Padre Ángel: «Nunca en la historia hubo tanta solidaridad como ahora»

El padre Ángel, entre Manuel Azuaga (izquierda) y Julio Millán/ Félix Palacios
El padre Ángel, entre Manuel Azuaga (izquierda) y Julio Millán / Félix Palacios

El fundador y presidente de Mensajeros de la Paz insiste en la necesidad de esa ayuda colectiva porque «ese fenómeno crea riqueza en los países»

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Su íntimo convencimiento de que «un mundo mejor es posible» no sólo da título a su último libro, sino que ha inspirado todos y cada uno de sus pasos desde que en 1962 alumbrara Mensajeros de la Paz: hoy, ese proyecto es una realidad que sigue alimentándose de ese impulso de solidaridad que –insiste– «nunca en la historia había sido tan grande como hasta ahora». Y ese cambio que percibe el padre Ángel García Rodríguez, más conocido como el padre Ángel, ha sido posible gracias a un motor que en su caso sigue funcionando con la misma energía que el primer día: «Tenemos que abrir la mente y el corazón, y no hacer caso a los agoreros. Si yo lo hubiera hecho, no hubiera dado este paso hace más de 50 años».

De ese primer paso, y también de todos los cientos que han venido después hasta dejar su huella en más de medio centenar de países, ha hablado el padre Ángel en Málaga, donde la organización tiene dos casas y en el marco de una conferencia organizada por Unicaja Banco. Porque, en efecto, Mensajeros de la Paz se ha convertido hoy en una «auténtica multinacional de la solidaridad», tal y como avanzaba en su presentación el presidente de Unicaja Banco, Manuel Azuaga, convencido además de que ese impulso social ha de ser «compartido e impulsado» por entidades como la que él lidera.

«Hace más que habla»

Y ese «hombre de Dios, carismático y libre que hace más que habla», en palabras del presidente de la ONG en Andalucía, Julio Millán, dejó constancia, a través de datos pero también de su propia experiencia, que la sociedad «tiene ganas de mejorar la vida de las personas, en especial de los más desfavorecidos». Como ejemplo, el padre Ángel dejaba sobre la mesa un dato que, cuanto menos, invita a la esperanza en estos tiempos convulsos: «El 6% de los mayores de 18 años en España son voluntarios. Seis millones de personas. ¡Si esto no es solidaridad que baje Dios y lo vea!», celebró el fundador de Mensajeros de la Paz, cuya labor ha sido distinguida con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y que mide sus logros también en cifras: 3.900 trabajadores en plantilla, 4.000 voluntarios y 54.000 niños y jóvenes y 12.000 personas mayores atendidas en sus centros.

Pero esa estrategia colectiva de sumar y de arrimar el hombro no sólo ha hecho que, a su juicio, «hoy en día haya descendido extraordinariamente la mortalidad infantil, haya menos analfabetismo o que las muertes por falta de alimentos se hayan reducido de las 30.000 a las 15.000 en un solo día», sino que además representa un activo intangible para todos los países: «La solidaridad es un fenómeno que crea riqueza más allá del PIB, porque mejora la vida de las personas». Y añadía: «Nunca antes había habido tantos Vicentes Ferrer, ni tantas Teresas de Calcuta, pero sobre todo tantos cooperantes anónimos que ayudan en todos los rincones del mundo».

En ese espacio para la esperanza, el padre Ángel encuentra un hueco para todos, porque en el entorno más próximo también puede hacerse «mucho bien»: «El reto es mejorar la calidad de vida de los que tenemos a nuestro alrededor», animó. O lo que es lo mismo, estar cerca de los desfavorecidos como ancianos o pobres. «Cuando voy a la residencia de Mensajeros de la Paz y beso la frente de alguno de ellos se me cae el alma a los pies cuando me dicen que han olvidado la última vez que alguien les dio un beso», admitió el padre Ángel tras extender esta necesidad de tener un gesto «con los que sufren», por ejemplo, a su iglesia de San Antón en Madrid, convertida en un enorme centro de puertas abiertas «para los que no tienen nada». «A veces sólo necesitan que pasemos por allí para darles una palmada en la espalda; ver que no cruzamos de acera o que después de tocarlos nos lavamos las manos», dijo después de un contundente «hay que querer y dejarse querer».

Y es esa estrategia –insistió– «la que tiene que inspirarnos a todos», porque a pesar de esos avances desde el lado solidario el padre Ángel también dejó realidades que dan que pensar: «Es un crimen que en el siglo XXI sigan muriendo hombres, mujeres y niños por falta de alimento y de agua». Y por vivir donde esa solidaridad (aún) no llega.