Vuelta al mundo en casa de Sonsoles

Sonsoles de la Lastra, junto a parte de su colección de vajillas./
Sonsoles de la Lastra, junto a parte de su colección de vajillas.

Después de pasar media vida cambiando de residencia y de país por motivos laborales, De la Lastra ha establecido su hogar y su negocio de antigüedades e interiorismo en Málaga

LORENA CODES

La sensibilidad estética se puede educar de muchas maneras. Acudiendo a una librería en busca de un buen tomo de Historia de la Belleza, estudiando alguna de las carreras que abordan la materia o bebiendo de las publicaciones especializadas. Sin embargo, es difícil y resulta excepcional que conjuntamente se aprenda a adiestrar el gusto. Viajar con los ojos abiertos es quizá la única forma de que ambas cualidades puedan ganarse a la par. Si además se hace desde pequeño y de la mano de unos buenos maestros, el buen gusto será prácticamente una forma de respirar. Es lo que le ocurre a la restauradora de arte Sonsoles de la Lastra, cuyo recorrido vital por distintos países le ha permitido acumular belleza desde una perspectiva poliédrica. La facilidad con que ahora construye interiores y viste habitaciones parece producto de un instinto natural, pero lo es hasta cierto punto.

Nació en Algeciras, aunque se crió en Ceuta, porque cuando tenía nueve años nombraron a su padre director del Puerto de esta ciudad y se trasladó junto a su familia al otro lado del Estrecho. Sus primeros recuerdos de infancia están ligados ya a una afición por encontrar el lado bonito de las cosas. «De muy pequeña veía a mi madre cogiendo las ramas secas de los árboles y vistiéndolas o pintándolas para que fueran decorativas», cuenta De la Lastra. No tardó en seguir los pasos de su progenitora y fabricar sus propios marcos para fotos, «marcos con gracia, no tan simples como los encontrabas en las tiendas», insiste. De aquella etapa de niñez conserva un gusto por la mixtura propia del territorio fronterizo que habitó.

Más tarde estudió Restauración de Pintura, quizá en un afán por continuar descubriendo la parte más hermosa del mundo, rascando tras la apariencia para encontrar lo hermoso, lo auténtico, lo original. Sevilla fue la tercera ciudad en la que se estableció junto a sus padres, antes de que su destino le deparara una renovada vida nómada, con más de diez cambios de hogar antes de llegar a Málaga.

Sonsoles se casó y formó una familia con la que, de nuevo, volvió a mover su residencia por distintas ciudades europeas, algo que lejos de disgustarle le encantaba. «Cada vez que cambiábamos de casa tocaba redecorar, reinventar la idea de hogar de acuerdo a las características físicas de la nueva residencia y del entorno, era un reto apasionante», confiesa. De Almería a Estrasburgo, de Alcalá de Henares a Túnez o Murcia. Y así hasta once veces. Y siempre con la maleta repleta de ilusión y ganas de aprender, de extraer lo mejor de cada región. Tal vez sea esta la razón por la que a Sonsoles no le asusta la mezcla, la fusión de elementos de diferentes culturas y épocas. Su mirada se ha sentido francesa, árabe, europea, mediterránea, andaluza... es una amalgama de estilos que se sustenta sobre una sólida base de conocimientos. De la Lastra se mueve con una soltura admirable por periodos, autores y escuelas, y sabe apreciar bien el valor de cada pieza. Porcelana de Limoges, vajillas de Túnez, cerámica de Vallauris, muebles franceses de los setenta, puff de pieles marroquíes, lámparas de mimbre... su recién inaugurada tienda en la avenida de la Rosaleda es una puerta a lo mejor de diferentes culturas, siempre con el sello de lo auténtico y lo artesanal por bandera. Y el arte en el centro de todo. Sus composiciones denotan una sensibilidad extraordinaria, eso que popularmente se reconoce como «buen ojo». De laLastra demuestra tenerlo en cada rincón de su hogar cosmopolita y acogedor.

Con sus hijos ya mayores, Sonsoles y su marido escogieron Málaga para establecerse porque, según dice, «esta ciudad lo tiene todo, el clima, la gente, la comida, las comunicaciones, sólo con salir a la calle se puede sentir su alegría a cada paso». El Ensanche de Heredia o Soho alberga ahora su casa, esta vez parece ser que de forma definitiva.

Belleza y funcionalidad

Tardaron varios meses en dar con una vivienda que reuniera las condiciones necesarias y aún así la sometieron a una profunda reforma. Tras las obras llegó la hora de colocar sus muebles, que llevan con ellos toda la vida. Un conjunto de piezas con carácter, que nada tienen que ver entre sí, y que sin embargo establecen un diálogo evidente, basado en la sensatez.

Belleza sí, pero sin restar funcionalidad. Ese es el mantra que ha guiado la decoración de la casa. El resultado es una serie de atmósferas relajadas y acogedoras, que invitan a quedarse y disfrutar de una vuelta al mundo en poco más de cien metros cuadrados. En el hall, por ejemplo, Sonsoles ha creado un bodegón a media altura que incluye espejos de Túnez, vasijas árabes, piezas de cerámica y enseres antiguos. Gusta del contraste para generar emociones. Buen ejemplo de ello son la cocina y los baños, estancias que no pasan desapercibidas por la cantidad de detalles que las hacen singulares. Desde un mantón de manila que cae sobre unas sillas nórdicas antiguas en el office de la cocina, hasta una colección de vajillas del mundo que luce en su vitrina. En los baños, dibujos de cuando sus hijos eran pequeños, objetos traídos de sus viajes y sacados de contexto y ante todo elementos con sentido y alma. Sobre su cabecero, por ejemplo, hay obras de su hijo que ella se encargó de conservar. Fotografías de sus padres, amuletos, pedacitos de vivencias, belleza ética y estética. Y todo regado con grandes dosis de creatividad y diversión. El gran bazar de la vida encerrado en un hogar.

 

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