El mundo aparca sus diferencias para decir adiós a Bush

Reuters

Donald Trump tuvo que sentarse junto a su predecesor Barack Obama, al que no había visto desde que le traspasó el poder en enero de 2017

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (Estados Unidos)

Nunca antes EE UU había visto a un expresidente decir adiós a otro expresidente. Al final de la elegía, cuando George W. Bush se desmoronó al recordar al «mejor padre que un hijo pueda tener», el país entendió que lo de este miércoles nada tenía que ver con la política. «Era solo un niño llorando por su padre», observó el Washington Post.

La familia había querido hacer del funeral del expresidente de 94 años un momento excepcional de pausa en la crispación política que vive el país. Los Bush contactaron con mucha anticipación a la Casa Blanca para asegurar que Donald Trump y su prole serían bienvenidos en el funeral del patriarca, a diferencia del senador John McCain, que específicamente dejó fuera al atorrante mandatario.

Trump les devolvió el gesto deshaciéndose en halagos desde que se conoció su muerte el sábado e incuso designó la jornada de este miércoles como Día de Duelo Nacional, en el que cerró hasta la oficina de correos. Washington estaba desierto y silencioso cuando pasó el cortejo fúnebre en el que no hubo pompa ni coche de caballos, por deseo expreso del mandatario que empezó a planificar los detalles décadas atrás. Al perder en abril a la que fuese su compañera durante 73 años, todo el mundo supo que su fin se acercaba.

La familia le consiguió entonces un compañero que resultó ser tan inseparable y leal como su esposa Bárbara. Sully, el perro labrador entrenado para asistir a veteranos discapacitados, conmovió al país más que cuatro expresidentes juntos sentados en el primer banco de la catedral, porque no se separó del féretro hasta que le obligaron.

Por exigencias del protocolo, Donald Trump tuvo que sentarse junto a su predecesor Barack Obama, al que no había visto desde que le traspasó el poder en enero de 2017. Le estrechó la mano, pero «ninguno pareció feliz de hacerlo», escribió The New York Times, y sólo la presencia Melania, sentada entre ambos, rebajó la tensión. Bush saludó a todos, aunque a ninguno con la calidez que dedicó a Michelle Obama, su «cómplice», le llama ella, a la que devolvió el caramelo de menta que le obsequió durante el funeral de McCain.

Había realeza en la Catedral Nacional, desde el Príncipe Carlos de Inglaterra hasta el Rey Abdulá de Jordania, pero también muchos personajes incómodos para Trump, desde la canciller alemana Angela Merkel hasta su rival Hillary Clinton, a la que ignoró por completo. Todos estaban dispuestos ayer a olvidar las aberraciones internacionales del fallecido discípulo de Reagan, cuya invasión de Panamá dejó hasta 3.000 muertos en Panamá según la fuente, incluyendo el fotoperiodista español Juantxu Rodríguez. Este miércoles George HW Bush era un ejemplo de «dignidad sincera y alma noble», dijo su hijo mayor, que tácitamente contrastaba con su actual sucesor. Una oportunidad para recordarle la altura del cargo a la que no ha sabido llegar.

 

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