«Mi enfermedad es como una lesión más, no hay nada que me vaya a parar»

El saltador Javier Illana. /
El saltador Javier Illana.

saltador de trampolín

JAVIER BRAGADOMadrid

Javier Illana (Leganés, 12-9-1985) desea acudir a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Dispone de dos opciones: la Copa del Mundo que se disputará en febrero en Brasil o un torneo preolímpico posterior. A su favor almacena la experiencia de ser uno de los diez mejores saltadores desde el trampolín de 3 metros en los últimos cinco años. En su contra choca con el diagnóstico de una espondilitis anquilosante, una alteración de la salud que le punza la espalda y que le frena en entrenamientos y competiciones desde que aparecieron los primeros síntomas en 2014.

«Es como otra lesión más. El hecho de que sea una enfermedad no le tiene que dar más importancia. Tampoco es de vida o muerte», valora Illana para restar gravedad a una dolencia que si no es detectada a tiempo en los casos más graves presiona tanto la columna vertebral que algunos pacientes se han visto obligados a usar una silla de ruedas. «Nunca es agradable, pero tiene tratamiento. Tenemos todos tendencia a llevarlo a la tremenda pero cuando hablas con los médicos te dicen que tiene solución, que se puede regular, que puedes hacer una vida normal. Te quedas más tranquilo y ya empiezas a pensar en lo que realmente quieres. Lo único, que te tienes que cuidar un poco más», señala con serenidad el leganense, al que unas inyecciones ayudan a tratarse cada dos semanas con el objetivo de Río en el horizonte. «Sigo siendo igual, llevo practicando una técnica que se llama 'mindfulness' a raíz de todos los problemas que he tenido en el deporte. La enfermedad ha sido sólo un capítulo en mi vida», expone el deportista, quien ha trasladado su experiencia al libro 'No es el cuerpo, es la mente' (Alienta Editorial).

Illana no se siente triste. No se queja. El amor a su deporte afianza su filosofía de vida. «En el trampolín lo que me gusta es la superación y el perfeccionar lo que es un salto, llegar a dar lo mejor de ti mismo. Soy muy perfeccionista y lo que me gusta es hacer el salto perfecto, que no existe, pero que nos empeñamos en alcanzarlo», reflexiona antes de reconocer la aparente contradicción con una carcajada. Durante muchos años debió pelear contra la pereza, contra la soledad y contra las condiciones de uno de los deportes con menos ayudas. Poseía una copia de las llaves de las instalaciones en que entrenaba para poder acudir en solitario y abrir el cuadro de electricidad para encender las luces de una piscina que amanecía con él. Entonces podía inspirarse en las satisfacciones de su deporte. «El momento de disfrutar de un salto es cuando entras al agua. Sabes si el salto lo has hecho bien o mal con el sonido particular porque es como si rompieras el agua. Cuando estás de cabeza debajo del agua está todo en silencio, con un sonido muy peculiar. En cambio, si caes diferente ya no suena ese chasquido y sabes que no ha ido muy bien. El mejor momento es cuando has entrado al agua y estás deseando salir para escuchar los aplausos y los marcadores», recrea el bronce europeo de Budapest 2010 en trampolín de un metro.

El riesgo de un error

Con su experiencia y una motivación positiva en la mochila, el trampolinista piensa presentarse en agosto en Río de Janeiro. Subirá a su trampolín con «un miedo parecido al respeto». Un error le costaría un buen golpe, una lesión o abandonar los mejores puestos. Por eso, la espondilitis anquilosante no acudirá con él a la piscina. «Te sueles dar más con el agua que con el trampolín. Es muy difícil porque no te sueles dar si tienes la técnica correcta y estás pensando en lo que tienes que pensar», confiesa Illana, quien también apartó años antes su costumbre de sumar los puntos de sus rivales mientras esperaba para subir las escaleras. «Era una distracción», recuerda.

El saltador insiste en que quiere saborear su cuarta experiencia olímpica y no va a ceder. Los 18 semifinalistas de la Copa del Mundo que se celebrará del 19 al 24 de febrero en Brasil conseguirán un puesto fijo. «'Jamás digas nunca', se dice y todo puede pasar, pero mi objetivo es llegar a los Juegos sin pasar antes por el preolímpico para ganar esa plaza», avisa. «Como cada cuatro años tengo la costumbre de prepararme para esta cita. Es algo que llevo haciendo desde muy pequeño, algo que tienes metido en la cabeza y no hay nada que me vaya a parar», sentencia.