Las pasiones según Liébana

Rafael Ruiz Liébana. /Migue Fernández
Rafael Ruiz Liébana. / Migue Fernández

El niño que sorprendía en la pizarra con sus dibujos iba para mecánico, pero se le cruzó un trono y la madera fue desde entonces su patria sin fronteras. El mejor intérprete del barroco según Málaga ha hecho casi de todo en arte cofrade, y también avionetas acrobáticas que ha pilotado. Una antológica recorre la obra de un tipo renacentista para el que ni la Toscana ni el barroco tienen secretos.

JOSÉ VICENTE ASTORGA

Es un malagueño con cuna en Almería porque allí nació en el 38, un año después de emprender sus padres un camino incierto tras la desbandá. Volvieron a la ciudad desvencijada de posguerra sin demasiadas expectativas, como se habían ido. «Vivíamos en la Trinidad más pobres que las ratas», aboceta una infancia, feliz pese a todo, en una casa junto a la sacristía de Santo Domingo. Su padre, trabajador eventual del puerto, se esforzó mucho para pagarle un colegio privado (el de San Pedro y San Pablo) donde ya alertó con sus dibujos de pasajes bíblicos en la pizarra. Fuera del pupitre cuenta que se sacaba unas perras gordas para las chucherías pintándoles escudos de fútbol a otros niños. Fue el más remoto de los muchos trabajos alimenticios que le esperaban antes de consagrarse. El principio fue el dibujo, centro de su arte. «No se puede ser escultor o tallista sin saber dibujar, y si además no te mueve la pasión por lo que haces, si no te enamoras de tu trabajo como si fuera de una mujer», sentencia sobre su idilio con las tres dimensiones, siempre con su taller sin horas abierto a todos. Talla, escultura, dorado, estofado, fundición, diseño, retablos, óleo... nada se le ha resistido a quien se sigue viendo como aprendiz marcado a fuego por la divina Italia. «Conozco mejor la Toscana que Málaga», se vanagloria de compartir con cinco siglos de retraso la huella de gigantes con Miguel Ángel en cabeza. «Sólo me falta vestirme como en el cinquecento para ser uno de ellos», se reencarna vecino de Siena o Florencia, a las que viaja desde hace cuarenta. Aterrizó allí de la mano de los artesanos florentinos que le proveían de oro fino para sus trabajos cofrades, con los que mantiene una gran amistad.

Desde niño quería ser mecánico como unos tíos suyos . «Yo aprendí a conducir un coche con nueve años», acentúa la precocidad de una pasión que pasó por la antigua Escuela Franco -es alumno de honor-y que, cuando la cuenta corriente le sonrió, le permitió disfrutar de Ferrari propio. La visita con su padre al taller donde Andrés Cabello tallaba el trono de La Esperanza lo cambiaría todo. De las bielas pasó a la gubia junto al que considera su segundo padre. De él aprendió que debía dominar todas las facetas más allá de la talla «para no depender de otros». «Sus hijos me dicen que yo soy su hermano mayor», reconoce un lejano afecto sin fisuras. El sector ebanista de la familia ganó la partida al de los tíos mecánicos, pero su elección de la madera nunca dejó de lado la teoría y práctica de todo aquello que se moviera, volara o tuviera motor que mejorar. Corrió en el Parque con las mismas motos que el mismo preparaba, y ha pilotado las avionetas -cinco- que construyó a partir de unos planos en los años 90, donde ganó tres veces los rallies aéreos de Andalucía. «Perdí a ocho amigos míos porque era algo muy peligroso, y también fui campeón de tiro hasta que me aburrí de ganarlo todo, y es que no había reglas muy estrictas», relata el resultado de haber tallado una empuñadura anatómica e infalible para su pistola. «Eso y el pulso excelente que me sigue acompañando...», dice estirando el brazo. Su camino antes de la gloria cofrade reúne mucho arte también para pagar las facturas del día a día. Ha expuesto y vendido «como rosquillas» marinas, los anticuarios le pedían madonas rafaelistas, repisas florentinas o espejos rococó a quien talló la cama de los reyes Fabiola y Balduino para su residencia de Motril. También creó figuras de bronce que vendía un galerista de Nueva York en las Torres Gemelas. Fue el prólogo a su entrada en el olimpo de los tallistas con el trono del Cristo de la Sangre, hace dos décadas. Lo consagró como el mejor intérprete del barroco según Málaga y el gran Antonio Garrido Moraga. Una sacudida muy trabajada, del diseño al dorado, para quien no se resignaba a ser «el de las chapuzas , cuando no había dinero y todo era poner parches a los tronos viejos», recrea un pasado ya lejano ante los viejos amigos a los que hace de cicerone en la antológica abierta en San Julián, 126 obras, pero cerrada los fines de semana. «No son ni el uno por ciento de lo que he hecho», dice sobre una producción con huella más allá de la provincia y que lamenta que no hayan podido ver amigos llegados de Italia, «que se cansaron de aporrear la puerta». «Medio trono del Mutilado es mío porque mi maestro estaba allí de profesor», revela obra poco conocida el imaginero al que no le importa demasiado su propia imagen de buena persona, espíritu inquieto a los 81 años, estudioso incansable y dueño de una caja de herramientas única como autodidacta en el arte religioso o profano.

Piloto

Si en el primero el resultado de su gubia lleva al estado de ingravidez a muchos cofrades, la pasión por la ufología -«Es imposible que estemos solos en el Universo»- fue para este amigo del pionero JJ Benítez la razón para sacarse la licencia de piloto, y construirse además sus propias avionetas -500 kilos, 200 Km/hora, 6,6 G-, hoy jubiladas en el museo de la aviación, cerca del aeroclub donde también se dedicó al mantenimiento de aparatos. La aeronáutica para él no es cosa otro mundo. «Gracias a las técnicas de construcción de un avión sé cómo hacer mejor una peana de carrete», apunta claves sólo para los muy entendidos. Los diseños de aviones comparten espacio en San Julián con tronos, arbotantes, peanas, cabezas de varal, hachones, cristos y vírgenes creadas por el escultor que, después de Pedro de Mena, es el que más obra tiene en la Catedral. También la mitología le ha abducido. El mascarón de proa del Juan Sebastián Elcano luce esa diosa Minerva a la que dio nueva vida en 2009. La Virgen de la Paloma, el trono del Cristo de la Buena Muerte, el trono del 'Chiquito', el de Jesús 'El Rico' son parte de su legado en tierra firme en el que no faltó la formación de monitores de escuelas taller. La sintonía de su móvil, un volteo de campanas, pone final a la visita.

-¿Y proyectos?

-Seguir aprendiendo. Yo ya tengo 'to el pescao vendío'.