El liderazgo de la UE genera un cisma entre los populares y solivianta al Este

Juncker besa a Timmermans. /Efe
Juncker besa a Timmermans. / Efe

Los conservadores obstruyen la cumbre tras rebelarse contra Merkel por aceptar un plan que entregaba a un socialista el Ejecutivo comunitario

Salvador Arroyo
SALVADOR ARROYO

El club de Visegrado, esa sociedad que integran Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia, también conocida como el 'eje del mal' por una deriva política reaccionaria que rechaza la migración y el centralismo de Bruselas, desplegó este domingo toda su aversión hacia Frans Timmermans. El socialista había resucitado como el candidato mejor posicionado para ocupar el despacho de Jean-Claude Juncker, tras un principio de acuerdo pergeñado el sábado en Osaka entre Francia y Alemania.

El apaño sacaba aparentemente de la partida a la liberal Magrethe Vestager, quien se perfilaba como la única aspirante que podría romper las fricciones entre progresistas y conservadores. La sorpresa de Timmermans -no hay que olvidar que hace apenas una semana hasta Pedro Sánchez, su valedor, lo descartó- tuvo la reacción esperada de Budapest y Varsovia: su feroz oposición hacia el neerlandés que, como vicepresidente de la Comisión Europea, ha denunciado sistemáticamente a sus Gobiernos por socavar el Estado de derecho.

Pero hubo otro problema aún más grueso motivado en una reacción que también se esperaba: ese 'si yo no presido la comisión pese a ganar las elecciones, tampoco tú que fuiste segundo'. Simplificando: los populares ser rebelaron contra Merkel. Tal fue su rechazo al 'paquete de Osaka', que la cumbre que debía arrancar pasadas las seis de la tarde lo hizo tres horas después, a las 21:20 horas. Previamente se habían intensificado las reuniones entre los seis negociadores socialistas, conservadores y liberales con distintos líderes. Todas las señales apuntaban a un nuevo fracaso. Se advertía incluso que la decisión podría posponerse a otra cumbre extraordinaria este mes o dejarlo para septiembre.

La cuestión es que los principales líderes de la UE (Emmanuel Macron, Angela Merkel, Pedro Sánchez.) habían llegado a Bruselas con el rompecabezas aparentemente resuelto. Con una estructura más o menos compacta para desbloquear el reparto de cargos del nuevo ciclo político. Necesitaban que saliera adelante con una mayoría cualificada reforzada, el 71% de apoyos del Consejo Europeo (21 de los 28 Estados miembros y, en todo caso, representando al 65% de la población de la UE). La estructura en cuestión, respondía a este esquema: la presidencia de la Comisión Europea se entregaba a los socialistas (Frans Timmermans). Los populares se reservaban los cinco años de mandato en el Parlamento Europeo (Manfred Weber), pero también la Alta Representación en Exteriores (con la exvicepresidenta de la Comisión, Kristalina Georgieva).

Y los liberales, tercera fuerza política, se hacían con el mando del Consejo Europeo, para el que las quinielas situaban al primer ministro belga, Charles Michel. Y quedaba el Banco Central Europeo -aquí la jugada, quedaba sin aclararse, o Alemania o Francia-. El propio Macron mencionó a las claras que el despacho de Fráncfort también entraba en esta partida, aunque hasta ahora se arrinconaba por las condiciones más técnicas que se requieren para el candidato.

La formula respetaba el sistema del 'spitzenkandidaten' (un cabeza de lista en las elecciones del 26 de mayo se convertía en el 'nuevo' Juncker) evitándose de ese modo el «conflicto institucional» sobre el que la propia Merkel había alertado a su llegada al edificio Europa de la capital comunitaria comprometiéndose a «ser constructiva».

Ni mencionó a su candidato Weber. Porque este ya se había plegado a la opción de presidir la Eurocámara durante los cinco años (en las últimas legislaturas se la han repartido a medias conservadores y progresistas), según confirmaban fuentes parlamentarias. Pero entre las filas del Partido Popular Europeo había una importante contestación. Discrepaban de la concesión que había hecho la canciller alemana en Japón.

«No debemos renunciar»

El irlandés Leo Varadkar, cuyo partido (Fine Gael) tiene un gran peso en escaños entre los populares subrayaba que «la gran mayoría de los primeros ministros del EPP no consideran que debamos renunciar tan fácilmente, sin luchar, a la presidencia de la Comisión». Otras voces del grupo coincidían con ese mensaje.

Un conato de «rebelión» que el primer ministro húngaro Viktor Orban (del también conservador Fidesz) azuzó con una carta dirigida a Joseph Daul, presidente del EPP, en estos términos: ceder a Timmermans la presidencia de la Comisión sería «humillante», «socavaría nuestra autoridad y dignidad en la política internacional» y «nos conduciría hacia la autodestrucción». Un Orban que siempre ha rechazado que el popular Manfred Weber acabara presidiendo el Ejecutivo comunitario. Su apuesta de hace apenas una semana fue el francés Michel Barnier, que no compitió en los comicios.