La saga andaluza que parte el turrón

Francisco Ramírez y su hijo. /SUR
Francisco Ramírez y su hijo. / SUR

El cobertizo para hacer garrapiñadas en la Lucena de 1909 es, cinco generaciones después, una red de 14 tiendas en expansión. Esta familia de feriantes parte hoy el turrón en las mejores calles turísticas de Andalucía con 'Sabor a España', una nueva fórmula que mezcla viejas recetas e innovación. Cien trabajadores dependen de Francisco Ramírez, que apenas pisó la escuela, y de su hijo, un graduado en Economía con alma de turronero

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Con 14 años ya hacía un año que había dejado la escuela y no tenía ningún papel que enseñarle a los guardias civiles que le pedían la documentación de vendedor de turrón, megáfono en mano, por esas ferias de ganado de Andalucía. Dos años después ya estaba de alta como autónomo. La vida de Francisco Ramírez era hasta 2008 la de un turronero tradicional, «nacido debajo de un mostrador de una caseta», se remonta a la imagen repetida durante generaciones en aquellas casetas-vivienda de madera y lona de su infancia que apenas cambiaron salvo en los materiales. Ahora, a los 50, sigue haciendo miles de kilómetros al año, pero ya no de feria en feria sino para seguir casi a pie de mostrador la expansión de 'Sabor a España».

«Mi padre es mi ídolo», tira de eslógan personal este reciente graduado, al frente del crecimiento de la empresa

Sigue en la élite de los feriantes cordobeses, pero ahora puede presumir de hacerlo con las credenciales homologadas de empresario de éxito. Da empleo a cien familias en las 14 tiendas abiertas en las calles más turísticas de Andalucía –Larios abrirá el próximo año– en las que el turismo nacional y extranjero cae abducido por el olor de recetas en caliente. El portazo a la caseta ambulante llegó cuando llegó la decadencia de lo que su familia, y la de su mujer hacían desde principios del XX, una tradición que arranca con la bisabuela de su mujer y continúa más tarde con los abuelos de Francisco. El feriante de toda la vida iba cuesta abajo y sin frenos por mucho que él siempre pujara por la mejor ubicación en cada ciudad. «Las casetas se empezaron a parecer más a bazares que a otra cosa y se vendía de todo menos turrón», describe este empresario que apenas piso la escuela y que ha dado la vuelta al negocio que mejor conoce. Ha sido el primero en bajarse a lo grande del árbol genealógico de turronero ambulante. Sus tiendas, todas en locales alquilados, han roto la estacionalidad de un producto preso de calendarios nacionales y con una clientela nacional muy pegada a ferias y navidades. Sus productos viajan por paladares y maletas de turistas de todo el mundo. «El ticket medio está entre 7 y diez euros, y sabemos por el pago con tarjeta que el turismo asiático, japoneses y chinos, es el que más nos compra, aunque estamos decididos a ganar más cuota de clientela nacional», comenta Francisco hijo los datos de venta pasados por el software incontestable de cajas y datáfonos. «Lo nuestro es un souvenir que se come, que se puede llevar en la maleta sin que se estropee por mucho traqueteo que le den», sintetiza el patriarca las posibilidades de la venta en porciones de los productos que se elaboran en la fábrica familiar de Lucena. Inquieto y más rápido en hablar que en poner en práctica planes largamente reflexionados, el fundador de 'Sabor a España' se confiesa «un tipo lanzado, siempre con pasos firmes, aunque eso no quita que uno se equivoque», admite tiempos más duros que el turrón de Alicante cuando decidió cambiar el rumbo. Arriesgó con la crisis en ebullición, año 2008, y se hizo importador mayorista de materiales 'made in China' destinados precisamente a todo tipo de equipamiento de hostelería para los feriantes. «Con la crisis, España se puso boca abajo y tuve que retroceder. Ya se sabe que el primero en caer es el último en llegar y ese era yo. Todavía me deben dinero de diez contenedores, así que salí de aquello después de hacer más ferias que nunca para recuperarme de los créditos», detalla una travesía del desierto que le volvió a poner detrás del mostrador «vestido de moro en Valencia o de mercader en ferias medievales» para levantarse.

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