamente toda la acera de la calle. Con sus sotanas y bonetes negros, cruzada sobre el pecho la roja beca que les caía porla espalda, los niños les llamaban «salmonetes». Los veíamos cuales angelitos puros, sin mácula ni mancha del arroyo común, y se dirigían al Hospital Civil Provincial San Juan de Dios a dar consuelo y compañía a los enfermos del «papel de pobre» que allí se encontraban encamados, la mayoría de las veces sin familiares que fueran a verles.

Tres acontecimientos echaban a la calle a sus vecinos. Eran las procesiones de la Divina Pastora, la de María Auxiliadora con San Juan Bosco y el seráfico Dominguito Savio, y las verbenas vecinales de primavera, en las cuales se celebraban los que fueron famosos concursos de patios y balcones adornados que compitieron con los que tenían lugar en la Trinidad y el Perchel.

Y a diario algún que otro entierro hacia San Miguel. Carrozas de dos, cuatro y a veces seis caballos con jaeces negros y negras gualdrapas, también el auriga, en lo alto del pescante, iba de respetuoso frac negro. La caballería lucía sobre sus inquietas cabezas altos penachos de plumas de luto y las acristaladas carrozas, que suscitaban miedo en los chaveas, eran verdaderos túmulos rodantes con sus tallas alegóricas a la distinta simbología de la muerte. Las mujeres santiguábanse y los hombres, respetuosos, se desgorraban a su paso.

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