Blanca Hermana, el puente más sólido entre Málaga y Japón

Blanca Hermana, directora de gestión de la fábrica de Fujitsu, ante una de las líneas de producción /Ñito Salas
Blanca Hermana, directora de gestión de la fábrica de Fujitsu, ante una de las líneas de producción / Ñito Salas

Fichó para la élite de Fujitsu nada más dejar el tenis de mesa de alta competición. La ingeniera al frente de una de las empresas más sólidas y veteranas de Málaga admite que acaso su «único mérito» es que japoneses y españoles, dos maneras de estar en el mundo, se entiendan en un proyecto en el que les va el futuro

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

«Todos dieron el callo aquellas semanas negras. Del primero al último de los trabajadores. Aquello nos unió mucho», describe el compromiso frente al barro y la incertidumbre en noviembre de 1989. El recuerdo sigue vivo para buena parte de los empleados fijos, 330 personas con tres décadas en la fábrica, como ella. El lodo cubrió hasta las mesas de la primera planta después de inundar el almacén en los sótanos y poner a la deriva las cajas con impresoras –el producto estrella– polígono Guadalhorce abajo con su letrero de ‘Muy Frágil’, la etiqueta entonces de una ciudad entera. «Pudimos sacar en zodiac todo el listado de pedidos de piezas con la idea de que la fábrica pudiera volver a funcionar cuanto antes», cuenta su papel en la odisea la directora de gestión, entonces jefa de personal. En la casa de su madre improvisó una ‘oficinilla’ de emergencia y a finales de diciembre algunas líneas volvieron a funcionar.

«Vinieron incluso compañeros de Japón, pero se pasaron los días en el Meliá Torremolinos. No podían cruzar el puente al llegar al aeropuerto», apunta aquel relax imposible tras diez mil kilómetros de avión. Pero las dificultades no acabaron con la descarga de los nubarrones de aquel otoño. La empresa iba a enfilar pronto su crisis más grave: dejaría de producir impresoras –el producto estrella–, un «batacazo» sin plan ‘b’. El ajuste enseñó los dientes en 1991 y dos años después apenas quedaban en Fujitsu 200 personas de las más de 800, con cierre incluido del laboratorio de I+D, la ‘joya’ con sus 100 ingenieros.

Blanca Hermana, que no vivió en directo la crisis más grave porque entonces se preparaba en la sede de Fujitsu en Japón, tiene claro quién fue la pieza clave para salir adelante:«El señor Igarashi lo dio todo por que la fábrica siguiera. Se sentía responsable del futuro de la plantilla y buscó trabajo tocando todas las posibilidades, con clientes y con la propia central de Fujitsu», recuerda al directivo que la reclamó en 1988 para entrar a trabajar en Málaga y que asumió como «empeño personal» traer carga de trabajo. «No sé cómo Málaga no le pone un monumento», deja caer una admiración algo molesta porque el nombre de Blanca Hermana sí esté asignado ya a la glorieta próxima a la fábrica. «No lo entendí, quizás la moda por ser mujer», se sorprende del acuerdo municipal del verano pasado en el que sus muchas amigas, sobre todo compañeras de clase en las teresianas y de San Estanislao, hicieron valer sus méritos. «Sólo he tenido más suerte que otros y no estoy aquí porque sea más lista, sino porque Fujitsu se ha gastado mucho en mi formación», se justifica quien nunca se planteó irse a trabajar fuera: «No he tenido la tentación de salir fuera. No he dado la opción a la empresa ni he mirado nunca una oferta interna. Le debo tanto a esta compañía y a Málaga que no me interesa porque estoy encantada». Blanca, tercera de siete hermanos, quería ser ingeniera aeronáutica, como su padre, fallecido a los 54 años. «A mi madre con 50 años y siete hijos se le vino el mundo encima», recuerda el cambio brusco que le llevó a estudiar sin salir de Málaga. «Él decía que aprender era lo más apasionante de esta vida. Que no mirara cargos, ni puestos ni títulos, que de todos se puede aprender. No he sido mala estudiante, pero tampoco una lumbrera», dice sobre su manera de ver el aprendizaje.

«Lo importante es tener carga de trabajo; luego lo haremos rentable con mejoras. Y eso lo sabe aquí del primero al último»

La única fábrica de la multinacional en España no sólo salió del bache de los 90 sino que logró consolidarse como la única en Europa centrada en electrónica para automoción, hoy el 80 por ciento de su actividad, con Toyota como gran cliente. Todo empezó con el ‘milagro Igarashi’, que trajo en el 94 la producción de radiocassettes y CD extraíbles, un primer paso para un futuro muy sido diferente sin esa cultura Fujitsu de adaptación continua y que su directora de gestión lleva a diario a la plantilla. De Tokio se trajo el idioma aprendido tras dos años, pero sobre todo se vino con un entusiasmo inoxidable por entender y filtrar lo mejor de la cultura nipona, además de coger el hábito de dormir mal, «sólo cinco horas». «Desde que entré aquí mi obsesión fue ir a Japón y empaparme de su cultura. Hasta a los directivos les hablaba en chino al principio», se ríe al recordar aquel acto reflejo resultado de la estancia antes en China que en Tokio, recién terminada ingeniera. Lo hizo por el tenis de mesa, una pasión en la élite –campeona de Andalucía, jugó también en el equipo nacional– ahora reconvertida al tenis y el golf. «Si algún mérito tengo es hacer que los españoles entiendan más a los japoneses. Y también al contrario, y creo que he conseguido que haya gente que reacciona pensando en japonés», tira de modestia en una labor «complicada» al frente de la gestión de una fábrica con 330 trabajadores fijos y puntas de más de 500. La antigüedad es desde hace tiempo un plus en retirada. A cambio, subidas lineales y reparto de beneficios. Siente que la fidelidad es un valor japonés apreciado por los trabajadores, pero reconoce que ha costado, con situaciones como la flexibilidad de jornada para adaptarse a la carga de trabajo.

Malas rachas

«Hemos pasado por tantas malas rachas que todos somos conscientes de que con pérdidas nos pueden borrar del mapa en poco tiempo. Lo importante es tener carga de trabajo, luego lo haremos rentable con mejoras. Y eso lo sabe aquí del primero al último. Todo el mundo es consciente de los costes y de que estamos en Europa, que no es barata frente a otros lugares», explica una de las ideas tan asumidas como la calidad, homologable a la de las fábricas de Toyota a las que Málaga abastece en Europa. La electrónica relacionada con la seguridad –airbag y dirección, entre otros elementos– es el negocio más sólido. «Ya no son porcentajes, sino partes por millón», se jacta sobre el índice de fallos. «Llevamos más de mil días sin una reclamación de clientes», refuerza el dato sin necesidad de tocar madera. «Todos estamos en condiciones de hacer de todo», defiende esa otra parte de un modelo de mejora continua en el que el aprendizaje en las distintas áreas permite una gran movilidad interna.

Todo lo que fue azar en la creación de la fábrica –el exministro Solís inclinó en 1973 la decisión del Gobierno frente a Córdoba porque había suelo disponible– es una factoría mimada por Fujitsu 40 años después. En su día a día está alguien que no se cansa de repetir que tiene un «equipazo» y que defiende incluso la «cultura Fujitsu» a la hora de cómo soldar.

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