Parálisis y caos con máscaras

La prohibición de taparse el rostro en Hong Kong causa el efecto contrario al deseado: la ciudad se paraliza y las protestas se tornan más violentas

ZIGOR ALDAMAShanghái

Si la gobernadora de Hong Kong, Carrie Lam, creía que la nueva ley que prohíbe taparse el rostro reduciría la violencia, estaba muy equivocada. Porque lo que ha logrado el Ejecutivo de la Región Administrativa Especial de China ha sido todo lo contrario. El viernes por la noche, poco después de la promulgación de la prohibición, la violencia se recrudeció y dejó el segundo herido de bala de las protestas. Y, ayer, el primer día con la nueva norma en vigor, el centro financiero amaneció totalmente paralizado.

La red de metro estuvo clausurada en su totalidad desde un principio, se canceló la mayoría de los eventos sociales, tiendas y centros comerciales bajaron la persiana para evitar actos vandálicos durante todo el día o cerraron a primera hora de la tarde, y algunos supermercados que se mantuvieron abiertos vieron cómo se agotaban sus existencias en una situación que refleja la gran ansiedad social de la excolonia británica. Pero, tras una mañana inusualmente tranquila, en gran parte porque muchos manifestantes llamaron a mantener una jornada de descanso, se terminaron convocando protestas en 20 barrios.

Aunque desde ayer está penado con multas que pueden alcanzar los 4.000 euros y hasta con un año de cárcel, a las manifestaciones la gente acudió con máscaras. Y se repitieron las escenas de caos habituales desde que los manifestantes asaltaron el parlamento regional, el pasado 1 de julio: actos vandálicos -en este caso contra empresas del ggiante asiático, como el Banco de China, China Mobile, o Xiaomi-, gas lacrimógeno, y enfrentamientos con la Policía. Algunos incluso fueron más allá en el órdago político con la proclamación de un gobierno provisional paralelo «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». No obstante, la ausencia de líderes que caracteriza el movimiento hace impracticable su funcionamiento.

Si hay algo que se hizo evidente ayer es que los manifestantes están dispuestos a dar un paso al frente cada vez que el Ejecutivo haga lo propio. «Hace tiempo había que echarle valor para ir al frente; ayer había que ser valiente para ir a una manifestación; hoy ponerse una mascarilla es un acto de rebeldía; ¿en el futuro habrá que echarle huevos para hablar?», arengaba una de las cuentas de Twitter ligadas al movimiento. De forma paralela, las campañas de micromecenazgo para sufragar las costas legales de los detenidos continuaban marcando récords, muestra de que, detrás del reducido grupo de radicales que llevan a cabo las acciones más violentas, se esconde uno mucho mayor que los apoya económicamente.

Condenan los actos

Por su parte, Lam difundió un discurso televisado de cinco minutos en el que condenó los actos de violencia que han llevado a la ciudad a una «noche muy oscura» y criticó «la parálisis parcial» de la ciudad. La jefa del Ejecutivo, rodeada de 14 altos funcionarios ataviados con vestimenta informal, afirmó que la decisión de invocar la Ordenanza de Regulaciones de Emergencia, que data de 1922, cuenta con un amplio apoyo entre diferentes sectores de la sociedad. «Horribles actos de violencia han sacudido diferentes distritos de Hong Kong. El nivel de vandalismo no tiene precedente. Todos estamos preocupados, sufrimos ansiedad e incluso miedo», declaró. Su aparición fue interpretada por muchos como un prolegómeno a la declaración de Estado de Emergencia, pero Lam hizo hincapié en que no se ha alcanzado ese punto.

«Ninguna ley va a acabar con el movimiento. No podemos fracasar como sucedió con la Revolución de los Paraguas. Hemos llegado muy lejos y debemos continuar sacrificando lo que sea necesario para alcanzar la victoria. ¡Aguanta Hong Kong!», escribía uno de los usuarios del foro LIHKG, consciente de que cuatro meses de protestas están comenzando a hacer mella en la población más moderada. Acompañaba su mensaje de dos imágenes que llaman a manifestarse hoy para protestar de forma pacífica contra la brutalidad policial y en solidaridad con la periodista indonesia que ha perdido un ojo después de recibir un disparo de la Policía.

Entre las cinco exigencias de los antigubernamentales está una investigación independiente para sacar a la luz los abusos de la Policía y castigar a quienes los han perpetrado. En esa línea, ayer se difundió el vídeo que grabó otro informador, Ryan Lai, cuando el pasado 5 de agosto un bote de gas lacrimógeno impactó en su frente. «No había manifestantes en los alrededores y los agentes me pusieron en su diana», denunció en Twitter.

Finalmente, diferentes clips sirvieron para esclarecer las circunstancias en las que se produjo el segundo herido de bala de las manifestaciones durante la noche del viernes: un policía de paisano estuvo a punto de embestir a los manifestantes con su coche, y por ello fue asaltado. En su desesperada huida, disparó el arma reglamentaria alcanzando a un adolescente de 14 años que ayer fue arrestado. Luego, cuando se descubrió que era un agente, los manifestantes le lanzaron dos cócteles molotov y trataron de quitarle la pistola, que se le había caído al suelo. El cargador con las balas no ha sido recuperado. «Tuvo que disparar en defensa propia», justificó Lam durante su intervención televisada.

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