¿Qué hacer con el Auditorio de la Música?

El barítono Carlos Álvarez y la periodista Regina Sotorrío analizan la situación de este proyecto cultural aparcado por las administraciones

¿Qué hacer con el Auditorio de la Música?
CARLOS ÁLVAREZ y REGINA SOTORRÍO
Carlos Álvarez No, no renuncio

Málaga, 3 de diciembre de 2038. Seguimos sin tener Auditorio de la Música en nuestra ciudad; los políticos que se presentaron hace cinco legislaturas a las elecciones (locales, regionales y estatales) han desaparecido de la escena ejecutiva (alguno mantiene su escaño en el Parlamento Europeo, que ya no tiene competencias, qué pena, sobre financiación de infraestructuras para equipamientos culturales... porque se han hecho todas); por supuesto, la anhelada Ley de Mecenazgo (en realidad, una ley fiscal de deducción de impuestos finalista para la colaboración público-privada en el ámbito de la cultura...) no ha terminado de arrancar porque no se pusieron de acuerdo sobre si debía ejecutarse a nivel local, regional, estatal o debían pasar a Europa la decisión.

Las condiciones naturales de nuestro atractivo turístico están, desgraciadamente, alterándose por el cambio climático y nuestros competidores ya no dan tregua: los programadores musicales han visto nicho de negocio en otras zonas del Mediterráneo y atraen a un turismo cultural que sigue disfrutando con lo que, allá por 2018, en Málaga, se vislumbrara como un potente ejemplo de oferta y oportunidad, nacida del empuje de una sociedad más culta, mejor preparada y con ganas de música en sus mejores condiciones, pero muy atomizada y sin un componente integrador/expansivo como podría haber sido el anhelado Auditorio; no uno de pequeño formato y que pudiera tapar la boca a los que quieren solución rápida y salir del paso con la espalda cubierta (con los años de experiencia he sabido que si no existe un contrapeso vinculante, léase consejos de administración, de las decisiones políticas, estos harán lo que crean conveniente, no siempre coincidiendo con el beneficio de la sociedad a la que representan... y en el mundo de la cultura esto no se da), sino aquel que cumplía con los requisitos y necesidades de un modelo de actuación en una ciudad que siempre se queda corta en sus más importantes e ilusionantes proyectos colectivos (aunque hace más de 150 años la misma ciudad decidiera comerle terreno al mar y diseñar un plano urbanístico sobre el que nuestras esperanzas se han desarrollado con el paso del tiempo...).

En otros, sin embargo, hemos salido adelante airosos: los alumnos que van a la Facultad de Música de la Universidad de Málaga ya no se encuentran con las temidas caravanas de acceso al Parque Tecnológico, que fueron subsanadas con un magnífico plan de transporte, efecto colateral del pasillo mediterráneo...

Es verdad, nuestra ciudad se convirtió en un parque temático, con noria y todo, de muy determinadas actividades que han dado vuelo al conocidísimo dicho: «Málaga, ciudad bravía, con cincuentamil tabernas y unas pocas librerías», pero sin Auditorio... o todo ha sido, en parte, un mal sueño. Quizás he repetido mucho estos días la frase que Simón Boccanegra, pirata que llegó a ser Dux de Génova y personaje que protagonizo aquí en Covent Garden, dice a su aliado político con respecto a la unión matrimonial que aquel anhela con su hija: «Rinuncia a ogni speranza (Renuncia a toda esperanza)». No, no renuncio.

Regina Sotorrío El invitado inesperado

No estaba en la agenda ni se le esperaba. El proyecto llevaba años silenciado, fuera de las reivindicaciones de los despachos y de la calle. La crisis había tumbado la construcción del Auditorio de la Música de Málaga mucho antes de poner la primera piedra y, salvo manifestaciones puntuales, apenas se hablaba de él. Pero en junio volvió a los titulares de prensa y era cuestión de tiempo –de poco– que el tema saltara a la contienda política. El futuro Auditorio ha sido en los últimos meses una nueva excusa para la confrontación entre las dos instituciones que deberían liderar, todos a una, la exigencia de esta infraestructura para Málaga ante el Gobierno central, que asumiría el mayor desembolso (el 40%). En apariencia, no hay dudas sobre el qué: todos quieren un Auditorio. El cómo ya es otra historia. Y ahí está el problema.

Como muchas de las noticias que hoy se hacen virales, este resurgir del Auditorio empezó en un grupo de whatsapp, un chat dedicado a la música que comparten artistas, gestores culturales y periodistas. La necesidad de recuperar este espacio era un tema recurrente en el foro y uno de sus miembros, Carlos de Mesa, recogió el guante. Abrió una firma en change.org y más de 5.300 personas suscribieron la exigencia a las instituciones de desenterrar un proyecto «necesario» para la ciudad, aprobado en 2009 por los miembros del consorcio encargado de su construcción y factible –a plazos– una vez que la economía ha levantado la cabeza.

La pelota está en el tejado de las administraciones pero, más allá de las palabras, nadie la recoge. El único movimiento hacia adelante lo dio a mediados de octubre la Junta de Andalucía convocando por carta al Ayuntamiento, la Diputación y el Ministerio de Cultura a una reunión para reactivar el proyecto. La citación del consejero de Cultura, Miguel Ángel Vázquez, justo una semana después del anuncio de las elecciones andaluzas despertó los recelos del alcalde de Málaga. La respuesta de Francisco de la Torre –y acto seguido, de Diputación– fue un 'no' rotundo por supuesta incompatibilidad con la normativa electoral. El movimiento esperado por ambas partes. El Gobierno andaluz no quería que la pasividad frente al Auditorio de la Música fuera usada en su contra; el Ayuntamiento evitaba que el contrario se apuntara el tanto de sentar a todos en la misma mesa.

Y mientras, Málaga sigue siendo la única gran ciudad española sin un escenario propio para la música, en clara desventaja frente a capitales comparables como Valencia, Zaragoza, Bilbao o Sevilla. Cualquier espectáculo/concierto/representación que busque un recinto cerrado para más de mil personas solo tiene dos opciones en Málaga: el Palacio de Deportes Martín Carpena o el Palacio de Feria. Y ninguno de ellos parece la solución para acoger una temporada sinfónica o un ciclo lírico (al que, por cierto, se han abonado más de 1.288 personas este año en el Teatro Cervantes, un 62% más que la temporada anterior).

Pero en la base de toda esta indecisión política hay otra más preocupante: la indefinición del proyecto. Queremos un auditorio pero, ¿para qué? ¿Solo para la Orquesta Filarmónica de Málaga y la ópera, o habrá manga ancha para acoger otras iniciativas más 'rentables' en términos económicos? ¿Un 'Raphael Sinfónico' tendría cabida? ¿Y un concierto de Pablo Alborán? Y una vez concretado este extremo, ¿cómo se gestionará? Porque una cosa es la inversión inicial y otra, el mantenimiento. ¿Saldrá de los fondos públicos o se buscará una alianza con la empresa privada (que recientemente ha fracasado en el Auditorio Mar de Vigo con la quiebra de su adjudicataria)? No hay respuesta, no al menos una de consenso. Solo queda un consuelo: el debate ha vuelto a la calle y a los despachos. Con suerte, incluso después de las elecciones.

 

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